No mires a los ojos. Capítulo 22 - No son molinos

Estaba claro que Don Chalecos no sabía que Lucía estaba en la habitación conmigo y eso nos daba un poco de ventaja. El plan era claro, ella abría la puerta y yo me lanzaba como un caballero andante sujetando la puerta con un brazo y el cuchillo con la mano contraria. Solo quedaba esperar que aquel malnacido hiciera el menor atisbo de movimiento.

Lucía se colocó en el lado de la puerta hacia donde abría la hoja. Me miraba fijamente esperando a que yo le hiciera una señal.

Respiré hondo. Si todo salía bien, anularíamos a nuestro captor.

—Si lo matas puedes decir que fue un acto de autodefensa —pensé.

—¿Abro o vamos a esperar que el tiempo siga pasando?

Y tenía razón, el tiempo no jugaba a mi favor. Si no fuera por la pifia de Regi, ya sería taquitos de hamburguesa. El mareo ya casi no existía y eso solo podía significar una cosa: la toxina estaba desapareciendo de mi organismo. Tragué saliva al pensar que mi único escudo natural estaba a punto de desvanecerse y dejarme a merced de aquellos dos tarados.

—¿Y bien?

Respiré un par de veces adicionales y dí la orden.

“Clanc, clanc” y la cerradura ya estaba abierta. Giró el pomo y tiró de la puerta hacia ella, quedando parapetada entre la madera y la pared.

La luz del pasillo era un poco más intensa que la de la habitación y la sombra de Don Chalecos entraba hasta donde estaba el torso del camionero.

Comencé a gritar y a correr hacia él, como si fuera un caballero medieval en una justa.

Mi corazón bombeaba gasolina para mis músculos y la adrenalina hacía las veces de óxido nitroso. Me sentía fuerte, sabía que podía con él y me lancé con todo. Se le notaba en la cara que lo había sorprendido. Incluso pude ver el miedo en sus ojos cuando me esquivó.

El borde de la puerta topó con la pared y el borde de la puerta pasó abrasando por mi axila y la palma de mi mano. Di un pequeño traspié en dirección a Don Chalecos.

—Jefe, ya le dije que no está la noche para juegos.

Levanté el cuchillo de cristal y, en ese momento, su brazo se soltó, extendido, con la mano abierta. Me soltó una hostia que me reventó la nariz y me lanzó contra la pared, bajo el espejo frente a mi habitación. El cuchillo salió disparado en dirección contraria antes de que golpeara con el hombro la pared y me diera de bruces contra el suelo. Si algo bueno tenía aquello era que había perdido totalmente el olfato y no sabía si lo que tocaba mi cara era la mierda viscosa o mi propia sangre.

La puerta quedó haciendo barrera en el pasillo.

La palma de su mano estaba cubierta de sangre que no era suya.

—Ve, Jefe. No está la cosa para jugar —dijo mientras me sentaba y metió la mano izquierda en uno de los bolsillos del chaleco.

Sacó un pequeño papel y los pasó por su mano como el que lía un cigarrillo.

Se quedó por un momento viendo si el reactivo cambiaba de color. Su sonrisa duró más de lo habitual, pero finalmente la volvió a borrar de su cara.

Miró la hora. Me miró en el suelo y pasó una de sus piernas por encima de la puerta. Y volvió a sonreír. Pasó la otra pierna. El chof sordo de su talón contra la suela volvió a sonar, pero mi estómago no fue capaz de reaccionar. Levantó su mano, la puso delante de su cara y comenzó a chupar la sangre como el que lame el cuchillo con el que acaba de cortar una tarta.

Palpé mis bolsillos en busca del llavero de Torremolinos. Lo saqué y me levanté como una exhalación para abrir la puerta.

—¿Sabía, Jefe, que a los pollos antes de sacrificarlos les aplican un gran estrés para que así sus carnes se endurezcan?

No sabía por qué me hablaba de pollos en ese momento, pero estaba claro que no quería averiguarlo.

Una vuelta de llave y sonaron un par de besos al aire. Dos ladridos correspondieron a la llamada.

—Yo de usted, Jefe, me daba vida —dijo dando un par de toquecitos en su naríz—. ¡Equipo de limpieza! —gritó, dando un paso al lado y dejando que el animal saltara la puerta como un jinete olímpico.

Di la segunda vuelta cuando estaba a un metro de mí. Empujé con el hombro malo y no pude evitar gritar yo también.

Salté sobre la cama cuando Cancerbero entraba por la puerta. Agarré la almohada y se la lancé. El can la agarró entre sus fauces y de dos sacudidas de cabeza dejó a la vista el relleno.

Mientras lo mordía, estiré el brazo para recuperar la mochila y la bestia soltó a su presa y volvió a centrarse en mí.

Cada uno estábamos a un lado de la cama. Él tenía los ojos encendidos, buscando sangre. Yo intenté mantener la calma mientras tiraba del asa de la mochila.

Gruñó, se apoyó sobre las patas traseras y se lanzó hacia donde yo estaba. Di un fuerte tirón a la bolsa y la abracé con un brazo. Con el otro, agarré la colcha e hice una especie de parapeto que lancé sobre la cabeza del animal. Me giré rápido, abrí la puerta del armario y me metí dentro tan rápido como pude.

En menos de un segundo, sus zarpas comenzaron a rasgar la madera de la puerta mientras yo la sujetaba sacando un poco los dedos por la parte superior. Y él no paraba de ladrar.



No mires a los ojos

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