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Relato: Doce

Relato: Doce

Doce

   El ruido del coche acalló a las chicharras. Mi madre se levantó de la mesa súbitamente, como cuando vienen esos pijos estirados de visita. Me miró y lanzó un gesto a María para que me preparara.
   Los últimos meses había vivido este momento como cien veces. Algún señorito de la zona quiere hacerse con las tierras de mis padres y piensan que un matrimonio acordado es la mejor manera. El problema es que yo quiero a Antonio González y así se lo digo en cuanto nos quedamos a solas. En un principio ni se inmutan, solo es un mozo de cuadras más. Pero cuando les comento que llevo un hijo suyo en mi vientre y que si dicen algo los rajaré como un carnero en Navidad, sus caras se ponen blancas y el cuello de la camisa les aprieta la garganta. Son muy graciosos. Todos menos ese Cayetano Casas que se fue de la lengua.
   Desde ese momento hacía ya quince días, nadie más había venido de visita. Bueno, nadie extraño, porque las cotorras de mis tías se pasaban aquí el día «que si Alba no sé qué», «que si no sé cuántos». ¡Pesadas! Como nunca tuvieron hijos me dan el coñazo a mí.
   María me colocó el vestido blanco, largo y ceñido al pecho. Era el que más disimulaba la barriga. Cinco meses ya empezaban a notarse. Me recogió el pelo y de un par de pellizcos sonrojó mis mejillas. Para terminar, me dio un sutil empujón que me llevó hasta la puerta junto a mi madre.
   Al abrir, una señora como de cien años esperaba en la puerta. Llevaba un traje de chaqueta negro con camisa blanca que solo le había visto a los hombres y hablaba con un estúpido acento extranjero.
   —Alba, te presento a la señorita Milda.
   Acto seguido me hizo un gesto con la cabeza que yo acompañé con una leve reverencia inclinando las rodillas.
   —Encantada de conocerla. —Repliqué.
   Cuando hablo nunca digo tacos, sobre todo desde que mi padre me lo enseñó. Hablé sin que me preguntaran delante de sus amigos y ante su reproche respondí con un: «¡Joder, papá! Y el respondió con un manotazo que aún me duele.
   La señorita Milda asintió con la cabeza.
   —¿Está lista?
   —Sí. — Respondió mi madre y ambas me miraron. — Por favor, Alba, sube al coche de la señorita Milda.
   «Señorita Milda bla, bla, bla», «Señorita Milda no sé qué» Lo único que saqué de aquello era que mis padres no querían que diera a luz en casa y así deshonrar a aquella corte de pijos que llamábamos familia. Y «que me fuera con aquella momia que rebosaba bonhomía». Creo que quería decir que era buena persona, pero por su cara lo dudaba.
   Sin mucha opción, subí al coche. El camino fue cómodo hasta que salimos de la carretera principal y entramos en aquel paso de bestias. Estuvimos como tres o cuatro horas circulando por ese “camino”. Estaba flanqueado por un enorme bosque donde la vista apenas me alcanzaba a un par de troncos hacia su interior.
   La espesura se evaporó al tiempo que el suelo se allanó de nuevo. Una enorme verja custodiaba un pequeño muro cubierto de zarzas. Cuando la pasamos los colores invadieron mis ojos. Al fondo del sendero se encontraba el internado en el que viviría hasta dar a luz. A un lado, un enorme jardín con flores de mil colores y al otro, un huerto donde solo supe distinguir las tomateras.
   Paramos junto a la puerta principal y salieron a recibirnos un par de mujeres con un hábito morado que les cubría desde el cuello hasta los tobillos.
   —Ya hemos llegado Alba. ¿De cuántos meses estás? —Me preguntó mientras me abría la puerta.
   —Cinco. Espero que nazca a principios de di…
   Sin dejarme terminar se giró hacia las otras mujeres.
   —Por favor, señoritas Trece, buscar un hábito para nuestra nueva compañera. Doce.
   —Me llamo Alba— Repliqué y la mano de la bruja Milda me colocó la barbilla en el hombro de manera súbita.
   —Desde este momento eres Doce. Hay otras Doce como tú. Está totalmente prohibido que uséis otro nombre que no sea este. Nada de objetos personales, nada de llamadas hasta que vuelvas a tu casa hecha la señorita que deberías ser.
   Aún me estaba contando los dientes con la lengua cuando las “berenjenas” me dieron un enorme hábito negro. Me llevaron a la sala de “purgas” donde me cortaron el pelo y me hicieron dejar mi ropa en una caja con mi nombre “Alba Doce”. Me coloqué la túnica y el cuerpo comenzó a picarme, era sin duda la tela más incómoda del mundo. Dura y gruesa, «ojalá, María, estuviera aquí, seguro que ella conseguía domar estas vestiduras».
   Sin tiempo a reconfortarme me entregaron una pastilla de jabón y me acompañaron a mi habitación. Era pequeña y estaba casi al final del pasillo. Al contrario de lo que había pensado, un olor suave a azahar entraba por la pequeña ventana que daba al patio interior.
   —¡Hola! ¿Cómo te llamas?
   Una voz reclamaba mi atención, pero era incapaz de saber de dónde venía. Un par de golpes en la pared me orientaron.
   —Hola, soy Alb… — Pensé que podía ser una trampa y me corregí — Soy Doce, ¿y tú?
   —Yo también me llamo Doce, pero aquí me puedes llamar Lucía.
   Lucía era una chica de Madrid a la que sus padres estuvieron a punto de echar de casa por su aventura con un amigo de su padre. Una deshonra familiar porque el hombre estaba casado. Cuando se enteraron la internaron en un colegio femenino. Allí fue donde descubrió que estaba embarazada y al poco tiempo recibió la visita de la señorita Milda.
   A su llegada, ser Doce significaba que aún no se le notaba la tripa y que podía hacer las labores más duras como, por ejemplo, recolectar las hortalizas del huerto. Hasta los cinco meses de embarazo llevaban túnica roja y vivían en el enorme barracón junto al edificio donde estábamos ahora.
   Con cinco meses ya cambiaban a hábito negro. Esto suponía ocupar posiciones de mayor responsabilidad como enseñar a las nuevas novicias o dirigir las labores de recolección y farmacéuticas.
   Ahí me explicó que la señorita “cara vieja” tenía una extensa farmacopea que por las explicaciones deduje era una especie de colección de libros de hechizos con los cuales seguir su reinado de maldad.
   La verdad es que de poco más me acuerdo. Me dormí con la oreja pegada a la pared escuchando las historias de aquel lugar.
   Las primeras semanas, aunque mi túnica era negra, me pusieron a hacer tareas con las chicas Tres y Cuatro. Especialmente me explicaron cómo cuidar la artemisa y como en el momento del parto me ayudaría a que fuera más llevadero.
   Todo lo que hacíamos estaba supervisado por “las berenjenas”, o como las llamaban aquí, Trece. Me contó Lucía que Trece era porque fueron repudiadas por sus familias en el momento que se enteraron de su embarazo, y que como su vida fue tan difícil, llegaron donde la “bruja” para hacer un infierno la vida de cualquier chica más feliz que ellas.

