No mires a los ojos. Capítulo 6 - Svetlana

Por un momento me quedé totalmente petrificado mientras las babas salían expulsadas en cada ladrido del animal.

—Los perros no son malos —comencé a repetir mentalmente intentando alinear mis latidos con la respiración.

Entrecerré los ojos sin dejar de mirarlo. Inspiré profundamente y expiré hasta escurrir mis pulmones como el que estruja una fregona para volver a repetirlo. En un par de ejecuciones el perro no paraba de ladrar, pero yo ya me sentía más tranquilo.

—No le habrá asustado el perrete. ¿Verdad, Jefe? —gritó don Chalecos con voz de esfuerzo.

Lo miré y tenía sujeto al can con una correa de cuero y tiraba con todo el peso de su cuerpo hacia atrás.

—La verdad es que no me lo esperaba y me llevé un buen susto.

—No se preocupe, Jefe. Cancerbero es un perro superbueno siempre que no tenga hambre.

Sonrió mostrándome de nuevo su sonrisa de dientes marchitos. Una ráfaga de aire cálido de fuera levantó un poco de polvo junto a los camiones del descampado, avanzó hacia mi ventana acariciando las axilas del recepcionista y lanzándose directamente contra mi nariz, como diciendo hola. Mi estómago respondió al instante y cerré con fuerza la mandíbula para evitar males mayores.

—Bueno, Jefe. En “trenta” minutillos servimos la cena.

Fue lo último que dijo mientras, Cancerbero, lo arrastraba junto a los camiones como si tirara de un trineo.

Al ver como se alejaba, me levanté y fui directo a cerrar la ventana. Las hojas estaban compuestas de cristal y un tragaluz y cerré ambos tan rápido como pude.

Me quedé un momento esperando que se adaptara mi vista a la poca claridad que entraba por las juntas de la ventana. Crucé de nuevo la cama divisoria de la habitación y encendí la única luz que tenía.

Volví a revisar la robustez de mi solución para que no abrieran la puerta antes de coger la mochila y volcar su contenido sobre la cama.

Salvo el grupo de billetes de cincuenta euros del que había sacado uno para pagar la habitación, el resto estaban tal cual me los habían dado para llevarlos al banco. Quién me iba a decir que con un depósito del coche iba a poder llegar desde Andorra a Cáceres antes de que ni siquiera sospecharan nada esos niñatos influencers.

Mi cartera de piel desgastada por los extremos hacía de pan para un bocadillo relleno con mi pasaporte y la foto de Svetlana. Pelo rubio anillado que le llega hasta los hombros, sonrisa impoluta, tez blanca y ojos azules y muy inteligente.

La había conocido por correo electrónico. Al principio me pareció un timo como cualquier otro, pero me llegó un nuevo correo y otro y no pude negarme a responder. Me llamaba por mi nombre y eso levantó mi curiosidad.

Quise saber como había conseguido mis datos y entre una cosa y otra nos enamoramos.

Ella es uno de los motivos por los que estos billetes están sobre la cama. Tengo que traerla a España cuanto antes. En Rusia está perseguida por negarse a combatir en el frente y con las fronteras cerradas la única vía de escape son las mafias que cobran un dineral.

Una parte de este dinero es para eso. La otra es para que ambos nos encontremos en Costa Rica.

Cogí el fajo de billetes de cincuenta y saqué cuatro dejándolos aparte junto a la cartera.

Saqué el pasaporte y la foto, los puse encima del dinero y lo introduje todo dentro de la mochila. La cerré a conciencia y la coloqué debajo de la colcha de la cama, junto a la almohada.

Abrí la cartera y la estiré un poco para que la billetera se abriera. Coloqué los billetes y volví a cerrarla. La llevé al bolsillo donde tenía el móvil y los intercambié.

La pantalla tenía una luz roja fija encendida en la esquina superior de la pantalla junto con otra blanca que no cesaba de parpadear.

Lo desbloqueé y arrastré hacia abajo la barra de notificaciones. Como era de esperar, mis benefactores eran niñatos, pero no tontos y hacía una hora que habían descubierto que yo no iba a volver y que su dinero nunca sería ingresado en el banco.

Di un vistazo desde ahí para evitar el doble check y el último mensaje me descolocó. Volví a mover hacia abajo la barra de notificaciones y ahí estaba. Me había dejado encendido el GPS. Noté como el frío recorría mi cuerpo desde los pies hasta la base de mi cuello.

La batería al siete por ciento, el GPS encendido y un mensaje: “Sabemos dónde te escondes y vamos a por tí”

En otro momento los habría acusado de imbéciles por contar sus planes por adelantado. Capaces eran de transmitir su camino en directo con tal de ganar otro puñado de seguidores. Pero tirado en aquella área de servicio, con el depósito en reserva y sin capacidad para escapar, la cosa no pintaba bien.

Lo único a mi favor era que, cuando el dinero lo ganas ahorrando en impuestos, no puedes denunciarlo a la policía.

Metí un toque brusco sobre el icono del GPS para desactivarlo. Entré en el correo y respondí sobre el último que tenía de Svetlana de manera breve: “Ya lo tengo, cariño. En cuanto llegue a Gibraltar te hago el Western Union. Te quiero.” No tenía cargador y no podía permitirme quedarme sin batería hasta que pudiera cargar el dispositivo. Lo necesitaba para poder enviar la transferencia.

Puse el teléfono en modo avión y revisé la hora antes de guardarlo en el bolsillo contrario a la cartera.

Quedaban quince minutos para la cena. Acerqué la cabeza a la puerta de la entrada buscando algún ruido sin éxito y decidí que era el momento

perfecto para ir al baño a asearme un poco. Aunque ello supusiera dejar mi pequeño fuerte. Respiré hondo intentando llenar mis pulmones de un aire menos viciado del que había en esas cuatro paredes, desmoldé la silla que bloqueaba la puerta y abrí.

No mires a los ojos. Capítulo 6


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