No mires a los ojos. Capítulo 11 - Despierta

—¿Crees que está muerto?

—Sería una pena que tuviéramos que desechar tanta carne. Hacía bastante que no teníamos carne joven para preparar.


La cabeza me dolía como si me hubieran golpeado con un martillo olímpico. Intenté tocarme la cabeza, pero la mano no se movió de su sitio. Algo me tenía sujeto.

Intenté abrir los ojos, pero solo me salió un parpadeo largo. Notaba como algo salía de mi oído, ligeramente cálido y bajaba por el lóbulo hasta mi cuello.

Algo húmedo golpeaba la zona una y otra vez, sin llegar a parar el flujo líquido que notaba.

Giré la cabeza apoyándola sobre el cogote hacia el lado de la herida antes de abrir los ojos y ver que Cancerbero se esmeraba en lamerme la cara. Sus fauces estaban demasiado cerca de mí, pero no podía moverme. Moví la vista mirando hacia mis pies. Una especie de tira sujetaba mis hombros.

Intenté mover las piernas y las manos y entendí que algo similar me las sujetaba.

El perro comenzó a ladrar con fuerza junto a mi odio. El sonido comenzó a rebotar en las paredes que aún quedaban en pie de mi cráneo y en un gesto reflejo entrecerré los ojos.

—Tranquilo Cancerbero.

Noté como alguien me tocaba con su cuerpo, el brazo y los ladridos del perro se fueron alejando poco a poco.

—Jefe, ¿está bien?

Lo escuché como si estuviera encima de mí.

—¿Jefe?

Volvió a preguntar y su aliento arrolló mis fosas nasales, bajó hasta mis pulmones y en un movimiento reflejo mi estómago decidió no mantener más tiempo la cena dentro de él.

El líquido colmó mi esófago y aunque lo intenté hasta el último instante, lo arrojé todo.

La bilis quemaba mi garganta y parte de la carne quedó adherida a la comisura de mis labios.

—Agua —conseguí decir mientras el hombro y las costillas me hacían rabiar.

—¿Qué ha dicho? —la voz del cocinero sonó un poco más alejada de mí antes de que algo me tocara el pie. Intuí que era él.

—Creo que ha pedido agua.

—Oído. Tú, gira la cabeza para el otro lado.

Al principio no entendí a qué se refería. No quería abrir los ojos. Seguía notando como Don Chalecos estaba junto a mí, impregnándome con su aroma como un perro que marca su territorio.

Noté como un grifo se abrió a la altura de mi nuca.

—Gira la cabeza, Jefe. El agua está al otro lado.

Algo me tocó la cabeza con cuidado y me la movió en la dirección indicada. Luego me la empujó un poco sujetándola por la nuca y el líquido tocó la punta de mi nariz.

Como un topo cogiendo lombrices, abrí la boca en busca del preciado líquido.

—Cuanto le damos, Regi.

—Cuanto más beba más rápido liberará el paralizante y antes dejará de ser tóxico.

Paré de golpe de beber.

—No preste atención a lo que dice, Regi. Beba lo que tenga que beber.

Me negué girando la cabeza, quedándome boca arriba.

—Está bien, no se preocupe, Jefe, que tenemos todo el tiempo del mundo.

Al poco nada me tocaba en el lateral. Tampoco en el pie y el silencio en la sala solo lo rompía el caudal de agua junto a mi cara.

Creo que en ese momento me quedé dormido.



No mires a los ojos

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