No mires a los ojos. Capítulo 10 - La cena

Al cocinero golpeó con fuerza la puerta y eso hizo que Lucía quitara inmediatamente la mano de mi pierna. Aproveché ese momento para moverme un poco hacia la izquierda, pegándome al máximo contra la pata de la mesa. Con la rodilla di un pequeño toque con mi pantalón y la piel desnuda de Don Chalecos. Este me miró y me sonrió levemente. Inmediatamente, mis dos piernas quedaron una junto a la otra, tan apretadas como podía, en el centro exacto del lateral donde me sentaba.

Regi dejó caer la bandeja que traía sobre la mesa y la loza se elevó ligeramente para volver a colocarse en su sitio.

—Buenas noches —comenzó a hablar mirando a Don Chalecos y posteriormente a Laura—, a los tres —y ahí se quedó mirándome fijamente.

—Buenas noches —fue lo único que alcancé a repetir.

—El menú para esta noche es sencillo debido a lo inesperado de la visita —continuó hablando sin apartar su mirada de mí—. De primero se servirá pierna de cordero horneada con verduras salteadas.

Señalaba a la bandeja que acababa de traer. Bajé la mirada y al ver la carne doradita, con un poco de salsa oscura en la base y unas verduras cortadas en dados, no pude contener que mi estómago rugiera de hambre, interrumpiendo su pequeña exposición.

—De segundo —dijo elevando el tono—, tenemos una sopa de picadillo, especialidad de la casa.

—Y de postre un yogurt o lo que pillemos —Don chalecos interrumpió al cocinero.

—Avísame cuando terminéis con esto para sacar la sopa —dijo en tono recio mientras volvía con determinación a la cocina—. No pienso quedarme a ver como engullís lo que nos queda en la despensa.

—¡Regi! —levantó un poco la voz.

—¿Qué? —Nos miró.

—Vale.

—¿Vale?

—Sí. Puedes especiar la sopa.

La comisura de los labios se le elevó levemente y asintió con la cabeza manteniendo la mirada fija en mí.

—Os voy a traer la mejor sopa que comeréis en el resto de vuestra vida.

En mi posición, con las piernas juntas una contra otra, las manos colocadas sobre la mesa y evitando cualquier contacto visual directo con Lucia, la sensación de fuego frío donde se une mi cráneo y mi columna hizo que mi frente se perlara de sudor.

—No se preocupe, Jefe. Regi prepara la mejor sopa templada del mundo. No piense que le va a sacar un perol hirviendo, eso solo lo hacemos en invierno.

Colocó su mano sobre la mía, rozándola y eso me descolocó totalmente. Volvió a poner esos ojos como de estar viendo delante de él su objetivo de un fin de semana loco. La moví rápido antes de que se afianzara el contacto y cogí el vaso que tenía delante.

—¿Me pasas un poco de agua…

Dudé por un momento seleccionado a cuál de los dos se lo pedía.

—Lucía?

En mi elección se incluía tener que mirarla fijamente a la cara. Algo que llevaba evitando desde que me encontré con ella delante de la puerta de mi habitación.

—Claro —dijo moviendo con suavidad los labios.

Pensé por un momento que quizá el escucharla en mis pensamientos había sido únicamente una mala pasada de mi mente, pero nada más lejos de la realidad.

—Pero tienes que ayudarme a escapar de Luis.

Solo abrió un poco sus ojos, nada más. Su voz sonó cristalina como si me la susurrara al oído.

Abrí los ojos al máximo como signo de asombro y ella me tocó con su frío índice los labios, buscando que no dijera nada mientras me servía el agua.

—¿Comemos, Jefe? Esta carne cuando está fría se pone correosa.

Asentí y Don Chalecos cogió rápidamente la bandeja. Con su propio tenedor, empujó un par de trozos de carne en mi plato y volcó el resto en el suyo, dejando el de Lucía totalmente vacío.

—¿Y Lucía?

—No se preocupe, Jefe. Ella come un poco más tarde. Está con un tema de ayuno intermitente, ya sabe como son las chicas. Hasta dentro de cuarenta y cinco minutos no le toca comer nada.

Cogió el primer trozo con la mano y comenzó a morderlo como si llevara sin comer varios días. Estaba claro que yo no era el que más hambre tenía.

—Pero coma, Jefe, antes de que se enfríe.

Cogí el primer trozo y mordí. Un gusto dulzón envolvió mi paladar. La carne se deshacía literalmente en cada mordisco que le daba. Era un sabor ligeramente distinto a la ternera y bastante alejada a la del cordero.

Miré a Don Chalecos y sin sacarse el trozo que tenía en la boca, le dio un toque a la bandeja, ofreciéndola. Dejé un pedazo en el plato y otro me lo llevé directamente a la boca.

