No mires a los ojos. Capítulo 19 - Bro

No mires a los ojos

—Parece que tú y yo vamos a jugar un rato.

El peso de Regi, apoyando sus rodillas sobre mi cuerpo, me extraían el aire de los pulmones como aceite de almazara.

Agarró mi muñeca izquierda con fuerza. Las uñas de sus dedos estaban blanquecinas y mi piel se enrojecía por la presión.

—Buenas noches, señores, en qué puedo ayudarles —dijo Don Chalecos mientras se iba perdiendo la intensidad de su voz, como si se alejara de nosotros.

Aunque tenía los labios con sangre, Cancerbero no vino a lamer mis heridas, por lo que deduje que aquella mole de cocinero y yo estábamos solos en el recibidor.

Las luces que se proyectaban en la pared se detuvieron.

—¿Qué pasa Bro? ¿No habrá visto a este tío por aquí?

El falso acento cubano y el llamar Bro a toda persona viviente en el planeta me trajo la imagen clara de Marquitos. Diecisiete años, metro setenta y más flaco que un yonqui de los noventa. Con sus trencitas africanas y su cuero cabelludo enrojecido. Y su indumentaria de rapero pijo. A él solo le había levantado diez de los grandes.

Para mi sorpresa, escuchar su voz no consiguió ningún efecto en mí. No me puse nervioso aún sabiendo que él nunca viajaba solo.

—Pues la verdad es que no caigo, Jefe.

—¿Y ese puto coche de ahí de quien es? ¿Crees que somos gilipollas?

Y con este sí que mi piel hizo el intento de erizarse mientras negociaba cada bocanada de aire. El Mula. Mi segundo proveedor de fondos, se había hecho famoso en Twitch por romper con su cabeza todo tipo de cosas, desde melones, sandías a trozos de suelo de gres. Mientras que no hacía eso, y siempre que su neurona se lo permitía, se mazaba en el gimnasio para prepararse para lo que él llamaba el hostiódromo. Lo que venía siendo el campeonato de bofetadas.

Normalmente, su “crees que somos gilipollas” esperaba cualquier tipo de respuesta y luego empezaba a golpear.

—Jefe, yo no he dicho eso, pero tampoco soy nadie para desmentirlo.

La cinta adhesiva rugió separándose del rollo y Regi comenzó a envolverme el brazo. Comenzó desde la altura del codo, apretando para que el pegamento se adhiriera bien a todos los pelos que quedaban debajo. El cocinero me miraba ignorando lo que pasaba a su espalda.

—¿No crees que deberías ayudarlo?

—¿A quién? —Regi ironizó.

—A tu amigo —alargué la última vocal cuando su rodilla se clavó un poco más en mi pecho.

—Antes de que yo llegara aquí, él ya cazaba solo —dijo mirándome y sonriendo.

Mantenía los dientes a la vista y sin parpadear mientras seguía dando vueltas a la cinta sobre mi brazo, avanzando poco a poco hacia la muñeca.

Escuché como se cerraba la puerta del coche, luego la segunda puerta y luego un golpe seco que fue seguido de un grito que desgarró el silencio de la noche.

—Pero, Bro, le has roto la nariz.

—Tus amigos ya están muertos.

La sangre se me heló cuando escuché el siguiente grito agudo de Marquitos. El mismo sonido se repetía. Golpe, ladrido y gritó. Cómo un martillo golpeando un yunque.

En ese momento, Regi apretó con su rodilla mi pecho para incorporarse un poco. Buscaba con su mano la que yo aún tenía libre mientras sujetaba el rollo de cinta. Moverse pivotando sobre sus piernas no parecía ser su punto fuerte. Yo movía el brazo intentando zafarme y él lo perseguía como un perro de presa. Tiré con fuerza, tanto que me crujió el hombro y un pinchazo de dolor intenso anidó en él. No pude evitar gritar. Se me había desencajado el hombro y apenas podía moverlo.

Su garra se posó sobre mí y volvió a moverse para colocar juntas mis muñecas. En ese momento clavé la planta de mis zapatos en el suelo e hice tanta fuerza como pude. Como si intentara zafarme de una cuenta atrás en una pelea de lucha. Perdió levemente el equilibrio y dejó caer todo su peso sobre su lado derecho.

Masticando adrenalina y cegado por el dolor, volví a impulsar mi vientre con toda la fuerza que me quedaba y la mole cayó al suelo y dió un semigiro que detuvo la pared.

Tan rápido como pude, rodé en dirección contraria y me intenté poner en pie justo en el momento que Regi tiró de la cinta negándome el apoyo. Seguía tumbado en el suelo como una ballena varada. Tiraba con fuerza de la cinta. Esta se estiraba un poco y comprimía mi brazo que ya palpitaba.

Con el otro brazo medio colgando comencé a palparme los bolsillos en busca de algo con lo que cortar la cinta antes de que se pusiera en pie.

Otro golpe, ladrido y gritó. Otro tirón y otro traspié.

En un bolsillo, el móvil y en el otro, la cartera y el voluptuoso llavero de Torremolinos.

Levanté un poco los dedos para introducirlo en el bolsillo y un nuevo tirón me hizo cuestionar mi verticalidad. Respondí con otro en sentido contrario que hizo que la cinta adhesiva se estirara un poco y se enrollara levemente sobre sí misma.

Moví la clavícula y conseguí meter los dedos en el bolsillo. Introduje el índice por la arandela y con otro movimiento de clavícula saqué mano y llavero.

Regi volvió a tirar y yo respondí con la suficiente fuerza como para acercar mis manos una a la otra y cambiar el llavero de mano. Me quedé con la llave entre los dedos.

Un grito ensordecedor sonó en la puerta de entrada y llamó mi atención.

Marquitos, con la cara ensangrentada, corría hasta donde yo estaba. La figura escuálida de Don Chalecos caminaba en la distancia detrás de él. Junto al coche, la figura de Cancerbero rondaba un bulto mayor en el suelo.

—Pero no corra, Jefe. Si tampoco tiene donde ir.

Pude ver como se reía y como su víctima tenía la cara desencajada.

Tiré de nuevo con fuerza y giré la muñeca con la llave. La conseguí clavar en el adhesivo y la cinta se partió en dos, cayendo Regi de espaldas.

El corazón me palpitaba a mil. Marquitos era lo único que separaba en ese momento a Don Chalecos de mí y sin pensarlo comencé a correr en dirección a la puerta donde se había escondido Lucía.

Regi me esperaba en el suelo como un receptor de la NFL. Estirando los brazos para conseguir placarme en el estrecho pasillo. Amagué con saltarlo y cuando se incorporó, pateé con todas mis fuerzas su cabeza. Mi pie rebotó un poco hacia atrás y su testa hizo lo propio contra el suelo. Apoyé todo mi cuerpo contra la madera y la puerta se abrió de golpe.

Caí de bruces contra algo blando mientras la puerta se cerraba tras de mí, ensordeciendo los gritos de Marquitos.


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