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Relato: El brandy

El brandy      Sabes esa sensación que tienes cuando te despiertas y alguien te está respirando a un palmo de la cara con la mirada fija en ti. Pues ahí estaba yo. Con los gentiles toques rodilla-costado de mi mujer mientras me enseñaba la hora en el móvil.      Que vale que me había quedado dormido sobre el colchón de la cuna que se supone debería estar montada hace ya unos días, pero es que no me da tregua. Que si el armario para el bebé, que si el cambiador para el bebé, que si el trozo de jamón a las tres de la mañana para que el bebé salga sin un solo antojo.       —José, no entiendo como puedes haberte quedado dormido con la cuna a medio montar. ¿Me lo explicas?      Apenas había abierto el ojo y ya tenía encima la preguntita. «A ver que respondo para que no sea interpretado como un crimen de estado». Me incorporé un poco sentándome sobre el parqué, me froté los ojos y comencé a generar la correspondiente excusa.      —¿A caso crees que iba a dejar que nuestro bebé durmiera en es
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Relato: La piña

Relato: La piña      Tocamos un par de veces el timbre que custodiaba la puerta de entrada, sin mucha fortuna. El barullo que se escuchaba detrás de la pared no hacía pensar en que ninguno de los que ya estaban dentro se percatara de que aún no habíamos llegado.      Raúl, mi marido, me puso ojitos como diciendo: “Si no abren, ¿nos podemos volver a casa?” y justo después saco a pasear un pequeño puchero que solo usaba para las causas perdidas. Nunca le gustaron las reuniones familiares y hacía lo imposible para evitarlas. A mí me producía una sensación extraña. Verlo allí de pie, con el labio inferior sobresaliendo, los ojos medio caídos y con una piña, como su mejor aporte a la cena, en su regazo era entre ridículo y gracioso a partes iguales.      —Mamá, ¿quieres que llame yo?      Aparté un poco el recipiente de salpicón de marisco que sostenía con ambas manos y allí estaba Mikel. Con los ojos como platos tirando de la pernera de mi pantalón y no pude más que asentir.      —Raúl, ¡d

Relato: En directo

En directo     Todos se sientan en torno a lo que ellos llaman mesa. Siempre con la mirada fija en la cámara que tienen justo en frente para no dejarla escapar. Como perros de caza levantan sus orejas al toque de un pequeño piloto rojo que ilumina el punto exacto donde dirigir sus palabras.     Para abrir boca, un barco semi hundido con una decena de migrantes desaparecidos y un barco pesquero que consigue salvar a un par de ellos. El color de la piel justifica todo tipo de fábulas con respecto a su origen y condición. Los deshumanizan. Los dejan desnudos con sus focos hasta que, consumidos, los amontonan en el centro del plató de cualquier manera.     —Quince.     De segundo plato, una madre llora a su hijo después de que decidiera ser libre desde un quinto piso. La decisión más complicada fue sencilla gracias a sus compañeros de clase. Es el momento de sacar caras borrosas, insultos y patadas. Todo el mundo sabía que no estaba bien. Todo el mundo intentaba ayudar y todo el mundo frac

Relato: Corre

Corre     Mis talones golpeaban la arena seca del camino levantando una pequeña polvareda, que al poco volvía a depositarse sobre el suelo. La sangre salía frenética de mi corazón alimentando mis músculos. Corría tan rápido como podía, pero después de tanto tiempo sin tomar una postura erguida, era realmente complicado sacar todo el provecho a mi escuálido cuerpo.     Cuando pensé que estaba lo suficiente lejos, me lancé contra uno de los matorrales que había en la linde entre el camino y el bosque y miré hacia mi punto de partida.     Mi pecho se inflaba y desinflaba sin que yo pudiera más que abrir la boca para aliviar mi necesitad de oxígeno. Intentaba permanecer inmóvil pero aún me temblaban las manos y no podía controlar el vaho que salía de mi boca.     El inicio de la senda permaneció impertérrito hasta que un par de puntos rojos emergieron de la oscuridad. Un enorme lobo de lomo plateado y barriga blanca salió de la sombra y miraba directamente hacia donde yo estaba guarecido.

Relato: El adiestrador de coches

El adiestrador de coches      No había conseguido aún despegarme el sueño de la cara y me costaba una barbaridad mantener los parpados abiertos. Llegué como unos cinco minutos antes de la hora de apertura y el portón principal del taller seguía cerrado.      Frente a este, un Mercedes estaba estacionado sobre la acera y el conductor se encontraba con un pequeño folleto en la mano de los que repartí la noche anterior.      —¿Trabajas aquí? —preguntó sin apenas darme los buenos días.      Llevaba un traje italiano con corbata estrecha de las que me daban tanto coraje ver. Los zapatos parecían que habían sido pulidos con pelo de lomo de panda y brillaban más que las gafas de sol a través de las que me miraba el tipo por encima del hombro.      —Buenos días. Sí, en cinco minutos abrimos.      —Joder, no tengo cinco minutos —dijo con tono enfadado—. ¿Tú podrías darle un vistazo rapidito?      «Vistazo» y «rapidito» son las dos palabras que más le gustan a mi jefe. De hecho, él las escucha c

Relato: La visita

La visita     Nuestra nueva casa era ligeramente distinta a como se la había imaginado. El suelo tenía un revestimiento de mármol blanco que proporcionaba a la sala principal una agradable sensación a fresco. Las paredes estaban hechas de piedra pulida y el techo estaba un poco abovedado. Quizá lo más incómodo eran las camas, que más bien parecían sacadas de un hotel cápsula de Japón.     Yo llegué en marzo y me dio tiempo a conocer un poco el sitio antes de que llegara mi mujer en junio.     Lucía, aún estaba un poco descolocada con todo esto. Estaba tan apegada a su televisión y las tertulias de Telecinco que, ahora, no encontraba que hacer con tanto tiempo libre.     Por las mañanas siempre paseábamos sin alejarnos demasiado de la entrada al panteón. Los menos afortunados, tenían que compartir una escuálida estructura vertical de cinco alturas con gente a la que nunca conoció en vida y se veían obligados a soportarse. Siempre se montaban corrillos delante de los nichos y era raro qu

Novela: El salto de los inocentes

  El salto de los inocentes Capítulo 1     Nos detuvimos junto al cordón policial. Las luces azules y anaranjadas teñían la fachada de los edificios de la calle. La vecina del segundo se asomaba curiosa entre las cortinas de su habitación entre los destellos. Un poco más arriba, en el balcón del cuarto, las cortinas del salón trataban de escaparse por el cierre empujadas por el viento. En el suelo había tres bultos de distinto tamaño cubiertos por mantas reflectantes sobre un espeso lago rojo.     El inspector Ortiz fue el primero en bajar del coche. Yo eché mano a la bolsa donde llevaba la cámara y los distintos productos para tomar las muestras. Abrí la puerta y bajé. Me quedé mirando el interior del vehículo en busca de cualquier cosa que me pudiera estar olvidan-do cuando la voz ronca del inspector llamó mi atención.     —¿Está lista, señorita Sosa?     —Sí, perdone, no quería que se me olvidará nada. Ya sabe, no estoy muy acostumbrada a hacer estas cosas y no es lo mismo aquí que