Lucía mantenía su posición tranquila, sentada con las dos manos encima de la mesa, y eso me daba un poco de tranquilidad. Los ojos los tenía fijos en su pareja o lo que fuera ellos tuvieran. Movía levemente las cejas y poco más. Al contrario, Don Chalecos parecía un perro al que no le gusta lo que le dice su dueño, moviendo la cabeza de un lado a otro con un gesto disimulado y sin soltar el trozo de carne que mordía.

La puerta de la cocina se abrió con fuerza y golpeó la pared donde estaba anclada. Alcé la cabeza del plato, apurando las últimas mordidas a la carne.

El cocinero traía un perol de barro sujeto por debajo con una mano y en la otra, un cazo de metal tan grande como su brazo.

—Estaba muy buena la carne, Regi —dudé por un momento con su nombre.

—Tenía que estarlo. Era de nuestra reserva privada.

—¿Reserva privada?

—¿Por qué no dejas eso y te vas llevando la bandeja? —interrumpió Don Chalecos cogiendo su plato y el mío y volcando su contenido sobre los restos de verdura.

—Está bien.

Acercó la mano con la que sujetaba la sopa a la mesa y la retiró de manera abrupta, como quien intenta quitar un mantel sin quitar las cosas que hay sobre él. El barro golpeó con fuerza la mesa y, como en una coreografía, tiró el cazo dentro. La cazoleta quedó flotando unos segundos mientras el mango dio casi una vuelta sobre el borde del recipiente.

De mala gana tiró del de la bandeja y un par de huesos se quedaron sobre la mesa mientras él ya ponía camino a la cocina.

Don Chalecos tomó el cazo y empezó a apartar la sopa. Primero a él y después llenó mi plato hasta el borde.

—Ya verá, Jefe. Si le ha gustado la carne, la sopa le va a encantar —dijo mientras metía la cuchara en la sopa.

Mi plato se encontraba entre tibio y frío. Mojé un poco la punta de mi cuchara en el líquido blanquecino, lo llevé a mis labios y noté la sensación de comer una sopa caliente en un día de lluvia junto a una chimenea reconfortó mi cuerpo.

Seguí comiendo mientras mis acompañantes se quedaron por un momento mirándome.

—Me tenéis que perdonar, pero llevaba tanto tiempo alimentándome a base de hamburguesas de burguer que en cuanto he probado la sopa… puff que sopa.

—No se preocupe, Jefe —dijo soltando su cuchara junto al plato. ¿Le pongo un poquito más?

Observé el nivel hidrográfico de mi plato y necesitaba un trasvase.

—Sí, por favor.

Y sin terminar, un par de cazos colmados se volcaron dentro de mi plato, volviendo a dejar el líquido al borde del desbordamiento.

Seguí comiendo mientras ambos se miraban entre ellos y de vez en cuando lo hacían hacia mí.

La cuchara de Don Chalecos seguía en el lateral del plato, lo mismo que seguía limpio el de Lucía.

Apenas me quedaba un par de cucharadas de estas que inclinas el plato para no dejarte nada y un calor intenso empezó a generarse dentro de mi estómago. Ahuequé un poco el cuello del polo y al ver que mi vaso estaba vacío, extendí el brazo para pedir un poco más de agua. Miré mi mano y múltiples siluetas se movían en sincronía con mi movimiento. El calor comenzó a aumentar y a subir por mi esófago.

Puse las manos delante de mi cara, pero era incapaz de contar el número de dedos que tenía. Miré a Don Chalecos, tenía su sonrisa gris pintada en la cara. Cogió su plato y volcó el contenido en el perol. Retiró la silla de la mesa y se puso en pie. Gritó mirando hacia la cocina y luego se giró hacia mí y me tocó el hombro. Traté de mirarlo a la cara, pero era incapaz de enfocarlo.

Un toque de labios frío en la parte derecha de mi cuello me hizo mirar hacia Lucía. Su cara estaba pegada a la mía hasta que algo tiró de ella hacia atrás y empezaron a discutir.

Traté de ponerme en pie apoyando las manos sobre la mesa, todo se retorcía delante de mis ojos. El cocinero se acercaba con un enorme elemento metálico que supuse era un cuchillo y decidí que no quería quedarme a comprobarlo.

Empujé la silla tirándola al suelo. Miré a Lucía y Don Chalecos que seguían gesticulando. Él la sujetaba por el brazo y ella lo golpeaba en el pecho una y otra vez. Miré las estelas de colores que se formaban con cada movimiento de cabeza hasta que enfoqué al cocinero que estaba casi encima de mí y seguí mirando hasta la pared donde las cortinas tapaban los ventanales.

Di un primer paso con dificultad. El cocinero me pisaba los talones. Apreté los dientes y avancé tan rápido como pude hasta las cortinas. Elevé el puño de mi brazo derecho hasta el hombro, haciendo fuerza para atravesar el cristal, agaché la cabeza y me lancé con todo.

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