No mires a los ojos. Capítulo 9 - A cenar

Después de respirar un par de veces en profundidad, noté que olor a químico arrancaba de mis pulmones el de moqueta y sudor. Decidí que cerrar la puerta no era tan mala idea.

Abrí el grifo del lavabo que a su vez valía como alcachofa de la ducha y, para mi sorpresa, todos los puntos de salida de agua funcionaban sin que hubiera ninguno que escupiera el agua hacia otro lado. En la cerámica se marcaba un círculo perfecto que parecía hervir bajo el agua.

Metí la mano y el caudal estaba como a cinco grados menos que la temperatura ambiente. Metí la segunda y las froté levemente entre ellas bajo el flujo continuo de agua fresca y poco después no quedaba rastro alguno de lo que fuera que llevara pegado en las manos. Revisé un par de veces que todo estaba correcto y volví a meter las manos en el agua y acto seguido llevé un poco de ese líquido celestial contra mi cara. Dejando que se deslizara por mi piel hasta caer de mi nariz y mi barbilla. Luego, con las manos aún húmedas, me acaricié el cuello hasta llegar a la nuca. El frescor me hizo recordar mi anterior encuentro con Lucía y sin dejarme pensar, volví a recoger un puñado de agua entre mis manos y me la lancé a la cara.

Cerré el grifo y, apoyando las manos en el borde del lavabo, levanté un poco la cabeza buscando algún espejo sin mucho éxito. Lo más parecido que encontré fue una ventana estrecha y rectangular, del tamaño de una mesita de noche, que estaba pegada al techo junto a la pared que daba al aparcamiento, hacia donde se habría la puerta.

Tenía una apertura batiente y la hoja de cristal, aprovechando la oscuridad exterior, conseguía reflejar parte del suelo.

Me puse debajo de ella y una ligera brisa acarició mi cara aún húmeda. Improvisé un peine con los dedos de mis manos para romper los mechones que me había creado la gomina y soltando un poco el escaso pelo que tenía. La suficiente cantidad como para pasar doce veces al año por el peluquero y al mismo tiempo mirar doce veces el precio de los implantes en Turquía.

Ahuequé un poco el cuello de mi polo, tiré ligeramente de la zona de los botones para despegar un poco la tela que el sudor había unido con mi piel y pasé por la zona el reverso de mi mano que aún se encontraba húmedo.

Saqué la cinturilla de dentro de mi pantalón y solté una mueca en la hebilla de mi cinturón. Parece raro, pero por mucho que los influencers para los que trabajaba se sintieran superiores, a la hora de manejar su dinero una imagen rancia les daba tranquilidad.

No pude evitar acordarme de la bolsa llena de dinero junto a la almohada de la cama y una sonrisa se pintó en mi cara. Ellos seguro que lo consideraban un robo, pero es algo más parecido a la justicia poética. Como si mi apellido fuera Hood y les hubiera robado a ellos para repartirlo con los más necesitados.

En eso Esvetlana tenía razón. No es justo que ellos vivan a cuerpo de rey mientras hay gente en el mundo muriendo por mucho menos de lo que ellos podrían gastar en una comida. Si no fuera por ella, jamás habría tenido la fuerza para conducir en dirección contraria al banco.

Solo espero llegar a tiempo mañana a Gibraltar y poder enviarle el dinero cuanto antes. Necesito verla, necesito ver que está bien.

—¡Las once! —gritó, Don Chalecos, desde el otro lado de la puerta.

Negué con la cabeza y de nuevo esa sensación de nerviosismo se me puso en la boca del estómago. Respiré hondo antes de volver a la realidad de aquel lugar. Me di un último toque en el pelo y abrí la puerta.

El pasillo se había iluminado con unas pequeñas luces con forma cuadrada adheridas a la pared. Por la parte superior creaban una luz triangular estrecha que llegaba a duras penas hasta el techo, mientras que por la inferior solo proyectaba un hilo ínfimo de luz que apenas se alejaba un par de palmos. No había mucha iluminación, pero sí lo suficiente como para que, aún siendo de noche, se viera lo mismo que en el momento en que llegué.

Apagué la luz del baño dejando la puerta abierta con la esperanza de que el aire limpio entrara en lucha y ganara al rancio del pasillo, pero apenas me alejé un par de pasos y un cálido e intenso aroma me rodeó sin que pudiera hacer mucho por evitarlo. Donde antes perlaba el agua fresca, ahora le ganaba el terreno las gotas de sudor.

—¡Venga, Jefe, que Regi ya tiene la cena!

—¡Ahora mismo voy! —dije en su mismo tono y vi como sonreía.

Palpé el llavero de Torremolinos y abrí la habitación para dar un último vistazo. Asomé la cabeza y miré hacia la colcha sobre la almohada y todo seguía en orden.

