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Novela: No mires a los ojos. Capítulo 3

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Capítulo 3     Hice un pequeño gesto disimulado para alejar la mochila del señor Chalecos. La cosa ya estaba suficientemente rara como para que encima se enteraran de lo que llevaba en la mochila. La idea en ese momento era clara, ir a la habitación a refrescarme un poco, cenar y dormir hasta que abrieran la gasolinera para continuar mi huida. Y ante todo, pasar desapercibido, aunque siendo el único huésped del establecimiento se me antojaba un poco difícil.     El olorcillo a rancio me devolvió la cabeza al ahora. Nos quedaba pasar por delante de una de las habitaciones antes de la que tenía la puerta abierta. Yo caminaba delante y mi anfitrión continuaba con su mano aparcada en mí, sin permitirme girarme hacia atrás.     Solo escuchaba sus pasos y los míos sobre la moqueta por lo que dí por sentado que, Lucía, se había marchado junto con el cocinero y me relajé un poco.     —Jefe, menos mal que ha bajado de revoluciones. Estaba tan acelerado que pensé que le iba a dar un parraque.   

Este domingo, El salto de los inocentes: GRATIS

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      Este domingo estaré regalando mi novela "El salto de los inocentes" en Amazon en su edición para Kindle.     Se trata de una novela de suspense con toques distópicos y ligeramente futurista. Seguro que no te defrauda.     Es el único día del año donde estará disponible este regalo así que no lo dejes escapar.     Bájalo, comparte este post y deja tu comentario en Amazon.     Mil gracias por estar ahí.     Si ya lo leiste... ¿qué te pareció?¿Eres del equipo Sosa o el equipo Ortiz?     Te leo en los comentarios.

Novela: No mires a los ojos. Capítulo 2

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Capítulo 2     Comencé mi pequeña procesión hasta la luz caminando emparedado entre mis caseros. Delante de mí las sandalias seguían chirriando cada vez que su talón las rozaba. Detrás la chica no emitía ningún tipo de sonido destacable. Se limitaba a seguirnos.     El pasillo no era especialmente ancho, creo que podría tocar ambas paredes con las palmas de mis manos si me abriera de brazos y eso que no llego al metro setenta. Aunque mirándolo mejor, mejor no tocar aquellas paredes grises y rugosas.     Llevé la vista hacia la pared del fondo y sobre la pared izquierda, frente a la puerta, había un pequeño marco que deduje pertenecía a un espejo por el cuadro pequeño de luz reflejado en la pared contraria.     Las puertas se sucedían una tras otra cada cinco o seis metros. Un pequeño número metálico estaba clavado en la parte donde iría una mirilla y, al contrario a otros hoteles más modernos, conservaban un pomo con cerradura como método de apertura.     Una puerta, rechinar de pies,

Novela: No mires a los ojos. Capítulo 1

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Capítulo 1     Entré siguiendo sus pasos en el amasijo de ladrillos y gotelé que parecía regentaba. Y una bofetada de aire caliente me golpeó la cara. Él siguió caminando hasta detrás del mostrador. Hasta que no entramos no pude percibir como las sandalias que llevaba rechinaban a cada paso que daba el muchacho con sus piés sin calcetines y el gustoso olor a los mejores quesos manchegos que rodeaba el recibidor.     Me paré un par de pasos después de cruzar la entrada, justo delante del mostrador y la puerta se cerró de golpe detrás de mí. Abracé la mochila y miré hacia atrás con el corazón en plena fuga de mi pecho.     —Pero no se preocupe, es que cuando abrimos para ventilar las habitaciones se monta corriente y las puertas se cierran de golpe. Por eso no tienen cristales. En fin, a nombre de quién pongo la habitación.     Dejé de mirar la puerta y la vista se acomodó al tono lúgubre que tenía aquella sala enmoquetada. El gotelé amarillento cubría paredes y techo y, salvo un cuadro

Novela: No mires a los ojos. Capítulo 0

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Capítulo 0     Paré el coche junto a la entrada del motel. La única farola que regentaba el parking exterior se encendía y apagaba continuamente, como si tuviera algún tipo de tic nervioso causado por estar parada en ese lugar.     El edificio era una mole alargada con unas cuantas ventanas en los laterales y una puerta de doble hoja en uno de sus extremos. Junto a esta un tipo con unas bermudas hawaianas y sandalias de natación tenía puesto un chaleco rojizo de donde colgaba una pegatina con su nombre.     Parece que en algún momento temporal el edificio fué de color blanco, pero creo que eso fue solo el día que lo inauguraron. El hollín de los tubos de escape de la nacional seguro que había tenido algo que ver con el color gris de la pared y la piel del recepcionista.     Miré hacia la puerta y el chico me miró mientras aspiraba con fuerza el cigarrillo sujeto por sus labios y yo volví a mirar la gasolinera cerrada junto al edificio. Y de nuevo miré la luz roja que me indicaba que ha

Relato: la vecina

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La vecina     Martina, mi vecina del tercero A tiene poco más de trece años. Llegó hace un lustro con sus madres huyendo de la capital.     Antes era una cría adorable que con el paso de los años se ha convertido en la mayor maleducada del mundo. Si nos ve a mí o mi marido llegando al portal, sale corriendo para entrar ella primero en el ascensor. Nos habla como si fuéramos el grupo de amigas esas a las que ve en el parque mientras fuma y bebe cerveza con una sucesión de tacos que describen las partes más íntimas de la anatomía humana. Incluso hay ocasiones en las que hace eso mismo en la entrada del bloque y para pasar parece que estamos haciendo slalom. Creo que no hace falta resumir que la jovencita nos tiene hasta el último pelo del remolino de la cabeza.     Aún recuerdo cuando llegaron y utilizamos los pomperos de mis nietos para que se entretuviera. Saltaba como una gacela de esos documentales que tanto le gustan a mi Paco. Saltaba y brincaba explotando las pompas, pidiendo que

Relato: materia prima

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Materia prima     Un par de puntos rojizos brillaban junto a la cortina del salón. Con la respiración acelerada, Claudia estaba sentada en el suelo abrazándose las piernas con las manos cubiertas de sangre.      —Señorita, nos han llamado para denunciar bastante ruido, ¿se encuentra bien? —dijo Elisabeth iluminando su cara con la linterna.      —Ha llamado la vecina de abajo, ¿verdad? Esa zorra envidiosa.      —Discúlpeme pero las preguntas las hago yo. ¿Está sola?      Claudia miró hacia su izquierda y Elisabeth siguió su mirada con la linterna. Un cuchillo jamonero estaba a unos pocos centímetros de su pie. Siguió recorriendo el suelo donde un pequeño río de sangre poco a poco iba ganando caudal. Una zapatilla torcida con su inquilino aún unido a ella hizo que levantara la luz de golpe para volver a iluminar la cara de Claudia. Sacó su pistola y la apoyó debajo de la luz.      —¡No se mueva y coloque las manos sobre su cabeza!      —Usted no lo entiende. Me tiene envidia. ¿Y llama a