***

   La rutina en aquel lugar era soporífera. A las ocho las hábitos negros nos aseábamos y nos dirigíamos al barracón de las túnicas rojas, “las caperucitas”. A las nueve, el desayuno estaba servido en el comedor y teníamos media hora para dar buena cuenta de él. “Las berenjenas” siempre sobrevolaban a nuestras espaldas en busca de una conversación con un recuerdo de fuera de aquellos muros para ir corriendo donde “la bruja” para obtener su favor.
   De diez a dos nos encargábamos de cuidar el jardín y el huerto. Luego comíamos y por la tarde limpiábamos los espacios comunes. A las cinco, nos llevaban a las hábitos negros al salón mientras “las caperucitas” seguían limpiando con su alboroto habitual. Allí nos esperaba la “señorita del demonio” con alguna pareja con ganas de conocer la labor que se llevaba a cabo en aquel lugar. A veces se nos acercaba alguna pareja a preguntarnos directamente y todas respondíamos con una amable sonrisa y los mejores modales.
   La cena llegaba sobre las ocho y ahí se repetía el ritual de “las berenjenas” en busca de alguna presa.

***

   Cuando apagaban las luces yo aprovechaba para hablar con Lucía. Durante estos tres meses nos habíamos hecho grandes amigas. Planeábamos ir a vivir juntas a uno de los caseríos de mis padres. Ella, yo y Antonio, que seguro tendría algún primo bien mozo con el cual emparejarla. Así podría criar a su hijo y tener una docena más si así lo quería sin tener que dar explicaciones a nadie.
   Para finales de noviembre, ya me había habituado a hablar con los señores De la Vera. Una pareja muy simpática que pasaba todos los domingos por el internado para ver como gastaba la señorita Milda su generosa aportación mensual. Estaba deseando que pasara la semana para tener ese pequeño contacto con el exterior que me recordara que un día volvería a casa. La señora estaba embarazada del mismo tiempo que yo y para su fortuna, ella si tenía un marido.

