No mires a los ojos. Capítulo 24 - Soborno

Don Chalecos se inclinó, extendiendo la mano, y Cancerbero se sentó delante de él y soltó la bolsa.

—¿Quién es un buen perrete? ¿Quién? —dijo dándole un par de golpes entre las dos orejas y el perro empezó a jadear—. ¡Ve a jugar!

Lo agarró por el collar, lo llevó sin hacer fuerza hasta el pasillo y desapareció de mi vista corriendo. Se puso en pie y comenzó a hablar.

—Bueno, Jefe, cada vez le queda menos tiempo y sigue insistiendo en poner las cosas difíciles.

Levantó la bolsa. La agarró en su regazo con la mano izquierda y con la derecha empezó a buscar la cremallera.

Me puse rápidamente en pie y el mareo me hizo dar algún paso más del deseado, pero no perdí la verticalidad.

—Deja la mochila.

Por un momento llamé su atención y paró en su intento de ver que llevaba en ella.

—¿O qué? —dijo mirándome fijamente, mostrándome su sonrisa gris y abriendo la cremallera lentamente.

La verdad es que tenía razón. Un erizo que me encontré en el andén de la calzada cuando salía de Andorra tenía mejor pinta que yo en ese momento. Pero no estaba dispuesto a tirar la toalla después de haber llegado hasta ahí.

Me llevé la mano a los bolsillos y saqué la cartera.

—¿Cuánto dinero quieres para que pare esto?

La abrí y saqué los doscientos euros que llevaba en la cartera y los coloqué delante de mi cara como si de un abanico se tratara. Estaba claro que si abría la bolsa, mi dinero le parecería una minucia comparado con el botín, pero él aún no lo sabía.

—Jefe, esto no es un tema de dinero —dijo y dejó de abrir la cremallera—. Desde que has llegado hemos sido serviciales contigo. Pero eso no ha sido suficiente para ti.

—¿¡Pero qué dices!?

—Pues lo que digo, que te hemos dado la mano y tú has querido coger el brazo liándote con mi Lucía.

—¡Tú estás loco!

—¿Me vas a negar como la mirabas? —dijo en tono cortante—. A quien intenta cogerme el brazo se lo termino cortando. Literalmente.

Su mirada era fría y la mantenía fija en mis ojos. Mi sangre estaba congelada. Mis nervios estaban colapsados y me notaba la piel helada.

—Puedo pagarte.

Volví a ofrecer el fajo de billetes, agitándolo en el aire con un movimiento reiterado de muñeca.

Comenzó a caminar hacia mí, con la bolsa sujeta por un asa, pendulando a cada paso que daba. Se detuvo junto a la mesita y el minibar y extendió la mano.

Acerqué el botín. Con un gesto rápido me lo arrancó de las manos. Levantó la mano con la que sujetaba la bolsa y la dejó caer para que colgara del codo. Sujetó los billetes y con la otra los abrió un poco para ver la cantidad.

—¿Sabes cuanto cuesta la carne humana en el mercado negro?

—¿Qué?

—Con esta mierda no llega ni para un pie con el que hacer caldo —dijo y me lanzó los billetes a la cara.

Di un paso atrás, golpeando con la espalda el tragaluz y Cancerbero ladró desde el otro lado. Nervioso, saqué el móvil del bolsillo y lo puse delante de mí.

—¡Voy a llamar a la Guardia Civil! —amenacé abriendo la aplicación de marcado y comenzando a teclear el número en pantalla.

Apoyó la mano izquierda sobre el colchón y de un salto se colocó justo delante de mí. Dio un manotazo al dispositivo. Este salió despedido hacia el suelo, rebotó y quedó junto al minibar con la pantalla encendida y la llamada en curso.

Su frío dedo se posó sobre mis labios.

—Shh

“Comandancia de la Guardia Civil de Mérida, en qué puedo ayudarle… ¿Dígame?…algún niñato bromista…pi, pi, pi”

Separó el dedo poco a poco, tocándome solo con la yema y, en ese momento, lanzó un puñetazo. Noté como los dientes atravesaban mis labios y del impulso di con mis huesos contra el suelo.

Se acercó sacando un pequeño papelito del bolsillo y me lo estrujó contra mi boca con el dedo pulgar.

El papel por un instante mantuvo el color rojo de la sangre.

—¡Regi! —gritó dirigiendo la mirada hacia la puerta.

Ambos mirábamos el trozo de papel. Yo, inmóvil en el suelo. Él con su puñetera sonrisa pintada en la cara.

—Esto está list…

Y en ese momento la sangre se volvió violácea.



No mires a los ojos

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