No mires a los ojos. Capítulo 12 - La prueba

Soñaba con que algo me presionaba en la parte superior del antebrazo. Era como la punta de un bolígrafo que poco a poco fue bajando hasta mi muñeca. Aunque quería, era incapaz de verlo. Tenía el cuerpo rígido. Cuando llegó a la altura de la muñeca, un golpe seco hizo que atravesara mi piel y me desperté.

Abrí los ojos de par en par y grité tan alto como pude. Seguía sin poder moverme, atado en aquella mesa.

Cerré los puños con fuerza y tiré hacia arriba con las manos, sin éxito.

La cabeza de Don Chalecos apareció delante de mí. Demasiado lejos como para poder darle un cabezazo y lo suficientemente cerca como para que golpeara mi cara las salivas que lanzaba al hablar.

—Parece que ya está mejor, Jefe.

—¡Soltadme malnacidos! —grité mientras me intentaba retorcer de manera infructuosa.

—Que más quisiéramos, ¿verdad, Regi?

—Verdad, Luis. No es nada en especial contra usted —se volvió condescendiente—, pero si el verano es complicado, el invierno lo es más.

—¿Qué mierda dices?

—Digo que eres la única fuente de proteínas que ha pasado por aquí en los últimos tres meses.

Esos dos me querían comer como si yo fuera una liebre, o un trozo de cerdo o, como la cena de esa noche, cordero.

Mi cerebro dio de nuevo orden de evacuar el estómago y el poco contenido que quedaba salió al instante entre mi boca y mi nariz.

En un acto reflejo, como un déjà vu, un grifo de agua se abrió junto a mi cabeza.

—Beba, Jefe.

Soplé fuerte para desbloquear las vías aéreas y cerré la boca en un gesto de negación.

—¡Qué bebas! Qué no tenemos toda la noche.

Su mano me agarró con fuerza la cara, cubriéndome la boca con la palma y clavando sus dedos alrededor de esta. Era como un águila que acababa de atrapar un zorro y no permitiría que se le escapase. Me arrastró hasta que la cabeza perdió su apoyo. Con su otra mano movió el grifo y lo colocó encima de mí.

Mi corazón se había vuelto loco. Podía oír cada palpitación en mis oídos. El agua me tocó la zona del golpe. Escocía y aliviaba al mismo tiempo.

Siguió moviendo el chorro hasta mi pómulo, donde el agua se escurría entre sus dedos y mi piel. Y paró finalmente sobre su mano.

El agua rebotaba en el dorso y fluía como una cascada hacia mis fosas nasales.

Traté de aguantar un poco la respiración, pero era incapaz. Intenté respirar dando pequeñas inspiraciones sin llegar a encontrar aire que no se mezclara con hidrógeno.

Abrí al máximo los ojos, intentando zarandear la cabeza para librarme de mi yugo. Todos los músculos de su brazo se encontraban en tensión y me miraba sin pestañear mostrándome su tétrica sonrisa.

Había respirado tanta agua y era imposible que pudiera revertir aquella situación. Dejé de forcejear con él y empecé a asumir mi destino cuando la mano redondeada del cocinero apareció en su hombro. Don Chalecos lo miró y me soltó la cara.

Comencé a toser y vomitar. No podía controlar mi cuerpo y los espasmos me hacían retorcerme sin poder librarme de mis ataduras.

De reojo vi como le entregaba un papel tintado de azul.

—No me fastidies, Regi, ¿cuánto pusiste?

—30.

—Pues genial, ahora hay que aguantarlo vivo hasta las… —vi de reojo como miraba el reloj antes de continuar hablando— ocho de la mañana.

—Mierda —dijo en tono bajo antes de dirigir sus palabras hasta mí—. Va a tener que disculparnos, Jefe, no estaba previsto que esto fuera así.

—¿Así cómo? ¡Panda de psicópatas!

—Pero no falte, Jefe.

—¡Me habéis intentado envenenar! ¡Y me habéis golpeado!

—Eso no es del todo correcto. Solo tenías que haber tomado un poco del paralizante y a la hora, ya estaría todo terminado.

—¿De qué me hablas?

—A ver, Jefe, que no es que esté siendo muy listo —se sonrió—. Al principio me caíste bien, pero ví como mirabas a mi Lucía y no me dejaste otra opción. Pedí a Regi que condimentara la sopa con un paralizante receta de la casa, pero el muy imbécil puso como diez veces la cantidad. De normal, quien lo toma entra en un sueño plácido y en una hora, catapum. Pero con la cantidad que tú tomaste, las alucinaciones fueron inmediatas. Te levantaste y saliste corriendo hacia una de las cortinas, supongo que intentando romper el cristal con tu cuerpo. Una lástima que en el salón las cortinas están solo para dar sensación de amplitud y te desmorraras contra el hormigón.

—Lo siento —interrumpió el cocinero.

—Tú calla que por tu culpa estamos así.

A mi mente se vino la imagen de Svetlana. Por ella había emprendido esa odisea e iba a terminar en aquel hostal de mala muerte atado a una mesa de la cocina. Mis ojos regurgitaron un par de lágrimas que se precipitaron por mi rostro.

—Jefe no llore. Que esto va a ser rápido. Solo hay que esperar que la toxina abandone su cuerpo estando vivo o la carne será totalmente incomestible. Si quiere acortar el tiempo, por favor, beba.

Volvió a posar su garra sobre mi cabeza y me la metió debajo del grifo de un tirón.

—Hagámoslo fácil.

Su sonrisa gris volvió a lucir en su cara antes de darse la vuelta. Ambos caminaron hasta desaparecer de mi vista. La puerta de la cocina osciló varias veces haciendo un ruido de tambor sordo hasta que me quedé en silencio con el chorro de agua. Atado en aquella mesa e inmóvil desde los hombros hasta los pies, agité la cabeza como queriendo despertar de aquella pesadilla.

—¡Eres un inútil! —un grito aletargado por la distancia me recordó que todo aquello no era un sueño.

No mires a los ojos

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