   ***

   Un par de golpes fuertes me despertaron «Llama a la bruja» gritaba Lucía desde su celda. Sus palabras se retorcían a cada contracción. Salí corriendo de mi habitación en busca de ayuda. Un par de “berenjenas” me siguieron hasta la celda de Doce y me “pidieron” que volviera a la cama. Un empujón me tiró encima de la cama y, sin tiempo a reaccionar, cerraron con llave.
   Comencé a golpear con todas mis fuerzas la puerta mientras en el otro lado del muro los gritos eran ensordecedores.
   Me senté en el suelo de la pared contraria tapándome con rabia las orejas, pero era incapaz de bloquear aquel desgarrador sonido.
   Al cabo de una hora todo quedó en silencio. Me abalancé contra la pared llamando a Lucía. Me daba igual si me castigaban por llamarla por su nombre, era mi única amiga allí. La pared permaneció muda. Solo los tacones de “la bruja” por el pasillo  rompieron el silencio. Y tal cual llegaron se volvieron a marchar.
   Las ocho de la mañana tardaron en llegar una eternidad. Cuando me abrieron la celda fui corriendo a la puerta de Lucía, pero ahí no había nadie. La cama estaba hecha con sábanas limpias. Sobre la pequeña cómoda junto a la ventana había un jarrón con flores de camelia que limpiaban la habitación de cualquier olor.
   Fui corriendo hasta encontrarme con una Trece. La agarré fuerte de la manga y empecé a gritarle.
   —¿Qué le ha pasado a  Lucía?
   Su mirada se encendió y frunció el ceño.
   —La señorita Doce ya no vive en el internado. Ha completado su etapa con nosotras.
   —¡Ella nunca se iría sin despedirse!
   Y por mucho que repliqué y pregunté, aquella puta “berenjena” se negó a decir una palabra más.
   En el tiempo que llevaba allí, todas las Nueve, Diez y Once se habían despedido de nosotras. Siempre salíamos todas a despedir a nuestra compañera antes de ir a trabajar en el huerto. Pero esa mañana el mercedes seguía vacío en la puerta.
   En el camino al barracón de “las caperucitas” toqué con la mano el capó del coche. Estaba frío como un témpano después de la helada de aquella noche.
   La rutina siguió inmutable hasta que fuimos al jardín. El muro exterior con su zarza evitaba que las alimañas entraran a la zona de cultivo y lo destrozaran todo. Una palpitación me llevó a dar una vuelta siguiendo a linde del muro. «Lucía nunca se iría sin decirme adiós», me repetía. En el extremo más alejado, junto a la zona donde amontonábamos el estiércol, la zarza parecía descolocada y la tierra del suelo estaba removida y cubierta de caca de caballo.
   Cogí una pala que estaba clavada en la pila de excrementos y comencé a remover la tierra. Con las primeras dos paladas solo saqué tierra. Al clavar el metal de nuevo topé con algo recio. Tiré la pala al suelo, me arrodillé y comencé a escarbar con las manos. Descarté un pequeño hueso como de gato pequeño y respiré aliviada. Al continuar un poco me topé con algo blanquecino que resultó ser el dedo pulgar de un pie.
   Entré en pánico y empecé a escarbar con todas mis fuerzas en la zona donde debería estar su cabeza. Y ahí estaba Lucía.
   Me levanté de golpe y di un par de pasos hacia atrás. Mis pies estaban impregnados de mierda, mis manos estaban llenas de mierda y Lucía estaba muerta. Aquello no podía estar pasando.
   Me apresuré a tapar mi descubrimiento y a volver con las novicias. Si había tenido suerte de que no me descubrieran no era el momento de abusar de ella.
   Me tragué los nervios y continué dando órdenes a las Seis y Siete que tenía a mi cargo. Mi boca hablaba, pero mi cabeza solo buscaba un modo de escapar de aquel lugar. El resto del día mantuve la compostura. «Esas putas berenjenas no tienen que sospechar de mí», me repetía una y otra vez.
