No mires a los ojos. Capítulo 23 - Cautivo

El animal ladraba desde el otro lado de la puerta mientras embestía y arañaba la madera con sus patas delanteras.

Con cada golpe, los dedos de mi mano se estrujaban, pero no podía dejar de sujetar lo único que nos separaba.

Con la otra mano mantenía la mochila sobre mi regazo. La posición no era nada cómoda. Me encontraba como un egipcio con las piernas flexionadas y la mano extendida hacia la parte superior.

El gemelo derecho empezó a montarse. Contuve la respiración para no llamar más la atención del animal y, entonces, el cuádriceps de la pierna izquierda subió la apuesta del dolor.

Solté un grito y, dejando apoyada la bolsa solo contra las piernas, empecé a golpear con todas mis fuerzas mi pierna, intentando relajar el músculo.

La bestia seguía.

Golpe en los dedos de una mano.

Cuádriceps y gemelo montados.

Y de nuevo otra embestida.

El tiempo parecía no pasar.

Sudaba y el corazón llenaba mi sien de sangre palpitante. Notaba como mis heridas supuraban líquido carmesí y eso excitaba más y más a Cancerbero.

Una nueva arremetida y la mano que sujetaba la puerta se deslizó un poco hacia abajo. Otro golpe y me quedé con las yemas de los dedos apoyados en el borde de la hoja de madera.

Embistió de nuevo y mi mano cayó a plomo desde las alturas, con el músculo paralizado por el hormigueo.

En un nuevo golpe, la puerta rebotó contra mí y se abrió de par en par.

El can ladraba junto a mi cadera con la boca llena de babas que lanzaba como proyectiles. Era incapaz de controlar mis pulsaciones. Temblaba con los músculos agarrotados y empecé a gritar.

—¡Atrás!

Grité intentando intimidarlo y él respondió lanzando una dentellada al bajo de mi pantalón. Los dientes quedaron clavados en la tela y comenzó a zarandear la cabeza.

Tiraba con fuerza de mi pernera y, cuando abrió la boca, mi pierna estaba totalmente fuera de mi único refugio.

Me apresuré a guardar la pierna de nuevo y el animal volvió a morder, pero esta ver cogió carne.

—¡Serás mal nacido!

Cogí la mochila de uno de sus asas y la utilicé para golpear en la cabeza del animal sin mucho éxito.

Él seguía tirando, desgarrándome la piel y yo lo golpeaba una y otra vez.

Me sacó casi del armario y me quedé sentado en la balda donde antes estaba de pie. Noté como la piel se terminaba de rasgar y Cancerbero se quedaba tirando solo de la tela.

Grité, pero eso pareció incitarlo a tirar aún con más fuerza, gruñendo mientras agitaba el cuerpo y la cabeza.

Lo golpeé de nuevo con la mochila y con la otra mano, tiré un manotazo intentando acertarle en un ojo y que se quedara sin referencias. Y por como soltó la pernera, pareció no gustarle. Se inclinó sobre sus patas traseras y saltó sobre mí.

Conseguí cubrir mi cuerpo con la mochila y la coloqué entre sus fauces.

Se retorcía como un cocodrilo que acaba de apresar a un ñu y en poco tiempo me quedé sujetando la mochila solo por un extremo del asa.

Un último tirón de cabeza y la bolsa salió volando detrás de él.

Me acababa de quedar sin nada con lo que protegerme. Y Cancerbero volvió a ladrar con su mirada fija en mí.

Volvió a inclinarse sobre sus patas traseras y en el momento que iba a saltar sobre mí, un par de besos se escucharon y su cabeza se giró hacia la puerta de entrada de la habitación.

Miré de reojo y Don Chalecos estaba apoyado en el marco de la puerta.

Cancerbero se sentó sobre cuarto trasero y lo miró inclinando la cabeza con las orejas ligeramente agachadas.

Él hizo un gesto en dirección a la pared contraria y el perro obedeció. Se puso en pie dando media vuelta y mordiendo la mochila.

Otro beso sonó y comenzó a caminar hacia la salida.



No mires a los ojos

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