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Novela: No mires a los ojos. Capítulo 3

Capítulo 3

    Hice un pequeño gesto disimulado para alejar la mochila del señor Chalecos. La cosa ya estaba suficientemente rara como para que encima se enteraran de lo que llevaba en la mochila. La idea en ese momento era clara, ir a la habitación a refrescarme un poco, cenar y dormir hasta que abrieran la gasolinera para continuar mi huida. Y ante todo, pasar desapercibido, aunque siendo el único huésped del establecimiento se me antojaba un poco difícil.
    El olorcillo a rancio me devolvió la cabeza al ahora. Nos quedaba pasar por delante de una de las habitaciones antes de la que tenía la puerta abierta. Yo caminaba delante y mi anfitrión continuaba con su mano aparcada en mí, sin permitirme girarme hacia atrás.
    Solo escuchaba sus pasos y los míos sobre la moqueta por lo que dí por sentado que, Lucía, se había marchado junto con el cocinero y me relajé un poco.
    —Jefe, menos mal que ha bajado de revoluciones. Estaba tan acelerado que pensé que le iba a dar un parraque.
    —Yo no estaba nervioso.
    Dije con tono suave deteniéndome por un momento, controlando la situación y girándome levemente para mirarlo a la cara.
    Tenía una pequeña sonrisa dibujada de la que sobresalían un par de caries en los dientes superiores. Y un segundo más tarde, no pude sostener la mirada y volví a clavarla en los ojos de ella que me observaban justo detrás de él.
    —Tienes que descansar antes de enfrentarte a él.
    Su voz volvió a sonar en mi cabeza a pesar de no haber movido ni un músculo de su cara y el corazón comenzó a escarbar un hueco de huída entre mis costillas.
    —Lo vé, Jefe, aquí está otra vez la taquicardia. Será mejor que descanse.
    Asentí con la cabeza arrastrando mis ojos desde Lucía hasta su sonrisa gris y volvía  mirar hacia el fondo del pasillo, tan rígido como una estatua.
    Mi siguiente paso notó algo resbaladizo sobre mi pié derecho, pero no podía detenerme a mirar. La moqueta estaba tán oscura que era inutil cualquier intento de observación. La siguiente pisada no mejoró y mi pie izquierdo se deslizó ligeramente. Un ligero olor que poco a poco empezó a tomar contundencia sobre los ya existentes saturó mis pituitarias llevándome casi a la arcada.
    —Tenga cuidado, Jefe. Regi usa esta habitación como su despensa personal. Y aunque es un buen cocinero, vete tú a saber que puede haber en el suelo.
    Lo escuché y sin mirarlo mi corazón volvió a acelerarse. Como cuando vas en un coche en marcha y pones un par de marchas menores y mi cuerpo solo reaccionó ampliando la zancada para llegar finalmente hasta la puerta de la habitación.
    —Muchas gracias por acompañarme.
    Dí un pequeño sprint entrando en la habitación sin prestar atención a los muebles y lancé la puerta tras de mí y esta se cerró de golpe. Apoyé la espalda contra la madera lacada sujetando el pomo y un par de vibraciones fuertes sacudieron la puerta.
    —Jefe, que se olvida usté la llave.
    Y a parte de lamentarme por esa afirmación, me sacó un poco más de mis casillas que el señor Chalecos tuviera la razón.
    Abrí un poco colocando el pié como un improvisado tope y mostrando mi pecho en el hueco que quedaba disponible. Con la mano derecha sujetaba el tirados y con la izquierda le pedí las llaves.
    Extendió la mano y soltó unas pequeñas llaves con un llavero de Torremolinos.
    —Ahí tiene.
    Asentí con la cabeza y traté de cerrar la puerta cuando este la bloqueó con su pié.
    —Y recuerde que comemos a las once.
    —No se preocupe —dije sin dejar de mirarlo a la cara.
    Volvió a sonreirme y ambos comenzaron a caminar en dirección a la recepción.
    Moví la puerta para cerrarla, pero antes, di un pequeño vistazo en lo que resultó ser un espejo frente a la puerta de mi habitación para confirmar que se marchaban.
    A él, lo vi perfectamente. A ella, no tengo tan claro que la viera reflejada.

...

Novela no mires a los ojos

 

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 Photo by Shaz Sedighzadeh on Unsplash

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