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Mostrando entradas de marzo, 2021

Relato: En la frontera

En la frontera      Llegué al puerto tarde. Desde que me trasladaron a Huelva hace ya un año, la rutina de llevar a mi hijo al colegio se había convertido en una guerra diaria. Lolo no se había integrado muy bien en el nuevo centro y aún no tenía amigos; esto hacía que todas las mañanas empezáramos una guerra que normalmente finalizaba más tarde de lo previsto.      Cuando llegué a la garita, mi compañero José Carlos me esperaba en la puerta.      —¿Qué tal Antonio? ¿Otra vez jaleo con el crío?       —Mejor ni te cuento. Hoy, justo cuando estábamos llegando al cole se ha hecho caca encima. He tenido que volver a casa y cambiarlo entero. Bueno, le he cambiado toda la ropa menos las orejeras rojas.      —No me digas que lo llevas con orejeras. ¡pero si hace más de treinta grados!      —Ya lo sé, pero es la única manera de que no esté llorando todo el rato.      —¡Joder con el niño! —Sentenció mientras entró en el edificio. —Hoy toca ponerse las pilas, tenemos ferry y en media hora empeza

Relato: El silo

El silo      Revisé por última vez el equipamiento antes de saltar. En el cinturón, un par de bengalas para señalar el objetivo, pistola con silenciador y tres cargadores. En la pierna derecha llevaba un cuchillo Ka-Bar que me regaló Mike cuando tuve a mi primer hijo. Según él era un recordatorio para volver a casa, pero estoy seguro de que fue para que dejara de pedirle el suyo.      Me coloqué el arnés del paracaídas y en los cierres del pecho, coloqué el cortafrío con el que abrir un hueco en la alambrada.      —¡Chicos! ¿Estáis listos? —Todos me miraron— El objetivo es Dimitri Nenko, un químico secuestrado por los insurgentes ucranianos. Inteligencia confirmó ayer con una imagen de satélite que se encuentra en estas instalaciones.      Mike me miró y volvió a hundir su mirada contra sus pies. Llevábamos más de diez incursiones juntos y en ese momento siempre permanecía callado con sus dedos entrelazados, como si rezara a algún dios de los suyos.      —El edificio es un silo de gran

Relato: Doce

Doce    El ruido del coche acalló a las chicharras. Mi madre se levantó de la mesa súbitamente, como cuando vienen esos pijos estirados de visita. Me miró y lanzó un gesto a María para que me preparara.    Los últimos meses había vivido este momento como cien veces. Algún señorito de la zona quiere hacerse con las tierras de mis padres y piensan que un matrimonio acordado es la mejor manera. El problema es que yo quiero a Antonio González y así se lo digo en cuanto nos quedamos a solas. En un principio ni se inmutan, solo es un mozo de cuadras más. Pero cuando les comento que llevo un hijo suyo en mi vientre y que si dicen algo los rajaré como un carnero en Navidad, sus caras se ponen blancas y el cuello de la camisa les aprieta la garganta. Son muy graciosos. Todos menos ese Cayetano Casas que se fue de la lengua.    Desde ese momento hacía ya quince días, nadie más había venido de visita. Bueno, nadie extraño, porque las cotorras de mis tías se pasaban aquí el día «que si Alba no sé

Relato: Reflejos

Reflejos      El sonido del teléfono me arrancó de la penumbra en la que estaba sumido. Llevaba varios días que me resultaba imposible levantarme con el despertador. Había algo que me generaba un cansancio insaciable.      Tenté la cama y la mesilla en busca del maldito móvil. Maldije la hora que puse el Gangnam Style como tono de llamada y aun así, no me dio tiempo de cogerlo. Cuando vi la pantalla ya se amontonaban doce llamadas de Elena. Me había vuelto a quedar sopa.      La luz fuerte de las diez de la mañana de agosto envolvía todo el dormitorio. No sé cómo me quedé dormido sin quitarme ni la ropa, pero estar vestido me acababa de salvar de un despido seguro.      Salté de la cama. Metí el móvil en el bolsillo del pantalón, ajusté el cinturón y metí mi camisa por dentro. Me puse un poco de colonia para disimular y salí de la habitación. Aún descalzo pasé por la cocina junto a la entrada y me metí entre los dientes un trozo de pizza de la noche anterior. Un desayuno clásico desde

Relato: Dinosaurios

Dinosaurios      El taxi paró junto al camino que cruzaba el jardín. Llevaba desde navidad sin venir por casa y aquí parecía que se había parado el tiempo. Las luces de adorno siguen en el porche y mi padre ha vuelto a salir en bermudas y sandalias a recibirme.      —Hola, papá.      —¡Por fin! Llevo un par de horas esperándote y nada, que no aparecías. ¿No viste las llamadas? —Se acercó y me arrancó el abrigo del brazo donde lo llevaba colgado.      —¿Ya estás otra vez con eso? Sabes que desde lo de las torres gemelas no podemos tener el teléfono encendido en el avión.      —Cierto. Venga pasa, tiene que darnos tiempo a prepararnos.      Cuando entramos en la casa me costó un poco que se acostumbraran mis ojos a aquella penumbra. La casa se había convertido en una especie de santuario con fotos de mi madre por todos lados. Más de treinta conté, ¡sólo en el salón!      Colgó mi abrigo en el perchero de la entrada junto a sus gorras y el chubasquero. Me pidió que le diera la mochila don