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Microrrelato: Lucha de gigantes

Microrrelato: Lucha de gigantes

Lucha de gigantes

     La claridad que llegaba a aquel páramo de su mente quedó eclipsada por la enorme bestia alada. Batía sus alas descendiendo hasta donde se encontraba, cortando el camino que después de mucho tiempo se había decidido a recorrer. El polvo lo envolvió.
    Cuando empezó a disiparse, consiguió ver como se aproximaba un dragón de dos cabezas.
    —¿Dónde piensas que vas?
    —¡Por favor, cállate! ¡Déjame tranquilo de una puta vez! —Su voz se desgarró al tiempo que empujó con todas sus fuerzas aquella mole grisácea. Sus golpes resultaban estériles. 
    De manera repentina el reptil giró sobre sí mismo golpeándolo con la cola en el pecho y lanzándolo contra la pared de rocas que estaba detrás suya. A duras penas mantuvo el equilibrio.
    —¡No vales nada! Ni siquiera mereces que pierda mi tiempo contigo. Pero aquí estoy. —la voz gutural hacía retumbar la gravilla del suelo. —Cuando todos se alejaron de ti, ¿quién estaba ahí? Y ahora que me has permitido crecer, ¿pretendes que te deje tranquilo?
    —¡Calla tu maldita boca! —tomó una roca del suelo y la lanzó contra una de las cabezas. El golpe en lugar de espantar a la bestia, la enfureció un poco más.
    Al unísono, Droku lanzó sus cabezas contra Miguel que quedó totalmente arrinconado. Se pararon a escasos centímetros de su rostro. En un movimiento reflejo, cubrió su rostro con los brazos y clavó una rodilla en el suelo implorando clemencia.
    —¿Ahora pides piedad? No pienso dejar que vuelvas a cagarla. —La baba salía disparada de sus fauces y golpeaba el cuerpo del chico con cada sílaba. Miguel continuaba petrificado y poco a poco, comenzó a hacerse más pequeño. Siguió encogiendo hasta convertirse en un minúsculo ratón y en un despiste de su captor se escabulló entre las rocas.
    —Quédate ahí y no te haré daño. Sabes bien que no quiero hacerlo y que estoy aquí para velar por ti. —El gigante retrocedió un par de pasos en dirección a un pequeño jardín repleto de enormes flores de colores. Una leve brisa atravesó un grupo de gardenias y llegó hasta la nariz del roedor. Por una grieta sacó su pequeño hocico y comenzó a gritar.
    —¡No pienso quedarme aquí!
    —Pero ¿cómo te atrev…? —Sin dejarlo terminar el chico tomó valor y dio un paso hacia su carcelero saliendo del escondite.
    —Es hora de que tú me escuches a mí. No pienso dejar que me anules de nuevo. ¡No eres mi amigo! —Poco a poco su cuerpo empezó a resplandecer. —No puedes cuidar de mí, ¡no puedes cuidar de nadie que no seas tu mismo! —El brillo interior se fue expandiendo y su cuerpo comenzó a crecer.
    En pocos segundos el haz luminoso que manaba de su cuerpo tomó la intensidad de una pequeña estrella. Donde golpeaban sus rayos de luz, la vida comenzó a abrirse paso, crecieron enormes tulipanes amarillos, amapolas e incluso un manzano. Un pequeño arroyo brotó bajo las zarpas de la bestia.
    —¡Sin mí no eres nada maldito idiota! —Alcanzó a gritar mientras su enorme cuerpo comenzó a evaporarse al contacto con el destello vital de Miguel convirtiéndose en finos hilos de humo negro que se llevó la brisa.
    …
    —¡Miguel! Que estás en Babia. Ya sé que normalmente no te apetece y que prefieres quedarte en casa desde aquello, pero ¿te apetecería ir con nosotros a dar una vuelta? —Los ojos de Lucía se clavaron en los suyos. Ella buscaba un pequeño brillo que hacía mucho tiempo dio por perdido.
    Él tomó su mano y, exhausto por la batalla, simplemente asintió y comenzó a caminar.

 

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