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Novela: No mires a los ojos. Capítulo 2

Capítulo 2

    Comencé mi pequeña procesión hasta la luz caminando emparedado entre mis caseros. Delante de mí las sandalias seguían chirriando cada vez que su talón las rozaba. Detrás la chica no emitía ningún tipo de sonido destacable. Se limitaba a seguirnos.
    El pasillo no era especialmente ancho, creo que podría tocar ambas paredes con las palmas de mis manos si me abriera de brazos y eso que no llego al metro setenta. Aunque mirándolo mejor, mejor no tocar aquellas paredes grises y rugosas.
    Llevé la vista hacia la pared del fondo y sobre la pared izquierda, frente a la puerta, había un pequeño marco que deduje pertenecía a un espejo por el cuadro pequeño de luz reflejado en la pared contraria.
    Las puertas se sucedían una tras otra cada cinco o seis metros. Un pequeño número metálico estaba clavado en la parte donde iría una mirilla y, al contrario a otros hoteles más modernos, conservaban un pomo con cerradura como método de apertura.
    Una puerta, rechinar de pies, dos puertas, rechinar de pies, tres puertas, rugido de estómago y el tipo con el chaleco se paró en seco y se giró hacia mí.

    —Jefe, parece que tiene un poco de hambre. Pero no se preocupe que eso lo solucionamos. ¡Regi!
    Comenzó a gritar y empezó a caminar en dirección contraria a la que veníamos.
Pasó junto a mí rozándome y comenzó a golpear puertas con ese nombre una y otra vez en la boca. Lo seguí con la mirada. Era hipnótico ver como aporreaba las puertas una por una. Pum, pum, pum, !Regi!
    Y de nuevo las enormes pupilas de Lucia me miraban sin parpadear. Era bastante guapa pero el tono de piel no le favorecía. Por un momento dejé de escuchar al señor Chalecos y mi mente se quedó en blanco.
    —¿Sabes que tú también me gustas?
    Sus labios permanecían inmóviles pero su voz resonó cristalina en mis oídos. El corazón me empezó a latir con fuerza. Respiré hondo y cerré los puños intentando buscar un punto de cordura.
    —Tranquilo. Intenta controlarte o seré yo la que no pueda hacerlo.
Abrió un poco más los ojos y dí un ligero paso atrás.
    —Lucía, me ayudas a buscar a este vago.
Dejó de mirarme para mirarlo a él y asintió con la cabeza.
    —Está en la número uno.
    Su voz sonó fuera de mi cabeza y aunque al principio esto fue un alivio, el espasmo de mi sistema nervioso me recolocó cada una de mis vértebras.
    El chico se alejó de nosotros un par de puertas más. Ella seguía delante de mí, impasible. Empezó a temblarme ligeramente el pié y para disimular el gesto comencé a caminar hacia él, alzando ligeramente la voz, llamando su atención.
    —Yo me conformo con cualquier cosa fría. No es necesario nada muy elaborado.
    —Jefe, usted ha pagado por una cena y aquí solo entendemos eso de una manera. ¡Regi! Despierta que tenemos un comensal.
    Gritaba el nombre una y otra vez. Con su brazo alzado dispersaba su olor cada vez que golpeaba la puerta. Era como un gato de la suerte chino, pero con camisa y pelos en las axilas.
    El sonido, aunque desagradable, me reconfortaba.
    La llave comenzó a girar en la cerradura y don Chalecos paró y se quedó parado junto al marco, apoyando su hombro y cruzando los pies. Esto despegó la suela de la chancla como un papel de madalena de su piel y el olor se mezcló con el que ya teníamos. ¡Una fiesta organoléptica!
    La puerta se abrió con suavidad.
    Regi era un pequeño hombre como de un metro cincuenta que medía lo mismo de alto que de diámetro. Tenía una redecilla puesta en la cabeza que no podía decirse que sujetara ningún tipo de pelo. Llevaba pantalón de cocinero con unas imágenes que parecían ser de gatitos con colores flúor y una chaquetilla que estaba bastante alejada de ser blanca.
    —¿Qué pasa, Luís?
    —Tenemos invitado para cenar.
    —Joder, ya sabes que no estamos escasos de material y ¿me vienes con invitados?
    —Regi, tenemos un invitado y punto —dijo alzando la cabeza y mirando hacia mi dirección.
El cocinero siguió su mirada y me vió ahí junto a la puerta. Acto seguido volvió a mirar hacia Luís.
    —Está bien.
    Se giró y estirando el brazo sacó un delantal plástico blanco cubierto de restos rojizos.
La mano de don chalecos me tocó el hombro y dirigió mi cuerpo hacia donde estaba Laura.
    —Vamos, Jefe, le llevo a su habitación para que se ponga cómodo y se prepare. Cenaremos sobre las once.

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Novela no mires a los ojos

 

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 Photo by Shaz Sedighzadeh on Unsplash

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