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Novela: El salto de los inocentes

  El salto de los inocentes Capítulo 1     Nos detuvimos junto al cordón policial. Las luces azules y anaranjadas teñían la fachada de los edificios de la calle. La vecina del segundo se asomaba curiosa entre las cortinas de su habitación entre los destellos. Un poco más arriba, en el balcón del cuarto, las cortinas del salón trataban de escaparse por el cierre empujadas por el viento. En el suelo había tres bultos de distinto tamaño cubiertos por mantas reflectantes sobre un espeso lago rojo.     El inspector Ortiz fue el primero en bajar del coche. Yo eché mano a la bolsa donde llevaba la cámara y los distintos productos para tomar las muestras. Abrí la puerta y bajé. Me quedé mirando el interior del vehículo en busca de cualquier cosa que me pudiera estar olvidan-do cuando la voz ronca del inspector llamó mi atención.     —¿Está lista, señorita Sosa?     —Sí, perdone, no quería que se me olvidará nada. Ya sabe, no estoy muy acostumbrada a hacer estas cosas y no es lo mismo aquí que
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Relato: La mudanza

La mudanza      Di un par de vueltas a la llave en la cerradura y esta se abrió. La casa no era muy grande y darle un último vistazo antes de marcharme no debería costarme más de diez minutos.      En la entrada de la casa solo quedaban un par de maletas con ruedas y un perchero de madera con tres colgadores atornillado directamente a la pared y sin nada colgado.      A la derecha, una puerta daba a la cocina donde los muebles estaban huérfanos de electrodomésticos. En el suelo había pequeños restos de serrín de madera que hacían que la superficie estuviera bastante resbaladiza y decidí no tentar a la suerte. Con menos de eso resbaló mi María y, una rotura de cadera después, ya no volvió a ser la misma. “Que suerte que no estés aquí para ver esto”.      Dejé la cocina de lado y entré en el salón diáfano. En el parqué de madera y las paredes quedaban las sombras de lo que un día fueron muebles o cuadros. Pero en ese momento ya no quedaba nada.      Lo mismo pasaba en las habitaciones de

Relato: La caza

La caza     Aparcamos el mercedes en el lateral de la casa, junto a un par de olmos y una vieja bicicleta. El suelo estaba asfaltado y, al contrario que en el resto de camino desde la entrada de la finca, los neumáticos se deslizaban por él sin hacer apenas ruido.     Levanté la cabeza en dirección a la ventana de mi habitación en busca de una señal de vida. Cuando planifico una escapada de fin de semana mi hija acostumbraba a traerse a sus nuevas conquistas a casa y, cuando vuelvo antes de tiempo, me gustaba asegurarme de no encontrarme con ninguna escenita complicada. Y estaba claro que ese no iba a ser el día. Dulce caminaba hacia atrás cayendo de espaldas a la altura de la ventana junto a la cama. En la ventana contigua, un chico con el torso desnudo se reía y avanzaba en la dirección a mi hija, desapareciendo un instante después.     —Manolo, dame unos cinco minutos que tengo que solucionar unas cuestiones con mi hija.     —Un minuto o una hora. Lo que necesites, reina.     Arranq

Relato: Saltadores de humo

Saltadores de humo      —Estaremos sobrevolando el perímetro del incendio en unos tres minutos.     —Oído, Jerry —dije mientras me colocaba de nuevo el casco. Levanté la cabeza y seguí hablando.     »Chicos, este pequeño demonio se está poniendo muy feo. Parece que ha empezado con una barbacoa en una de las casas que están dispersas por la zona. El área de propagación está cubierta de chaparral y nos esperan unas agradables temperaturas de 135 grados. —Todos sonrieron—. ¡Hoy vamos a darlo todo!     Las confirmaciones se sucedieron una tras otra en mi oído, pero no los veía especialmente emocionados. El primer salto del año siempre es especial. Por un lado, está la adrenalina acumulada del que quiere empezar cuanto antes y, por otro, el miedo a poder perderlo todo. Pero de esto último no está permitido hablar hasta que termine la última misión de la temporada.     Llevábamos un par de meses practicando las técnicas de extinción y para más de la mitad de los chicos será la primera vez qu

Relato: La maratón

La maratón      El humo de la bala de fogueo ascendió después de que sonara el disparo de salida. Casi se desvaneció en el aire y, tanto yo como los que me rodeaban, apenas habíamos podido dar un par de pasos.      Estaba nervioso, como otros tantos de los que estaban allí, era mi primera carrera. Cada uno teníamos nuestros propios motivos y todos se empeñaban en hacer ver que el suyo era mejor que el siguiente. Algunos corrían por dar visibilidad a alguna enfermedad rara, otros por el simple hecho de darle con la foto de la meta en los morros a algún familiar, amigo o individuo especialmente quisquilloso. Hay quien corre por sus hijos. En mi caso solo estaba allí por salir un poco de mi rutina.      El día a día como cajero en una sucursal bancaria no es precisamente un parque de atracciones. Muchos lo ven como un trabajo soñado. «Ahí, todo el día tocándote los...», bueno, ya me entendéis por donde voy. Pero eso es lo que ven los demás. Yo tengo que ver como cada día pasan por la sucu

Relato: En la catedral

En la catedral      Cada paso que daba en aquella pequeña plaza resonaba como un tambor golpeado por un niño. Las paredes de piedra que la abrigaban hacían una caja de resonancia perfecta y la ausencia de turistas generaba una sensación de vacío que ayudaba a que el sonido se volviera en mi contra.      En el suelo aún quedaban pequeños cúmulos de pétalos artificiales agrupados por el viento. La catedral era uno de los mejores sitios donde poder casarte y cada fin de semana había tres o cuatro bodas. Es sorprendente como alguien puede llegar a esperar casi un año para casarse en la catedral de Burgos.      Me senté en uno de los bancos de madera más alejados a la fachada para intentar no dejarme el cuello mirando hacia arriba. Yo nunca he sido un tipo de los que llega pronto a los sitios, pero la ocasión lo merecía y llegué unos veinte minutos antes de la hora acordada.      Comenzó a levantarse una ligera brisa heladora que me hizo tirar de la cremallera de mi cazadora hasta arriba, e

Microrrelato: No mires a la luz

No mires a la luz —Los dejaremos entrar —dijo Miguel. —Es una mala idea —replicó Carlos —. Vienen con buenas palabras y tratarán de que creamos en ellos, pero solo quieren separarnos… —No es cierto —masculló. —Solo quieren que yo muera. No puedes permitírselo. ¿Es que no lo ves? —gritó. —Lo siento, pero ya he abierto la cerradura. La puerta quedó entreabierta y el viento trajo un leve murmullo. Una luz tenue recorrió la mirada de Miguel. La linterna del psiquiatra por fin detectó una reacción en la exploración diaria. Habían pasado dos meses desde el último brote psicótico.   El relato que acabas de leer forma parte de mi libro Retales de un mundo mayor (disponible en Amazon )    ¿Te gustó el microrrelato? déjame tu opinión en los comentarios.  También puedes suscribirte a la lista de correo para no perderte nada. Y no olvides entrar en  http://www.evora.es  para leer más historias como esta. Créditos: Photo by Joshua Gresham on Unsplash