No mires a los ojos. Capítulo 16 - Escóndete

—Pensaba que estábamos en tregua —dijo susurrando a mi oído.

Traté de dar un paso atrás de manera ágil, pero solo conseguí dar un nuevo traspié y quedarme apoyando el culo contra la encimera.

—¿Y ahora como lo hacemos?

—¿Cómo hacemos qué?

—Para salir de aquí. Tú conoces más este sitio que yo.

Yo seguía apoyado y agarrado con las manos. Los tres puntos de apoyo me ayudaban a enfocar a Lucía que me miraba sonriendo.

—La verdad es que nunca he visto el hostal como un sitio del que tuviera que huir. Más bien lo contrario.

—¿Pero tenemos un trato? —empezaba a ponerme nervioso. Era cuestión de tiempo que don Chalecos o el cocinero aparecieran por el salón para continuar con su espera.

Ella miró hacia el suelo y volvió a mirarme a la cara. Parecía como que quería arrepentirse.

—No te mereces que un tipo como él te trate así.

—Ya lo sé. Pero en cierto modo lo necesito.

—No necesitas a nadie.

—Tú no lo entiendes. Él me comprende y sabe cubrir mis necesidades. Sin él, literalmente estaría muerta.

No entendía como habíamos pasado de la adrenalina por cortar nuestras ataduras a una sesión melodramática donde la protagonista está a punto de llorar.

Me incorporé con cuidado y di un paso un tanto herrático hacia ella. La cogí de sus manos heladas y la miré directamente a los ojos. Hice un gesto arqueando las cejas y empecé a pensar.

“Sé que puedes escuchar lo que pienso. Si es así apriétame un poco las manos”.

Ella respondió apretando y continué.

“Sea lo que sea que te una a este lugar, ahí fuera lo puedes conseguir igualmente. Puedes apoyarte en mí si lo necesitas, pero es importante que nos marchemos antes de que vuelvan”.

Asintió y sin soltar mis manos, comenzamos a andar hacia la puerta de la cocina.

Nos paramos antes de abrir, quedándonos en silencio en busca de algún tipo de ruido que nos hiciera saber que nuestros captores ya estaban por allí. Pero no escuchamos nada y Lucía me miró a los ojos con sus enormes pupilas.

—Solo se puede salir por la puerta principal. Si entran antes de que pasemos al otro lado del mostrador, no conseguiremos salir de aquí.

Tragué saliva y un nudo en mi garganta impidió que el poco líquido que tenía descendiera hacia mi tráquea. Tomé aire antes de responder.

“Tú me ayudas y yo te ayudo”, pensé y ella asintió.

Abrimos la puerta con cautela para no hacer ruido. Cuando la hoja empezó a separarse de la pared, ambos intentamos buscar un hueco por donde mirar y ver si seguíamos libre el salón.

—Son las cuatro. ¿Me pasas otro pitillo? —Don Chalecos hablaba desde la parte externa del edificio. Su voz se colaba por el baño y el chasquido de un mechero metálico nos indicaba que iba a empezar a fumar justo en ese momento.

—Mira que le digo que no fume —dijo Lucía dentro de mi cabeza.

“Céntrate” pensé intentando calmar el flujo de adrenalina que recorría mi cuerpo.

—Tenemos que llegar al ala donde están las habitaciones antes de que vuelvan y, por lo que tardan habitualmente, eso son un par de minutos.

Un par de minutos para recorrer aquel cuchitril eran más que suficientes. Volví a la cocina para coger el cuchillo con el que nos habíamos desatado. No sabía si iba a tener la suficiente valentía como para usarlo en caso de ser necesario, pero por lo menos tenía que intentarlo.

Lucía me apremió para que no perdiera el tiempo y ambos salimos.

Comencé a correr tan rápido como pude sin percatarme de que ella se quedaba atrás.

—“Pst” —chistó para llamar mi atención.

Apenas había dado cinco pasos y me detuve en seco, junto a la mesa de la cena, donde aún había restos de carne y sopa. Mi estómago reaccionó haciendo la ola. Miré hacia atrás y ella tenía la cabeza ligeramente inclinada, como enfocando con su oído izquierdo hacia la puerta del baño.

Los dos nos quedamos en silencio y no entraba ningún ruido del exterior.

Uno, dos, tres… conté mentalmente, impaciente porque Lucía se moviera.

Pero ahí estaba, como una niña jugando al escondite inglés.

Extendió la palma de su mano hacia mí, como pidiendo que esperara.

—Hombre, Cancerbero, ¡qué pelotazo llevas perrete!

En ese momento bajó la mano y comenzó a andar intentando no levantar ningún ruido.

Yo hice lo propio, sin percatarme de que tenía delante una de las sillas. Golpeé el asiento con la rótula de mi pierna derecha y el dolor recorrió el fémur y la tibia como un relámpago. La silla se inclinó en sentido contrario al impacto. Acto seguido, dos lágrimas como dos soles me nublaron los ojos y me mordí el labio inferior para evitar hacer más ruido. El respaldo siguió su camino descendente.

Estiré la mano izquierda todo lo que pude para intentar sujetarla y, cuando pensaba que la iba a atrapar en una estirada con pies en tierra típica de un jugador de baseball, conseguí rozarla con las yemas de mis dedos justo antes de golpear el suelo.

Respiraba con fuerza. Llevé mi vista hacia Lucía con un “lo siento” en mi mente. Ella volvía a estar inmóvil, escuchando.

Cancerbero ladró.

Ella clavó sus pupilas en las mías que aún seguían turbias por las lágrimas y el mareo de la toxina.

—¡Corre!

No mires a los ojos



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