No mires a los ojos. Capítulo 20 - Food truck

Escuché dar un par de vueltas a la cerradura y sonó como si varios cierres se movieran al unísono, como si se tratara de una puerta antirrobos.

Apoyé el brazo encintado sobre lo que fuera que hubiera amortiguado mi caída. Estaba viscoso, pero no conseguía distinguir de que se trataba.

Lucía accionó la luz del techo. Era una luz tenue, insuficiente para iluminar la sala y que yo viera donde se proyectaba mi sombra. Aparté un poco el cuerpo hacia el lado y vi como mis dedos se hundían poco a poco en un tejido blanquecino.

—Levanta —dijo Lucía sin querer hacerse notar mientras tiraba de mí hacia arriba.

Su mano tiró del brazo que aún me penduleaba y un dolor intenso me hizo gritar de rabia.

—¡No te acerques!

—Pero yo solo quiero ayudarte.

—¿Cómo antes ahí fuera?

Moví el resto de mi cuerpo para zafarme de ella y terminé de incorporarme por mis propios medios.

Al estirarme, los pulmones respondieron con un espasmo que me hizo toser. Coloqué la mano delante de mi boca. Luego me miré la mano y el rojo de la sangre era patente sobre el marrón de lo que fuera hubiese en la moqueta.

—¿Qué querías que hiciera?

Preguntó tirando de mi hombro bueno, girándome como una bailarina en un concurso de salsa. Nos quedamos frente a frente.

Su cara estaba ligeramente manchada por la sustancia, al igual que su vestido, por lo que deduje que tuvo la misma entrada triunfal que acababa de tener yo.

Arqueó un poco las cejas y fue suficiente para que pusiera mis ojos en los suyos. Entonces comenzó a hablar de nuevo en mi cabeza.

—Si nos hubiera visto juntos, habría sido peor.

—¡Peor! —pensé—. ¡Ese loco ha matado a esos dos chicos!

—Luis es muy celoso. ¿Sabes lo que nos habría hecho de encontrarnos juntos?

Su rostro permanecía inmóvil. Un escalofrío nació de la base de mi cráneo, escalando hasta mis sienes. Como un camaleón, noté que mi piel cambiaba de tono para asemejarse al suyo.

Negué con la cabeza.

—A ti, te habría desechado como carne. Que el patán de Regi se equivocara en las cantidades es lo único que te mantiene con vida —dijo. Me miró de arriba a abajo y volvió a alinear sus ojos con los míos—. Hecho una mierda, pero con vida. Y a mí, después de golpearme hasta aburrirse, me encerraría en una de estas habitaciones el tiempo que le pareciera oportuno. La última vez duró casi un año.

—¿Qué tipo de tarado encierra a una persona? ¿Por qué no escapaste? ¿Por qué no llamaste a la guardia civil?

Me costaba mantener el caudal constante de voz y me temblaba ligeramente.

—Después de lo que has visto, ¿lo sigues viendo tan sencillo? ¿Qué crees que es eso de ahí?

Miró a mi espalda, a la zona del suelo de donde acababa de levantarme. Un rectángulo como la caja de una lavadora que levantaba poco más de un palmo del suelo. Era esponjoso y aún tenía la marca de mi mano, aunque poco a poco se iba borrando.

Acerqué un poco mi pie y le di un toquecito. La punta de mi zapato se marcó y se borró como si fuera…

—¿Una almohada de viscoelástica rebozada en mierda? —ironicé.

—Eso es lo que queda del que conducía el camión del parking.

Volví a mirar el objeto, no era posible que aquello fuera nada que pudiera relacionar con un ser humano.

—Ni de coña.

Extendió su brazo izquierdo y me apartó hacia la zona donde en mi habitación estaba la cama. Y me quedé junto al armario mirándola.

Se inclinó sobre la almohada marrón y golpeó con los dedos extendidos la parte central, introduciendo la mano hasta la muñeca. Sonó como si alguien metiera la mano en slime pero, a diferencia de este, cuando la retiró sacó como una ristra de chorizo los intestinos hinchados por la descomposición.

El hedor llegó de manera inmediata a mi nariz y en un acto reflejo comencé a vomitar. Casi no me da tiempo a girar la cara en dirección al armario.

—Así va bien, Jefe, me gusta que colabore para facilitar las cosas.

Cerré la boca, pero no podía contener el vómito con aquel olor. Me llevé el brazo a la cara, pero aquella gelatina marrón lo cubría todo: mi brazo, mi cara, mi abdomen, mi espalda. Comencé a hiperventilar. El corazón hacía que algo crujiera en mi pecho a la vez que un pinchazo me hacía perder la respiración por un momento y de nuevo a hiperventilar.

—Tienes que calmarte —susurró, Lucía delante de mí.

Hice un pequeño gesto con las manos como para mostrarle que estaba cubierto de aquello, que no había salida con Don Chalecos al otro lado de la puerta.

Volvió a introducir el intestino en su sitio y retiró la mano. Dio un par de pasadas con la palma extendiendo la película marrón sobre la herida y poco a poco comenzó a suturarse.

Se puso en pie y limpió su mano con el bajo del vestido, dejando entrever sus largas y blancas piernas.

—A más nervioso te pongas, más rápido se moverá la sangre por tu corazón y más rápido se eliminará la toxina —dijo e inclinó la cabeza en dirección a la puerta que nos separaba de Don Chalecos.

Seguía respirando sin parar, pero al menos ya no vomitaba. Lucía se acercó a mí y me agarró por los hombros. El dolor del hombro dislocado recorrió mi clavícula hasta la columna. Con la otra mano la aparté de golpe, gritando un sonoro “joder”.

Desandó el paso que había conseguido alejarla de mí y me empujó con fuerza contra la pared. El golpe en seco extrajo un par de lágrimas como gotas de un bote de ketchup.

—¡Para ya! —gritó en mi cabeza causando un eco atronador—. Vamos a seguir vivos hasta que tu cuerpo expulse la toxina. ¿Es que no lo entiendes? —dijo volviendo a empujarme contra la pared, enpujándome por el hombro que tenía mal.

Mi cuerpo giró, mi cadera y el hombro golpearon con crueldad contra la pared. El hombro volvió a su sitio y noté una vibración en mi bolsillo.

Acababa de encenderse el móvil.

No mires a los ojos

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