No mires a los ojos. Capítulo 7 - Equipo de limpieza

Al entrar en el pasillo dejé mi mano agarrada al pomo de la puerta y tiré hacia mí con fuerza para dejarla bien cerrada. La vista tardó un par de segundos en acostumbrarse al cambio de luminosidad y por un instante no veía nada.

Poco a poco empecé a verme reflejado en el espejo que estaba frente a mi habitación.

Esta huida no había contribuido a reducir mis ojeras que casi se amorataban. Siempre he tenido la piel morena en verano y eso me ayudaba a ocultar un poco la fatiga que los niñatos me causaban. Di un par de toques con la mano en mi flequillo y, sin venir a cuento, una luz me iluminó el flanco derecho de la cara.

—¡Paso!

Gritó el cocinero saliendo del baño del fondo del pasillo. Noté como clavaba su hombro en mis costillas y me empujaba de cara contra la pared.

Coloqué las manos a tiempo para no golpearme con el espejo y acto seguido ya nada me presionaba la espalda.

—¡Maldita sea! Tenga cuida…

Comencé a decir mientras recuperaba la verticalidad con un leve impulso de mis manos contra la pared, mirándolo como mira una madre a un niño que no se comporta.

—Lo siento, Jefe —dijo con un ligero acento francés, volviendo un poco la cabeza, pero sin aminorar la marcha.

Aunque iba de espaldas, la diferencia de altura me dejó ver que tenía entre sus brazos una especie de felpudo negro. Pasó por delante de las cuatro puertas que tenía aquel pasillo. Pasó por delante de recepción y ahí le perdí la pista al ver que Lucía me miraba.

—Mierda —pensé y moví bruscamente la cabeza en dirección contraria.

El baño continuaba con la puerta abierta y no pude evitar mirar en su interior. Se me agarrotó la boca del estómago, bajando de golpe hasta la altura de mi ombligo y rebotando en una arcada que consiguió que me llevara la mano a la boca.

De nuevo el hombro del cocinero golpeó mi espalda con el mismo resultado, pero esta vez no alcancé a decirle nada. Era aguantar la arcada o hablar.

Lo miré de reojo y llevaba una especie de fregona que no me dio tiempo a ver antes de que cerrara la puerta.

—No te asustes, Regi siempre ha sido un buen cocinero.

La voz de Lucía sonó cristalina junto a mi oído y congeló cualquier intento de fuga de las cuatro patatas fritas que había comido en todo el día. Volví a apoyarme para recuperar la verticalidad sin mirar hacia la recepción. Mi espalda tocó uno de sus pechos y su nariz acarició con suavidad mi cuello.

—Aquí vas a estar bien.

Era un sonido melifluo que me embaucaba con cada sílaba que decía. Su mano tocó mi hombro derecho y tirando suavemente me giró quedando frente a mí a apenas una cuarta de distancia.

—Por favor, Lucía, no —no conseguía articular dos palabras seguidas, era incapaz de retirar mis ojos de sus enormes pupilas oscuras.

—Aún no nos conocemos bien.

De nuevo volvió a hablar y a no mover ni un solo músculo de su cara mientras me acariciaba la mía con su mano. Estaba fría y era gratificante que así lo fuera.

—S… Sve… —tartamudeé un poco hasta que conseguí decir el nombre—. Svetlana me está esperando y no puedo hacerle esto.

En ese momento un pequeño flash con la imagen que llevaba en mi cartera vino a mi mente y dejé de escuchar a Lucía.

Volvió a acariciarme suavemente el cuello, subiendo las manos hasta por la parte trasera de la oreja, dando un leve pellizco con su pulgar en los lóbulos.

—De verdad que no puedo —dije manteniendo su foto en mi pensamiento, a modo de escudo.

—Pero necesito que puedas.

Era incapaz de mover mi cuerpo hasta que la luz de la puerta del baño se volvió a abrir y el cocinero salió de nuevo en estampida golpeándonos a ambos contra la pared.

—Señorita Lucía, creo que ambos sabemos que lo que hace no está bien —fue elevando el tono mientras se alejaba por el pasillo—. Y usted, Jefe, no se acerque tanto a una mujer casada o tendrá problemas.

Ambos nos quedamos mirando como se alejaba. Dejé de mirarlo para observar el pelo oscuro que contrastaba con la piel de la chica. Y en un momento de lucidez vi que me había librado de ella por un instante.

—Discúlpame —me apresuré a decir antes de girarme hacia la entrada del baño—, pero tengo que ir al ba…

Se suponía que el cocinero acababa de limpiarlo, pero la reacción al verlo fue idéntica a la anterior y las bilis, como un sunami, poblaron mi esófago por un momento, dejando a su paso un sabor amargo y ácido que no recordaba haberlo vivido antes.

El pequeño cuartucho tenía un lavabo justo frente a la puerta. Imagina que tienes una ducha, la encoges con la misma máquina que la mesa de la habitación y la colocas como un lavabo. Ahora ponle sobre él, restos de pelo visibles desde la otra punta del pasillo. Pues eso era el lavabo.

Junto a este estaba una zona yerma donde solo había un agujero en el suelo. Este estaba salpicado de más pelo y algo rojizo y marrón que no alcanzaba a ver, pero que, organolépticamente hablando, haría vomitar a una hiena. Ahí entendí que el grifo era para el lavabo, para la ducha y para la letrina.

Contuve la respiración y, cuando estaba a punto de entrar, la voz del cocinero sonó con fuerza desde el fondo del pasillo.

—¡Servicio de limpieza!

Miré a mi espalda y Lucía ya no estaba a mi lado. A cambio, los ojos brillantes del pitbull me miraban fijamente mientras este estaba sentado entre el causante de aquel destrozo en el baño y don Chalecos.

—Tenga cuidado, Jefe, que Cancerbero es bastante sensible a los olores y no vaya a confundirse y la liemos.

Solo pude tragar saliva y una descarga eléctrica recorrió mi espalda. Lancé la mano contra el pomo de la puerta de la habitación al tiempo que don Chalecos hacía lo propio pero con la sujeción de la correa con el collar.

Cancerbero empezó a ladrar y a correr hacia mí. Abrí con la mano izquierda tan rápido como pude y me colé por el hueco en cuanto supe que cabía mi cuerpo por él. Giré apoyando el pecho sobre el filo de la hoja de la puerta y, agarrando con la derecha el pomo de la habitación, cerré la puerta en el momento que la masa negra pasaba como una exhalación hacia el baño.

Me senté en el suelo, apoyando la espalda contra la puerta, presionando con los pies en la moqueta y contando los zumbidos en mis oídos generados por la sangre, saliendo a mil por hora de mi corazón.

capítulo 7


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