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Novela: No mires a los ojos. Capítulo 1

Capítulo 1

    Entré siguiendo sus pasos en el amasijo de ladrillos y gotelé que parecía regentaba. Y una bofetada de aire caliente me golpeó la cara. Él siguió caminando hasta detrás del mostrador. Hasta que no entramos no pude percibir como las sandalias que llevaba rechinaban a cada paso que daba el muchacho con sus piés sin calcetines y el gustoso olor a los mejores quesos manchegos que rodeaba el recibidor.
    Me paré un par de pasos después de cruzar la entrada, justo delante del mostrador y la puerta se cerró de golpe detrás de mí. Abracé la mochila y miré hacia atrás con el corazón en plena fuga de mi pecho.
    —Pero no se preocupe, es que cuando abrimos para ventilar las habitaciones se monta corriente y las puertas se cierran de golpe. Por eso no tienen cristales. En fin, a nombre de quién pongo la habitación.
    Dejé de mirar la puerta y la vista se acomodó al tono lúgubre que tenía aquella sala enmoquetada. El gotelé amarillento cubría paredes y techo y, salvo un cuadro tapiz de una cacería de ciervos y un triste helecho que intentaba tocar con sus hojas la poca luz que entraba entre las dos hojas de la puerta, aquel sitio no mostraba lo más mínimo de humanidad. Bueno sí. Ese tipo olía a humano, pero no demasiado vivo.
    —Y bien —dijo mirándome fijamente con las manos apoyadas en un libro de registro en papel.
En la parte superior de la página se podía ver el registro del último visitante. Para ser exactos, llevaba sin registrarse nadie desde hace nueve meses y diez días. Volví a mirarlo y este me apremió con el boli apoyado sobre la hoja. Liberé un poco el abrazo a mi mochila y abrí con cuidado la cremallera, solo un palmo. No podía permitirme que aquel tipo viera el contenido de mi bolsa. Introduje la mano y saqué directamente mi documento de identificación y lo coloqué sobre el mostrador.
    —Aquí tienes.
    —Así que te llamas Jacinto. Un buen nombre para haber nacido en —dió la vuelta al carné—  en Paymogo. ¿Dónde narices está Paymogo?
    —Eso no tiene importancia —extendí la mano derecha y coloqué mis dedos índice y pulgar en uno de los extremos del documento—. ¿Ha terminado de coger la información?
    —Tranquilo, Jefe. Solo digo que está un poco lejos de su casa, solo es eso.
    Escribía el número dígito a dígito con la misma letra que un infante que no empezó primaria y mi nivel de desesperación iba en aumento. ¿Tan difícil era escribir un nombre y un DNI y cobrarme la noche? Pues según estaba el muchacho escribiendo, la cosa prometía.
    —¿Y cuál sería mi habitación?
    —¡Lucía!
    —Dime, cariño —dijo justo detrás de mí y de nuevo volví a abrazar la mochila y a masticar corazón.
    El rostro de la chica era lo más cercano a un queso fresco que se había olvidado en la nevera, entre blanquecino y amarillento. Sus enormes ojos miraban a los míos sin llegar a gesticular ni un solo parpadeo y apreté un poco más la bolsa.
    —Parece que está usted muy sensible, Jefe. Relájese que aquí va a poder descansar en paz.
    Empujó ligeramente el documento para que yo lo volviera a guardar. Lo metí en la mochila y sin sacar la mano palpé uno de los tres fajos de billetes que llevaba dentro. El más pequeño de todos, el de cincuenta euros y saqué uno.
    —Toma, cobrate.
    —Me vas a disculpar —dijo sujetando el extremo del billete—,pero no tenemos cambio de un billete tan grande. Aquí suele traer la gente el dinero justo, en monedas de céntimos si hace falta. —Se acercó un poco a mi y comenzó a susurrar—. Ya sabes como son los jóvenes de hoy en día cuando la calor aprieta —dijo y me golpeó ligeramente con su brazo—. Tú ya me entiendes.
    Fué terminar la frase y su mirada se dirigió a su novia que seguía en pié junto a mí sin haberse movido ni una pizca. Y se incorporó sin soltar los cincuenta.
    —Si me das algo de cena puedes quedarte con el cambio.
Y casi sin terminar dió un pequeño tirón del billete y se lo guardó en el bolsillo.
    —Eso está hecho, Jefe. Le acompañamos a su habitación.
    Su brazo izquierdo señaló hacia mi derecha y acompañé su gesto con la cabeza para ver un pasillo con la misma horrenda moqueta. Apenas estaba iluminado por un par de luces de emergencia pero no tenía ningún tipo de pérdida. Un solo pasillo, todo recto que terminaba en el único espacio iluminado por la abertura de una puerta.

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Novela no mires a los ojos

 

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 Photo by Shaz Sedighzadeh on Unsplash

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