No mires a los ojos. Capítulo 18 - Luces

La lengua de Cancerbero se lanzó hacia mi boca y apreté con fuerza los labios para evitarlo. El animal se esmeraba en limpiar todo rastro de sangre de mi rostro. Yo intentaba controlar mi corazón para que no se me saliera del pecho. El pie en la espalda se mantenía firme y parecía que seguía estando en veda.

Algo hundió el suelo junto a mi nariz al tiempo que la lengua de la bestia dejó de recorrer mis heridas. Escuché como el talón de Don Chalecos chirriaba al contacto con la chancla justo delante de mi cara. Abrí un poco el ojo con el que tenía visibilidad. Su talón blanquecino por los lados estaba apoyado en el suelo a un palmo de mi nariz. Poco a poco el olor fue llenando el espacio no inundado de mis pulmones y no pude evitar sentir una arcada.

Apoyándose en el talón, giró el pie colocando sus uñas debajo de mi barbilla y, clavándolas en mi piel, me invitó amablemente a alzar la vista.

Se encontraba completamente erguido. Desde mi punto de vista era similar a un gigante y yo un maldito guisante. No me podía mover, no podía hacer nada más que esperar a ser comido.

—Jefe, le dije que no era momento de jugar.

Decidí quedarme callado, cerrando los labios para evitar decir nada que pudiera empeorar la situación, si eso era posible.

—Regi —miró por un momento a donde estaba el cocinero—, ve a la cocina y trae la cinta. Y mira como está Lucía.

El pie que aprisionaba mi espalda se levantó y pisó con fuerza, alejándose poco a poco.

Don Chalecos retiró su pie de mi barbilla, dio un paso atrás y con una patada que hizo que mis costillas flotantes se unieran a mi estómago me invitó a ponerme boca arriba.

Notaba mi cara pringada, supongo que del mismo líquido viscoso que había quitado de mis manos en el lavabo. Miré hacia él y se mantenía mirándome fijamente, con su media sonrisa gris pintada en la cara.

—Bsh, bsh

Tiró un par de besos al aire y de detrás de él volvió a aparecer Cancerbero que se lanzó directamente a chuparme la cara.

—No se ponga nervioso, Jefe. El perrillo es dócil, hasta que deja de serlo. Ya me entiende.

—Traigo la cinta, pero…

—No me jodas, Regi.

—Lucía…

Su sonrisa se iba borrando poco a poco.

—No está.

—¡Maldita desagradecida! —dijo y de nuevo volvió a mirarme con una falsa cara de amigo—. ¿Jefe, tú no sabrás dónde se esconde esa rata?

No sabía como reaccionar. Si la delataba, los dos estaríamos perdidos pero si no lo hacía…

La planta de su pie entró en simbiosis con mi esternón, volviendo a generar un río de sangre que brotaba de la comisura de mis labios para regocijo de Cancerbero.

—¡No! —balbuceé con el aire que fue invitado a abandonar mis pulmones.

—Jefe, ya sabe que no es momento de jugar.

Y lo sabía, pero no iba a arrastrar a esa muchacha conmigo. Si tenía alguna posibilidad de que escapara y esa pasaba porque yo cerrara la boca, tenía que hacerlo.

Su pie se volvió a alzar en el aire. La suela de su chancla se despegó de la planta del pié y, en el momento que iba a volver a golpearme, un haz de luz entró por el hueco de la puerta y golpeó el suelo junto a mi brazo.

—Regi. Encárgate.

Dijo y se dió media vuelta, caminando hacia la puerta de entrada, seguido por el can. Por un segundo noté un alivio y apareció la bota del cocinero al otro lado de mi cuerpo. Su rodilla se apoyó sobre mi pecho. Me miraba fijamente con su ridícula redecilla en su pelo ausente mientras sujetaba un rollo de cinta adhesiva entre sus manos.

No mires a los ojos

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