   Durante la cena guardé un pedazo de pan duro en el bajo de mi túnica. Me apresuré a llegar a mi habitación. Saqué el pan y lo coloqué en la hendidura de la cerradura para que la puerta no quedara cerrada del todo. Encajé la puerta y atranqué la cama contra esta para darle firmeza y que no me descubrieran.
   Un pinchazo recorrió mi tripa y por un momento me quedé sin respiración. Al poco tiempo pasó “la bruja” a hacer la ronda con “las berenjenas” cerrando las puertas con llave.
   Me quedé un buen rato quieta sin hacer ruido hasta que dejé de escuchar los tacones. En ese momento mis captoras deberían haber ido a revisar el barracón y la puerta principal estaría abierta.
   Retiré la cama suavemente y de un tirón conseguí abrir la puerta. El sonido recorrió el pasillo ausente de centinelas. Me asomé y al ver que no había nadie, comencé a correr hacia la puerta de entrada.
   Junto al recibidor, la Trece más amargada hacía de perro guardián. Me quité una zapatilla y la lancé contra el pasillo contrario con todas mis fuerzas.
   El sonido hizo que se moviera en busca de su presa dejándome vía libre. Tomé aire y salí como un tiro del edificio.
   El suelo estaba congelado y el vapor se escapaba en cada respiración. Salí corriendo en busca de la parte trasera del edificio por donde poder saltar el muro sin que me vieran.
   Me lancé contra las zarzas ignorando el dolor cuando a mi espalda se iluminaron todas las ventanas del edificio. Me apresuré a trepar por la hierba, la tela de mi ropa quedaba enganchada y se desgarraba en cada tirón que daba hacia la cima del montón de piedras. Me descolgué del otro lado y quedé agazapada.
   Las manos y las piernas las tenía ensangrentadas, pero no podía detenerme. Hice un pequeño nudo con el hábito entre mis piernas y me descalcé. Tomé de nuevo aire y una descarga eléctrica en forma de dolor me recorrió desde el vientre hasta la ingle. Di un par de respiraciones cortas buscando alivio y comencé a correr en dirección al bosque.
   «Es Alba, no está en su habitación», escuché en la distancia mientras corría todo lo que podía, sin mirar atrás.
   Los calambres tardaron muy poco en llegar y me bloqueaba las piernas. Sudaba a borbotones y trataba de sujetarme la tripa en cada zancada con una mano mientras con la otra, me apoyaba en los troncos de los pinos y los tejos que encontraba en mi camino.
   Durante un poco solo escuché mi respiración y las ramas que crujían a mis pasos. Estaba agotada y la tela del hábito, tan impropia de para el mes en que llegué, apenas me daba un poco de calor.
   Una nueva sacudida de dolor me dejó jadeando arrodillada junto a un enorme tejo. Algo húmedo y cálido recorrió mis piernas hasta los pies. «¡Mierda!, ¡mierda!, ¡mierda!», acababa de romper aguas y aún estaba lejos del pueblo más cercano. Tenía que llegar y buscar a los señores De la Vega, ellos podían ayudarme.
   Rodillas en tierra, comencé a gatear buscando cobijo en el tronco hueco del árbol. Una nueva contracción me golpeó.
   Un rayo iluminó el cielo y empezó a llover. El agua comenzó a empapar mi ropa. Tumbada sobre el lecho de tierra y ramas, otra y otra contracción me hicieron maldecir al gilipollas de Antonio. En cada nueva que venía mis gritos atravesaban la espesura solapándose con los truenos. Respiraba como podía mientras mi hijo me partía en dos el alma.
   Los rayos iluminaban entre las grietas del tronco mientras seguía gritando de dolor.
   De manera súbita, el dolor cesó. Entre mis brazos mi pequeño cubierto de sangre y aún unido a mí por el cordón umbilical. En ese momento ambos comenzamos a llorar.

