No mires a los ojos. Capítulo 15 - Desátame

Una segunda gota se deslizó por mi piel, llegó al extremo más cercano al suelo y saltó al vacío. Cancerbero volvió a ladrar, más fuerte, más cerca.

—¡Corta la maldita cinta!

La miré a ella y luego al cuchillo. Comencé a moverme y un nuevo ladrido me volvió a convertir en estatua de sal.

—Si no te quitamos la sangre estás en peligro —dijo mirándome a los ojos con tono sosegado—. ¿Lo comprendes?

Asentí.

—Tú solo sujeta el cuchillo alejándolo de ti, apuntando hacia donde yo estoy y sujétalo con fuerza.

Como un robot programable, mi mente pasó a modo operativo e hice exactamente lo que Lucía me decía. Sin preguntar.

Dio un par de saltos laterales para colocarse delante de la hoja. Se puso de espaldas y mirando por encima de su hombro, colocó las manos casi tocando el filo del acero. Flexionó las piernas y, con un movimiento contrario, se elevó y el cuchillo atravesó la cinta entre las palmas de sus manos.

Me arrancó el cuchillo y lo soltó encima de la encimera. Tomó mi brazo que aún estaba extendido y lo levantó en el aire. Sujetándome la muñeca, golpeó con su codo la parte interior del mío, forzándome a plegarlo en dirección a mi cabeza. Para no ser nada corpulenta, tenía mucha fuerza y no opuse resistencia alguna.

Con la mano contraria abrió el grifo e introdujo mi muñeca bajo el caudal.

Un golpe en la puerta y por el sonido deduje que se abrió, se cerró y golpeó lo que fuera que la abrió. Y tras otro ladrido, supe que ese lo que fuera, era un perrazo que me daba bastante miedo y al parecer no era el único.

Ella me soltó la mano, no sin antes darme un par de empujoncitos para que mantuviera la herida debajo del caudal. Estiró la mano para recuperar el cuchillo y se agachó para terminar de liberarse.

Se incorporó y sin perder tiempo, hizo un corte preciso sobre la cinta de mi otra mano, liberándola. Me miró a los ojos antes de volver a hablar de manera telepática.

—No saques la mano de debajo del agua.

Un nuevo golpe en la puerta y me apresuré a cortar la cinta que me sujetaba los hombros. “Clanck” y mi pecho se expandió. Noté de nuevo como el aire rancio entraba en mis pulmones sin impedimentos y en cierto modo me gustó.

Me incorporé un poco y hacia Lucía. Ella miraba hacia la puerta y, desde allí, Cancerbero nos miraba a los dos.

Lucía dio un pequeño paso hacia la pared. Se agachó y puso su dedo dentro del pequeño cúmulo de sangre. Yo estaba quieto a medio sentar con la mano dentro del agua.

El can comenzó a caminar despacio. Su cabeza miraba hacia su destino, pero el cuerpo parecía tener otros planes y siguió escorándose hasta golpear el mueble que me sujetaba. Como una bola de pinball salió despedido en el sentido contrario. Su cabeza seguía fija mirando a la sangre y un par de bandazos después, hundió su hocico y empezó a lamer el suelo.

Cuando acabó, levantó la mirada, olfateó y se marchó golpeando la puerta de salida.

—¡No hay tiempo!

Sin darme cuenta, Lucía estaba quitándome el cuchillo de entre los dedos y cortando las cintas que sujetaban mis pies. Abrió un segundo cajón y sacó un pequeño trapo blanco. Lo colocó debajo del grifo y, una vez que estuvo totalmente empapado, comenzó a enrollarlo sobre la herida.

—Mientras esté húmedo, Cancerbero no lo olerá.

Me descolocó esa afirmación. ¿Había una bestia de cincuenta kilos que perseguía el olor a sangre y, Lucía, quería que yo me fiara de una tela húmeda como única defensa?

—Pero… —empecé a decir y tocó levemente mis labios con el dedo índice de su mano derecha.

—Cancerbero ha limpiado tu sangre justo después del golpe.

Llevé la mano a mi cabeza donde la sangre seca creaba una postilla joven que no quise tocar mucho. Coloque las piernas colgando por el lado de la encimera donde estaba Lucía

—La toxina sigue ahí. Por eso él se mareaba y por eso tú te vas a marear cuando te pongas en pie.

Antes de escucharla, ya había saltado como un lemming en un precipicio. Era como si me acabara de bajar de un viaje en las hoyas locas. Y, cuando fui a dar un paso, caí como un peluche de ochenta kilos sobre sus brazos.

No mires a los ojos




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