No mires a los ojos. Capítulo 13. Lucía

Respiré profundamente inundando mis pulmones de aire hasta donde me dejaban mis ataduras. Moví el hombro derecho con fuerza, tirando de la mano hacia arriba. Notaba como la cinta que tenía en las muñecas me aprisionaba la piel haciendo herida.


Apretaba los dientes y los labios para reducir el nivel de ruido que hacía. Después de cada intento, respiraba varias veces recuperando la respiración y volvía a intentarlo con el lado que menos dolorido tuviera.

El tiempo jugaba en mi contra. Esos dos no parecían estar bromeando. Los yugos que abrasaban mi piel no bromeaban en absoluto. El sudor estaba muy presente, tenía calor y sed, pero no iba a beber nada de agua. El paralizante en mi organismo parecía ser un seguro de vida y tenía que usarlo como tal.

Estaba dolorido después de diez intentos cuando su voz me paralizó.

—Creo que nos hemos metido en un buen lío.

—¡No se te ocurra acercarte a mí!

Mi boca escupió esas palabras al aire, cerré mis ojos para no mirarla y empecé a repetir el nombre de Svetlana en mi cabeza.

—Ojalá pudiera. Eres tan llamativo comparado con mi Luis —susurró—. Mírame.

No iba a caer en su trampa y apreté los párpados hasta que noté que la piel no podía plegarse más.

—Si me miras puedo hablarte sin que nos escuchen.

—No voy a mirarte, sea lo que quiera que seas. No va a meterte en mi cabeza de nuevo.

—Está bien. No fui especialmente delicada. Llevo demasiado tiempo esperando que llegue sangre nueva, pero nunca pasaba.

—Estáis locos, ¡los tres! —sentencié.

—¿Pero mírame? ¿Tú crees que ellos y yo estamos en la misma situación? Si ni siquiera puedo ponerme en pie.

—Tengo novia, ¿sabes? —dije intentando crear un aura protectora ante sus encantos.

—Y yo un perro y un marido celoso. ¿Quieres mirarme de una vez? Están sentados en el salón y es peligroso que sigamos hablando —subió el tono enfadada.

¿Y si Lucía decía la verdad? ¿Y si me estaba equivocando con ella y era también una víctima? Había leído alguna vez sobre el síndrome de Estocolmo, donde una persona secuestrada sentía atracción por su secuestrador. ¿Y si era con eso con lo que jugaba para que yo bajara la guardia?

—¿Has tomado ya una decisión? Estas ataduras empiezan a ser muy molestas.

Giré la cabeza hacia el lateral contrario al grifo de agua y abrí los ojos. Había poca iluminación y justo en el borde de la luz y la sombra, los pies descalzos de Lucía asomaban. Estaba sentada en el suelo con cinta americana puesta en los tobillos. Acomodé un poco la vista a la escasa luz. Subí por sus piernas hasta las rodillas. Debajo de estas tenía las manos unidas con cinta por las muñecas. Seguí subiendo sin querer fijarme en su figura esbelta y agachó un poco la cabeza hacia su pecho, mirándome a los ojos.

—Va a ser difícil que salgamos de esta, no voy a engañarte.

—Eso ya lo sé —susurré intentando mostrar mis ataduras sin moverme del sitio y mirando de reojo hacia la zona de mi cabeza donde tenía el golpe.

—“Pist” —llamó mi atención para que volviera a mirarla—. Yo puedo intentar desatarte, pero tienes que prometer que me llevarás contigo.

—Ni de coña —dije abriendo los ojos de par en par y volví a dar un tirón fuerte intentando desatarme.

—”Pist”

—¿Qué? —repliqué mirándola.

—O los dos o ninguno.

Mis capacidades para negociar eran proporcionales a la amplitud de movimientos que me permitían hacer mis ataduras. Ella me miraba apremiándome a tomar una decisión. Si la dejaba que me ayudase, tendría que venir conmigo. Sería como llevar un trozo de pescado sangriento colgando de un pie mientras intentas huir de un tiburón. Un tiburón con chaleco.

—Qué mente más peculiar tienes. ¿De verdad un tiburón con chaleco?

—¿Pero cómo?

Sonrió.

—Digamos que vengo de una larga saga de mentalistas o algo parecido. Pero eso no viene al cuento. ¡Tienes que decidirte ya! No los noto en este momento en el salón. Es ahora o nunca. 

¿Trato?

—Joder, sí. Pero tengo novia.

—Que sí —dijo alargando la vocal sin mover un ápice los labios.

No mires a los ojos

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