   ***

   “La bruja” tardó poco tiempo en aparecer. Los sabuesos del guardés de la finca de al lado habían seguido el rastro de mis pasos sobre el lodo y su figura se iluminaba entre los árboles. Un nuevo rayo y el ladrido de los canes se escuchaba más y más cerca. Pero ya estaba exhausta, no podía más.
   Cerré los ojos del agotamiento y cuando los abrí, la señorita Milda tenía mi hijo en sus brazos.
   —Señorita Alba. Ha sido una imprudencia huir así. Ha puesto en peligro su vida y la de este niño.
   —¡Y que querías que hiciera! —le grité desde el suelo— Vi lo que le hicisteis a Lucía. ¡A mi no me engañas, bruja!
   —La señorita Lucía no superó su anunciación y procedimos en base a nuestras ordenanzas.
   Con un gesto, ordenó a “las berenjenas” que me levantaran del suelo y me cubrieron con una manta. El guardés recibió un buen puñado de monedas y se alejó con sus perros.
   —Vamos señorita Alba, volvamos al edificio. Ya es hora de que vuelva a casa.

   ***

   Llegamos al edificio con las claras del día. Por primera vez desde que llegué, volví a la sala de purgas. La enfermera curó mis heridas y me ayudaron a lavarme. Una vez finalizaron, una Trece trajo la caja con el vestido blanco que traía el día que llegué aquí y me ayudó a ponérmelo. El vestido aún conservaba el olor a lavanda que María daba a mi ropa.
   —¿Dónde está Toñín?
   “Las berenjenas” se limitaron a decirme que estaba bien que no me preocupara por él. Me acompañaron al coche que estaba aparcado en la puerta donde todas las novicias salieron a despedirme.
   Todas se acercaron con júbilo, pero yo solo seguía buscando con la mirada a mi hijo mientras sonreía y asentía con la cabeza. Junto a mí en el coche dos Trece me hacían de pan mientras yo era el relleno del bocadillo.
   Tal como llegaron, las novicias salieron corriendo a continuar con su rutina en el jardín y el huerto. Una vez quedó despejada la entrada, conseguí ver al fondo del recibidor la puerta del despacho de la señorita Milda. Ella estaba dialogando con alguien, sonriendo como nunca hacía con nosotras. Desde el otro lado de la puerta, una mano le entregó un cojín que ella lanzó contra la zona donde tenía su chimenea. Extendió los brazos y le entregaron a mi Toñín.
   Del otro lado apareció la señora De la Vera y tomó a mi hijo entre sus brazos y ella y su marido comenzaron a hacerle carantoñas.
   “La bruja” salió del despacho y volvió ligeramente la puerta. Abandonó el edificio y entró en el coche.
   —Ahora que ya está curada es momento de volver a casa, señorita Alba.
   Comencé a gritar y patalear mientras nos alejábamos en el coche y las putas “berenjenas” me atenazaban los brazos.

 

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Créditos:Photo by S N Pattenden on Unsplash

Comentarios

  1. Es terrorífico de verdad. No hay nada sobrenatural ni mágico ,pero es sobrecogedor.

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    1. Solo hay comportamiento humano, para lo bueno y para lo malo. Gracias por tu comentario, Juan.

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  2. Da ese ambiente antiguo y oscuro. Me ha gustado, compañero. Fuerte final e impactante. Un saludo

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    Respuestas
    1. ¡Muchas gracias! En el momento que incluimos un internado la imaginación vuelva.

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  3. Iba a hacer un spoiler en mi comentario, sólo diré que me ha enganchado y gustado mucho

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  4. Sobrecogedor e impactante!! Muy bueno, Juan 👏👏

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    1. Creo que salió una narradora bastante creíble. ¡Muchas gracias por leerlo!

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