No mires a los ojos. Capítulo 5 - Astillas

Me quedé un poco junto a la puerta hasta que dejé de escuchar como chirriaban los pies de don Chalecos. Recorrí con la mirada la habitación en busca de algo con lo que bloquear desde dentro la puerta, pero aquel trozo de moqueta rodeado por paredes no me ofrecía mucho.

Una ventana con rejas exteriores me miraba desde la pared contraria, dejando pasar los pocos rayos de sol del atardecer. En el techo colgaba una lámpara con un bulbo de cristal blanquecino y una única bombilla que debió ser el furor de las tías de pueblo en los años 70.

A mi derecha había una mesa minúscula de un único apoyo, muy parecida a las que ponen en los bares para comer de pie, pero como si le hubieran disparado con un rayo menguante.

Junto a esta una especie de minibar del que salía una luz que agonizaba por su vida.

En la pared contraria y casi tocándose con mi maravillosa cocina, una cama de una plaza se sujetaba contra la pared. Me pareció una buena idea bloquear la puerta con la cama hasta que vi que estaba anclada con tornillos contra la pared.

Estaba cubierta por una colcha rojiza con flores estampadas que me recordaron a las películas de los 80, donde niños con triciclos recorren pasillos interminables o les hablaba la televisión y no pude librarme de que se me erizara hasta el último pelo de la nuca.

Sacudí un poco la cabeza mientras me percaté de que seguía abrazando la mochila. Abrí los brazos notando cada uno de los músculos negándose a volver a la normalidad. Los agité para desagarrotarlos y, sin despegar el culo del barniz de la puerta, abrí la bolsa para sacar el móvil y pasarlo a mi bolsillo. Estiré el brazo para dejar la mochila sobre la pequeña mesa.

—Concéntrate —dije cerrando los ojos por un momento y asintiendo con la cabeza.

Junto a la cama, cerca de la pared del fondo, se erigía como la torre de Pisa un armario de color madera y una sola puerta que casi llegaba hasta el techo. La puerta estaba ligeramente abierta, pero era incapaz de distinguir nada de su interior.

Coloqué la llave que me acababan de dar dentro de la cerradura en un intento de bloquearla, aunque sabía de sobra que eso no funcionaba en los hoteles.

Caminé hasta el armario pasando entre la cama y la mini mesa como un participante de un programa japonés donde haces con tu cuerpo la silueta que entra por el hueco del muro que se te viene encima. La pierna izquierda rozó los pies de la cama y la derecha hizo sonar el “gong” golpeando el exterior de la rodilla con la parte superior que resultó ser metálica.

El golpe me desestabilizó un poco y sin poder hacer mucho por evitarlo me caí sobre la cama.

El colchón estaba realmente blando y resultó que el somier en lugar de láminas de madera estaba hecho de alambres poco engrasados que maullaban como una riña de gatos.

En ese momento las chicharras que ambientaban el exterior se callaron. No fui consciente de que cantaban hasta que se hizo el silencio.

Un silencio que hacía tiempo no escuchaba.

Llevaba demasiado tiempo rodeado de adolescentes hiper hormonados que desean a toda costa hacerse famosos en internet. Les da igual cuánto dinero les cueste, lo quieren y tiene que ser ahora.

El silencio es algo que no existe cuando cubres las necesidades de otros con esa voracidad. —¡Niñatos malcriados!¡Se lo merecían! —dije en voz baja apretando los labios, autoconvenciéndome de que había hecho lo correcto.

Me senté en el lado de la cama más próximo a la ventana y junto al armario. Con la punta del pie izquierdo dí un toquecito a la puerta y fue el impulso justo para que el objeto que impedía que se cerrara la puerta ganara su guerra con la gravedad y empujara la puerta hasta abrirla de par en par, cubriendo parte de la ventana.

Una silla de madera en bruto y asiento de enea estaba justo delante de mí. Parece que por fin tuve un poco de suerte.

La levanté del suelo y estirándome hacia atrás sobre la cama, la coloqué en el lateral cercano a la puerta. Levanté las piernas para completar un giro sobre mi mismo como el mejor trapecista del circo del sol, pero, al contrario que él, yo terminé de bruces contra el suelo entre la silla y la cama.

La cama volvió a maullar.

Coloque la silla inclinada sobre sus patas traseras, colocando el travesaño del respaldo justo debajo del pomo, dando un par de leves tirones hacia dentro para ver que funcionaba.

Volví a girarme para ver que todo seguía en su sitio. Esa era una de las manías que aquellos mal criados me habían generado. Tenía que revisar todo una y otra vez hasta que superara lo perfecto.

Mi ojo derecho empezó a parpadear ligeramente al ver el armario abierto.  Decidí acercarme pasando por encima de la cama pivotando sobre mis posaderas, nada de trapecismo esta vez. Me puse en pié y con la mano derecha sujeté la puerta del borde y la cerré con suavidad. Primero la acerqué un poco y luego acaricié ligeramente el frontal para que terminara de encajarse.

Un pinchazo profundo atravesó mi dedo índice entre la uña y la piel que había debajo. Un par de lágrimas llenaron mis ojos y me mordí el labio inferior para evitar emitir ninguna muestra de sonido. Miré la puerta acercándome a la madera y vi como varios arañazos la decoraban a la altura de mi mano.

Acerqué la mano a mi boca, atrapé el pequeño pedazo de madera y tiré fuerte ayudándome con la mano izquierda para retirar la otra.

—¡Mierda! —mascullé mientras las lágrimas me llegaban hasta los pómulos.

Di un paso hasta la ventana para buscar un poco de aire menos viciado que llevaba respirando desde que entré en aquel hostal. Apoyé ambas manos en el borde de la ventana y respiré profundamente cerrando los ojos. Algo húmedo me tocó el dedo que sangraba ligeramente.

Miré lentamente y vi como un pitbull de cincuenta kilos lamía mi herida desde el otro lado de la reja.

Lo miré a los ojos y sin hacer nada dejó de lamerme la mano y comenzó a gruñir mirándome sin mover la cabeza.

Sus fauces se abrieron para ladrar y retrocedí tan rápido como pude, topando con la cama donde me quedé sentado viendo a la fiera enfurecida. Miré mi dedo y ya no tenía sangre, posiblemente porque por un segundo se me paró el corazón.

No mires a los ojos.  Capítulo 5 Astillas

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