No mires a los ojos. Capítulo 14. Azulejos

Se empujó con los pies para moverse hacia la pared que había detrás de ella. Apretó con fuerza y los dedos empezaron a perder el poco color que tenían. Bajó con fuerza las manos contra el suelo debajo de sus rodillas, impulsándose hacia arriba, apoyando sus hombros contra la pared.

Volvió a mover los brazos de manera acompasada, dando pequeños impulsos hacia arriba. Poco a poco fue recuperando la verticalidad hasta quedar totalmente erguida contra la pared.

Llevó su cabeza hacia los azulejos, movió un poco retirar el pelo que cubría su oreja y la colocó sobre la pared que daba al salón.

—¿Escuchas algo?

—¡A ti! —dijo en mi cabeza.

Apreté un poco los labios como para hacer que los cerraba con una cremallera pero, al no tener ninguna mano libre para cerrarla, me quedé mirándola poniendo pico de pato a lo que ella sonrió sin mover la oreja de su sitio.

Pasaron unos segundos que se me hicieron eternos al verla allí parada sin hacer el más mínimo movimiento. El agua seguía corriendo junto a mi cabeza y coartaba mi capacidad auditiva.

—Ahora.

Comenzó a deslizar los pies haciendo pequeños semicírculos. Apoyaba uno, giraba como una bailarina de una caja de música, después el otro y deshacía el giro de baile. Su avance era lento y silencioso.

Al llegar junto a la encimera, se recostó un poco sobre mí, rozándome el brazo con su cuerpo.

—Svetlana, Svetlana…

Empecé a repetir en mi cabeza como un mantra. Sus labios se acercaban poco a poco hacia los míos y cuando estaban a punto de tocarse, continuó ladeando un poco la cabeza.

El sonido del agua se cortó.

En su camino de retorno, se paró justo delante de mí, mirándome directamente a los ojos.

—No hace falta que recites su nombre cada vez que te pongas nervioso. Tenemos un trato y, a menos que tú me lo pidas, no pienso besarte.

Hasta ese momento, mi relación más estrecha con una chica había sido enviar varias fotos con poca ropa. Lucía me miraba y yo entorné un poco los ojos para no devolverle la mirada directamente.

Comenzó a girar hasta quedar dándome la espalda. Se inclinó hacia delante y algo arañó la parte inferior de la encimera donde estaba amarrado. Se alejó un poco más de mí y volvió a tirar. Entendí que levantaba las manos por como se le movieron los hombros y al poco comencé a escuchar como los utensilios de cocina se movía como abejas huyendo de un oso que quiere miel.

Se giró y sonó como si desenvainara algo. Ladeó su cuerpo y empujó con la cadera el cajón que estaba bajo uno de mis brazos para hacerse un hueco.

—No te muevas —sus pupilas hablaron y yo relajé el cuerpo lo máximo posible.

Volvió a darme la espalda. El tacto frío del metal me tocó la mano. Giró con pericia la hoja para que quedara apoyada sobre mi piel. Subió por el dorso de mi mano hasta llegar a la muñeca donde tenía la atadura y comenzó a zigzaguear la hoja.

Poco a poco la presión en mi muñeca fue reduciéndose y ya podía levantar ligeramente la muñeca. La tela iba remitiendo y empecé a tirar hacia arriba para ayudar a Lucía en su cometido.

Noté como ya casi estaba y, girando un poco el brazo para apoyar el codo contra la encimera, tiré con todas mis fuerzas y la cinta terminó de romperse.

Moví rápidamente mi mano para pedirle que me dejara el cuchillo para desatarme y ella no pudo evitar mirarme el brazo.

El corte había sido limpio. La sangre comenzó a acumularse en el borde de la herida. La miré y tenía unos tres centímetros.

Un pequeño charco se empezó a acumular.

—¡Tenemos que limpiarte la herida ya!

Antes de que terminara la frase, una gota se deslizó por el lateral de mi muñeca y se precipitó hacia el suelo.

Nerviosa se giró para darme el cuchillo.

—Toma. ¡Desátame!

—¿Qué?

—No hay tiempo, corta la cinta.

Estaba bloqueado con un cuchillo en la mano y con ella de espaldas a mí, agitando lo que podía las manos.

Un ladrido sonó desde fuera de la cocina y ahí lo entendí.


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