No mires a los ojos. Capítulo 8 - Amoniaco

Cuando escuché que el animal pasaba de largo, relajé un poco la presión que estaba haciendo con los pies contra la moqueta y bajé los brazos hasta apoyarlos en el manto mullido y sucio que formaba la moqueta. ¿Quién en su sano juicio pondría una moqueta en un hostal en medio de la nada cerca de Cáceres?


Hice un poco de presión con las palmas apoyadas en el suelo para incorporarme un poco, acercando la base de mi espalda a la madera de la puerta. Algo viscoso empezó a elevarse entre mis dedos de manera sincronizada a la presión que hacía. Levanté la mano para mirarla. La luz en la habitación era demasiado tenue para apreciar algo más allá de una mancha ligeramente oscura.

Llevé un poco la mano hacia mi nariz, buscando tener un poco más información sobre lo que podría ser aquello. Inspiré suavemente y fue como si un puñetazo golpeara la boca de mi estómago, debajo del esternón. Apreté con fuerza los labios, giré la cabeza en dirección contraria dándome un sonoro cabezazo contra la madera de la puerta mientras intentaba alejar al máximo las manos de mi cara.

—¿Jefe, está bien?

La voz de Don Chalecos sonó desde el otro lado de la puerta y apreté aún más fuerte los labios.

—¿Jefe? —dijo varias veces dando unos toquecitos de nudillo que vibraron en mi espalda.

Recompuse un poco mi postura y me quedé en silencio.

Un pequeño gruñido sonó sobre mi cabeza y cuando miré hacia arriba vi como el pomo estaba girando lentamente. La locomotora de mi pecho se puso a toda máquina. Noté como se creaban gotas de sudor frío en mi frente. Me levanté impulsándome con las manos contra el suelo tan rápido como pude y forcé la apertura de la puerta. Abrí un par de palmos, asomé levemente el torso y la cabeza y dejé mi pie derecho haciendo de tope para la hoja.

—Dígame —me quedé pensando un instante intentando recordar el nombre—, don Luis.

—Pero no me trate de usted, Jefe, que hay confianza. Es que como te metiste en la habitación a toda prisa y luego he notado el golpe en la puerta. Era para ver si se encontraba bien.

—Sí, golpeé la puerta sin querer, solo es eso.

—Perfecto, entonces. No queremos que se haga daño, no sería divertido.

—¿Divertido?

—Ya me entiende —hizo una pausa elevando un poco sus pupilas mirando el techo de la habitación—, pasas con nosotros una noche y te haces daño. Y luego vas a tristeaviso y nos pones una estrella.

Hizo un pequeño gesto con los hombros y mostrándome la palma de sus manos como pidiendo comprensión.

—De algo tenemos que comer, Jefe.

Elevé un poco la vista para buscar el reflejo del espejo. Su silueta delgada con el chaleco rojo se veía claramente y, tomándola como referencia, intenté mover un poco la cabeza intentando triangular mi visión para ver el baño.

—No se preocupe que el baño estará listo en na.

—Vale —mascullé mientras movía la cabeza en busca de una prueba de que Cancerbero se había marchado.

Un ladrido enorme sonó junto a mis pies seguido de un golpe en la puerta que me movió ligeramente el pie de apoyo. Miré hacia abajo y la cabeza del animal se había colado entre la rodilla huesuda de don Chalecos y la madera. Di un paso hacia atrás con el pie izquierdo, dejando a la vista mi mano izquierda que aún estaba impregnada de lo que fuera que hubiera tocado en la moqueta.

Se agachó y lo agarró por el collar. Tiró levemente de él y el perro, sin parar de ladrar lo miró directamente a los ojos y Luis empezó a hablarle como el que habla a un niño pequeño.

—Si ya has terminado, ¿qué haces que no vas a jugar?

Dio un último ladrido un poco más agudo ladeando la cabeza. Cerró la boca y salió corriendo en dirección a la entrada.

—Listo, ya tienes el baño enterito para ti —dijo incorporándose frente a mí.

Giró la muñeca para ojear un viejo reloj Casio que desde donde yo estaba apenas alcanzaba a ver los números.

—Regi servirá la cena en cinco minutos, Jefe. —Miró hacia el extremo donde entendí que estaba el cocinero y volvió a mirarme—. Es un tío con carácter, yo haría por llegar puntual.

Se alejó un poco de la puerta y comenzó a andar hacia la entrada. Aproveché para sacar un poco mis narices de la habitación y mirar cómo se alejaba. Extrañamente, me sentí aliviado al verlo marchar con la banda sinfónica de chirridos chancleros. Al pasar delante de la primera puerta, el cocinero salió cargado con una olla de metal, sujetándola por las asas con un par de trapos extrañamente limpios en comparación con su delantal.

Al poner un paso fuera de la habitación, atravesé la muralla invisible de olor que había dejado don Chalecos y, aprovechando que ya había mancillado de nuevo mis pituitarias, saqué la llave de la cerradura interior, cerré la puerta tras de mí y di un par de vueltas a la llave antes de entrar en el baño donde, extrañamente, todo estaba especialmente limpio y solo el olor a amoniaco llenaba el ambiente.

No mires a los ojos


Comentarios

Entradas populares de este blog

Relato: Dinosaurios

Novela: El salto de los inocentes

Microrrelato: No mires a la luz

Microrrelato: Algún día en la playa