No mires a los ojos. Capítulo 17 - Fred Astaire

Corría delante de Lucía, no sabía muy bien si porque ella era más lenta que yo o porque le hacía gracia verme chocar contra todo lo que me encontraba. Era de todo menos silencioso, pero el tiempo de la delicadeza había terminado hace tiempo y solo quedaba correr.

Llegamos a la esquina para girar hacia el pasillo del recibidor y las habitaciones y me estampé contra la pared como un toro al iniciar la calle Estafeta. Primero golpeó mi cabeza, luego mi hombro derecho y el cuchillo salió disparado. Por último impactó mi cabeza. Noté como el gotelé seccionaba la piel junto a mi ceja, la levantaba y se adentraba debajo de la herida.

Caí apoyando la rodilla. Miré a Lucía a la cara y por primera vez desde que había llegado a ese hostal de mala muerte, vi como le brillaban los ojos. Humedeció sus labios y agitó la cabeza.

—¡Levántate! —dijo en mi cabeza.

Me agarró por la axila izquierda y, con un movimiento que recordaba a un cinturón negro de taekwondo, me puso en pie. Y con un empujón contundente en mis posaderas me puso de nuevo en marcha hacia nuestro objetivo de llegar a la salida.

Un hilo de sangre brotaba de mi sien y notaba como las pulsaciones estrujaban y liberaban mi cráneo. Y el ritmo aumentaba por momentos. Empecé a notar como se me iba a salir el hígado sin necesidad de cirugía, pero no era momento de detenerse.

No paraba de correr mientras luchaba con mi verticalidad. Frente al mostrador del recibidor, estiré al máximo el brazo derecho para sujetarme a la esquina junto a la puerta. Y una vez me agarré, fui como Fred Astaire en una de sus películas. Dando una vuelta de baile pivotando en el punto de apoyo, pero al contrario que él, no pude parar antes de golpearme con el pecho contra la pared. Por suerte, esta vez lo vi venir y amortigüé el impacto colocando el brazo izquierdo.

—¡No te pares! —susurró Lucía mientras me adelantaba en nuestra huida.

La última sílaba se solapó con el ladrido de Cancerbero detrás de las hojas metálicas.

Fue como darle un café con sal a un borracho y, aunque no llegué a vomitar, la sensación de mareo fue apagada por la explosión de adrenalina.

Lucía frenó en seco y comenzó a caminar hacia el mostrador sin perder de vista la puerta.

—Tenemos que escondernos —susurró y por un segundo me marcó con la mirada el camino hacia las habitaciones.

Noté como giró la llave en la puerta principal y me lancé a colocar la espalda contra ella.

El primer intento de abrir apenas despegó las hojas de la puerta.

—Jefe, por su bien, será mejor que nos deje pasar.

El ladrido grave de Cancerbero me seguía helando la sangre, la misma que lo atraía como un oso a un panal de abejas.

Un golpe tremendo a mi espalda me desplazó unos cinco centímetros del metal. Clavé la punta de mis pies en la moqueta y respondí empujando con fuerza hacia atrás, cerrando de nuevo.

—Jefe, está empezando a enfadarme.

Un nuevo envite sobre la puerta y de nuevo dejé caer todo mi peso hacia atrás, bloqueándolo.

—¡Qué os jodan!

Es increíble como alguien que se siente acorralado puede venirse arriba con una pequeña victoria. Tenía los pies a un par de pasos de mi muralla infranqueable y, con la espalda apoyada en el metal, había formado un bloqueo infranqueable.

O por lo menos en mi cabeza lo era antes de que la hoja de la puerta me empujara con fuerza hacia delante, arrojándome contra el suelo, cayendo encima de mi espalda y hundiéndome la cara en el líquido viscoso que cubría toda la moqueta.

El ojo con el que tenía visibilidad miraba hacia el pasillo, donde vi como se cerraba lentamente la segunda puerta. Una mano gruesa sujetó la hoja delante de mi cara y de un manotazo la tiró hacia la izquierda.

Las costillas me dolían e intenté girarme cuando una bota se apoyó en mi espalda bloqueando mi movimiento. La cara de Regi me miraba con una media sonrisa. Levantó un poco el delantal y sacó del bolsillo de su pantalón otra pequeña hoja como la que ya usó cuando me tenían atado.

Su enorme mano se acercó a mi sien y restregó el pedazo de papel por la herida sangrante. Clavando el dedo para asegurarse de tomar una buena muestra.

Se incorporó y lo perdí de mi escaso ángulo de visión donde, inmediatamente, apareció Cancerbero con su enorme lengua a succionar la sangre de mi herida.

—Joder, Regi. Sigue siendo positivo. ¿Qué mierda hacemos con él de mientras?

Intenté mover un poco el cuerpo. La bota se volvió a clavar con fuerza en mis costillas, bloqueando mi intento de movimiento y una tos metalizada salió de mis pulmones tiñendo mi boca de sangre.

No mires a los ojos





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