No mires a los ojos. Capítulo 21 - De cristal

Lucía seguía mirándome. Moví el brazo en el aire, forzando, moviéndolo, aguantándome el dolor que me causaba. Metí la mano en el bolsillo y saqué el móvil.

Introduje el pin y las notificaciones empezaron a caer como bombas de racimo.

—¿Te escribió ella? —susurró, Lucía.

Asentí sin despegar la cara de la pantalla. Tenía como diez mensajes y empecé a leerlos en diagonal.

La situación se había complicado y su salida se había adelantado a pasado mañana. Quería que le enviara el dinero ya. Que tenía que demostrarle mi amor por ella y que todo eso sería recompensado con creces cuando nos viéramos en Costa Rica.

No pude evitar que un par de lágrimas se formaran en mis ojos. Empecé a negar con la cabeza y Lucía, me tocó la barbilla y me levantó la mirada con delicadeza.

—¿Qué te pasa?

Las lágrimas se liberaron, creando un surco en el barro de mi cara.

—Svetlana me necesita y yo estoy atrapado contigo en este cuchitril de mala muerte con esos dos desquiciados que me quieren como desayuno.

Arremolinó un poco de su vestido sobre su mano y lo subió para limpiarme las mejillas. Dejó a la vista parte de su ropa interior. Soltó la tela y se aproximó con cuidado a mi oído sin tocarme.

—Estamos los dos en esto —susurró.

Llevó su mano al otro lado de mi cabeza, tocándome el lóbulo de la oreja con suavidad.

Agarré con cuidado su mano de la muñeca y se la retiré. Ella volvió a su posición frente a mí.

—¿Pero cómo lo hacemos? Solo tienen que quedarse ahí sentados a esperar que salgamos y listo. Somos nosotros los que tenemos que salir. Estamos jodidos y —un nudo aprisionó mis cuerdas vocales—, no puedo fallar a Svetlana.

Hice un par de respiraciones profundas, recuperando la compostura.

—Tiene que haber algo en esta habitación que nos sirva.

Lo dije en voz alta intentando encontrar colaboración, pero aquella habitación no era precisamente una tienda de jardinería.

En el suelo estaba el torso del cadáver. Una puerta antirrobo a mi derecha. Una ventana que, aunque estaba cerrada, ya sabía que tenía rejas al otro lado. La mesa encogida por el rayo reductor y el armario junto a mi hombro izquierdo.

A primera vista, podría agarrar la mesa como escudo, agarrándola por su monopié y parapetándome detrás de ella.

Las puertas del armario estaban cerradas. Agarré del tirador sin moverme de mi posición y empujé fuerte para que se abriera. No sabía qué podía haber dentro.

La hoja rebotó sobre las bisagras y se cerró levemente. Acerqué la cabeza al hueco y, para mi asombro, el armario lo usaba de armario.

Era de las pocas cosas que parecía estar bien en aquel lugar y eso hacía que estuviera mal.

Me coloqué delante y abrí del todo. Tenía en la parte inferior un par de baldas donde tenía varios atuendos de cocinero, muy limpios y bien doblados. Sobre estas, un par de montañas no muy altas de trapos de cocina blancos, impolutos. Cogí uno para limpiarme un poco esa mugre que cubría todo lo externo a aquel oasis de limpieza.

En la parte superior, una barra sujetaba un par de chaquetillas de cocinero y, debajo de estas, había una especie de altar.

Una pequeña vela quemada y rodeada por un plástico rojo derretido en su borde hacía las veces de ofrenda. Estaba junto a un marco de fotos al que se le veía el pie de apoyo y miraba hacia el fondo del armario.

—¡Qué tío! —exclamó Lucía—, por eso se pasa en esta habitación las horas muertas.

Al escucharla di un sobresalto. Lucía estaba justo detrás de mí, pero yo estaba tan absorto por aquella pulcritud que no la escuché moverse.

Delante de mí estaba la prueba de que la mole que había lanzado la puerta contra mí tenía sentimientos.

Cogí el marco del pie y los estrellé contra la balda. Tiré hacia mí y quedó sobre la madera el cristal roto cubierto por la foto. Lancé el soporte contra el cuerpo del suelo y el sonido se amortiguó. 

Apoyé la palma de la mano sobre el papel y comencé a moverlo con cuidado con la intención de dividir el cristal. Al tacto, seleccioné el trozo más puntiagudo y sin llegar a ver la foto, lo envolví con esta. El papel de la foto era bastante delgado y di un par de vueltas como el que envuelve un bocadillo para una excursión.

—¿Qué vas a hacer con eso?

Me limité a mirarla mientras comprobaba que la empuñadura era estable.

—Si crees que con eso será suficiente estás infravalorando a mi Luís.

—Bueno —dije agarrando el canto de la puerta con la otra mano—, tampoco estorba, ¿no?

Por un momento nos quedamos mirando sin que ningún ruido rompiera la situación.

Tiré para cerrar el armario y la bisagra que sujetaba la parte superior crujió y se descolgó un poco. La madera pivotó sobre el otro punto de sujeción y cayó como una guillotina circular hacia mi cabeza.

Reaccioné cubriéndome la cabeza con las manos y me quedé esperando a que la madera me golpeara. Pero no fue así. Las astillas de la formica volvieron a crujir. Abrí los ojos. Lucía había sujetado la hoja antes de que me diera en la cabeza y la lanzó en sentido contrario. La otra bisagra no aguantó el peso en solitario y terminó por desprenderse de la madera. La hoja salió volando hasta golpear los tragaluces de la ventana.

Aparte de una mini mesa y un cuchillo de cristal, ahora teníamos una delgada puerta de armario apoyada sobre la pared.

Eso y a Cancerbero ladrando desde el otro lado de la ventana después de escuchar el golpe.


No mires a los ojos


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