Volví a cerrar y caminé hasta la recepción donde mi casero se apoyaba con una mano sobre el mostrador, mientras que con la otra manejaba como un maestro de eskrima un trozo de rama que hacía las veces de mondadientes entre sus dientes grisáceos. No dejaba de mirarme mientras hurgaba y fui incapaz de mantener el pulso. Lo miro a los ojos, veo dientes, caries, gotelé, moqueta, luces, vuelvo a mirarlo. Y así, de manera cíclica hasta que llegué frente a la primera habitación.

Se sacó el palo de la boca y lo lanzó con un galete dentro de una papelera de metal junto a la recepción. Sonó un gong perfecto. Llevó su lengua sobre las paletas superiores y sonó un “shift” de haber sorbido con fuerza que sirvió para que mi estómago me recordara que seguía ahí.

—Vamos, Jefe, que le llevo hasta el salón de comidas.

Don Chalecos comenzó a caminar dejando tras de sí su inconfundible estela olfativa. Me moví un poco hacia la izquierda para salir de su trazada y aun así no conseguí librarme del todo.

Cuando llegamos a la pared del fondo, giramos hacia la derecha y eso nos llevó hasta un salón de celebraciones bastante grande para lo que yo esperaba. Era como si el edificio rectangular se hubiera dividido en dos como un bocadillo. En la zona del corte estaría el pasillo central donde, una rebanada, eran las habitaciones y la otra un salón de celebraciones. Y en ambos casos, en la parte más alejada de la puerta de entrada se encontraba un baño.

La luz era tenue pero bastante más abundante que en la otra parte. En la pared izquierda supuse que había tres grandes ventanales viendo la colocación de otras tantas cortinas de terciopelo rojo.

En la pared del fondo, junto al baño, una puerta con ojo de buey a baja altura dejaba ver un poco una encimera metalizada y una columna de vapor de agua detrás de la espalda del cocinero.

Varias mesas plegables se encontraban apoyadas en la pared que daba al pasillo y un par de columnas de sillas de plástico las acompañaban. Del techo colgaban varias lámparas similares a la que tenía en la habitación. Iluminaban poco, pero hacían el ambiente mucho más luminoso que en la otra ala del establecimiento.

—Jefe, por favor, siéntese presidiendo.

—Presidiendo… —dije dejando de observar mi alrededor y llevando la mirada hasta donde Don Chalecos sujetaba el respaldo de una silla ligeramente separado del borde de la mesa—. Vale, ya voy.

La mesa estaba justo debajo del único ventilador que había visto en todo el recinto, pero para mi desgracia estaba apagado. Miré las paredes en busca de un interruptor que pudiera encenderlo.

—No se moleste, Jefe, dice el técnico que las piezas con eso del bloqueo marítimo no van a llegar hasta que yo me ponga moreno.

Miré como esbozaba una sonrisa sin poder mantener la mirada y después miré al mantel. ¿Cómo algo tan blanco e impoluto podía estar en ese lugar? Me senté de cara a la cocina. El tacto frío de la tela me alivió un poco el calor que tenía. Duró solo dos segundos, pero qué dos segundos.

Delante de mí había una jarra de cristal llena de agua con la parte externa casi escarchada. Un vaso no demasiado grande y un plato de esa vajilla marrón que casi todos hemos visto en casa de nuestras abuelas. Y, para terminar, un juego de cubiertos sobre una servilleta del mismo tejido que el mantel.

Don Chalecos miró el reloj y levantó la cabeza en dirección contraria a la que yo estaba sentado.

Giré un poco para ver que buscaba, pero no vi nada y en ese momento volvió a sonreír.

—Sabes que no le gusta que lleguemos tarde —dijo en tono meloso.

—Digamos que he estado ocupada —respondió mientras me pasó con suavidad la mano desde mi cuello hasta el hombro.

Un pequeño escalofrío erizó los pelos de mi nuca y no pude evitar mirarla.

—¡Ejem!

Y ella levantó la mano justo cuando llegó al extremo de mi brazo.

—Vale, Luis, ya voy por un par de sillas.

Se alejó un par de pasos de nosotros. No sabía si debía mirarlo a la cara después de los dos episodios que había pasado esa noche con Lucía. Seguí sus pasos hasta la pila de sillas de plástico y Don Chalecos volvió a carraspear.

—Si no le importa, Jefe, esta es también nuestra hora de cenar.

No era un tema de importar porque antes de que pudiera decir nada, el milagro de los panes y los peces se había producido con los platos y los vasos encima de la mesa.

Lucía llegó junto a mí sin hacer nada de ruido y me sobresaltó cuando colocó con fuerza la silla contra el suelo. Desencajó la otra y se la pasó por encima de la mesa y ambos se sentaron uno frente al otro.

Por suerte, el olor parecía haber disminuido en aquella sala con respecto al resto del hostal, pero ver como ellos estaban sentados uno frente al otro y yo justo en el extremo más cercano a ambos no contribuía a quitar rareza a la situación.

Si ya le unimos que, en cuanto Don Chalecos miró hacia la izquierda para ver si Regi venía con la comida, ella levantó levemente el mantel y me agarró la pierna derecha por la parte interna del cuádriceps, aquello solo podía empeorar.

no mires a los ojos

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