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Microrrelato: ¿A qué sabe el brandy?

¿A qué sabe el brandy?      Con 12 años me quedé huérfana. No es que mi padre tuviera mala salud, solamente se opuso a las ideas equivocadas y terminé llorándole junto al muro exterior de la casa. De ese momento, recuerdo que hice un movimiento brusco, zafándome del guardia que me atenazaba por los codos. Que tomé una piedra del suelo que estrellé contra la cara de aquel hijo de puta. Acto seguido él me golpeó con toda su fuerza en la cara. La hostia que me dio aún la noto en el oído izquierdo. Eso y la marca del anillo de casado del muy cerdo. Entre risas se marcharon y me dejaron llorando desconsolada.      Después de eso, pasé un tiempo alejada del pueblo. Estuve viviendo con unos vecinos hasta que mi tía Francisca recibió la carta que le envié y pudo venir a buscarme.      A los 16 ya tenía hechuras de mujer adulta y volví en busca de trabajo. No fue muy difícil. En aquel antro no le preguntaban la edad a nadie y mucho menos si enseñabas un poco de escote. Ellos buscaban a alguien
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Microrrelato: El concurso

El concurso     —Vamos con la número quince: ¿Están seguros de querer volver a estar solos? —El presentador lanzó la última pregunta y la cuenta atrás de un minuto se puso en marcha.      Los dos nos quedamos mirando el piloto rojo de la cámara. Estábamos a una respuesta de cumplir nuestro deseo. El polígrafo se había mostrado implacable con las otras parejas y había abortado de manera abrupta sus sueños de adoptar o tener una carrera universitaria. Pero eso no nos pasaría a nosotros, lo teníamos claro.      Del detector salían dos brazaletes para medir la presión sanguínea que nos apretaban en el brazo. El zumbido sordo del paso de la sangre iba y venía, pero conseguimos ignorarlo. Teníamos también un par de diodos colocados en la sien para captar los impulsos nerviosos. Llevábamos una hora de concurso y el sudor de la frente causaba un falso contacto de los cables con la piel, recibiendo pequeñas descargas eléctricas. Treinta segundos y todo terminaría.     Miramos al tiempo restant

Microrrelato: Dulce sabor a margaritas

Dulce sabor a margaritas      Cojo tu mano y salimos corriendo. El cura mira perplejo nuestra huida. Tu ex suegra me golpea en la cara con un ramo de flores que decoraba la primera fila, pero no me detengo. Salto algunas piernas y te abro paso a empujones por el pasillo. La marabunta ruge a nuestras espaldas mientras salimos a la calle donde el coche nos espera.      Miro por última vez hacia la iglesia. Al fondo sigue el novio petrificado en el altar. No esperaba que me opusiera al enlace haciendo publica su aventura con el vecino del segundo, pero antes de ser el padrino, yo ya estaba enamorado de ella.    ¿Te gustó el microrrelato? déjame tu opinión en los comentarios.  También puedes suscribirte a la lista de correo para no perderte nada. Y no olvides entrar en  http://www.evora.es  para leer más historias como esta. Créditos: Photo by Annie Spratt on Unsplash

Microrrelato: Sigamos a la estrella

Sigamos a la estrella      —Melchor, ¿estás seguro de que vamos en buen camino? —Preguntó Gaspar inquieto.      —No te preocupes, seguimos a la estrella de Belén. —Señalaba el cielo siguiendo con el índice el punto luminoso más brillante. Se apagó y volvió a encender. Lo acompañaban un par de luces rojas.      —Eso es un avión, viejo senil. — Masculló Baltasar mientras tenía la mano a la frente y agitaba la cabeza.      —No nos pongamos tensos, que ya no somos cuatro, ni estamos en el año 0. Tenemos camellos de sobra, no es necesario que echemos a suerte a quien nos comemos.    ¿Te gustó el microrrelato? déjame tu opinión en los comentarios.  También puedes suscribirte a la lista de correo para no perderte nada. Y no olvides entrar en  http://www.evora.es  para leer más historias como esta. Créditos: Photo by Jakub Jacobsky on Unsplash

Microrrelato: Cuestión de instinto

Cuestión de instinto      Sacó del bolso un pliegue de periódico y lo dejó encima de la cama. Después tomó el teléfono y marcó. Lo sostenía oprimiéndolo con el hombro derecho contra su cara mientras se colocaba el pendiente en la oreja izquierda.      —¿Policía? Quería denunciar un asesinato… ¡Si!, en la casa desde donde llamo. —Siguió abotonando su camisa blanca que estaba salpicada levemente de sangre. —Si, seguro que está muerto… Está tumbado con una almohada de sangre bajo la cabeza… Yo diría que es un ajuste de cuentas. —Ajustó su falda negra y dejó caer el teléfono sin colgar.      Se puso el abrigo de visón que le cubría desde el cuello hasta la rodilla, colgó su bolso del codo y recogió los zapatos de aguja con su mano. Aún tenía los pies deformados de la última transformación.      Saltó el cuerpo de su víctima y con paso firme salió a la calle dejando la puerta abierta. Tomó rumbo a la boca de metro más cercana. Antes de llegar, paró a comprar el periódico.      —Esta noche t

Microrrelato: La fábrica de copos de nieve

La fábrica de copos de nieve      Aterrizó el trineo cerca del centro del lago helado. La capa era aún fina y crujió con el peso de los renos. Abrió la puerta y apuntando al suelo con la mano lo invitó a bajar. Al pisar con sus zapatillas el suelo, un escalofrío lo recorrió desde el pie hasta el cuello. Acto seguido entrecruzó sobre su pecho el batín que llevaba.      —¿Dónde estamos? —Consiguió decir entre el castañeteó de sus dientes.      —Este es el punto donde se fabrican los copos de nieve. —Se bajó del trineo de un salto y sus botas golpearon el hielo creando una leve grieta. Colocó su mano sobre el hombro de Daniel y empezaron a caminar hacia el centro del lago.      —¿Y esto como va a hacer que yo crea en ti? ¡Solo eres un gordo con disfraz! —Replicó y el vaho cubrió su cara.      —Antes de ser nieve, toda el agua de las nubes es igual. —Detuvieron su marcha y comenzó a caminar alrededor de él. —Al precipitarse, algunas gotas se transforman en majestuosos y únicos copos de nie

Microrrelato: El voto

El voto      Apagó el despertador con un par de manotazos. Aún aturdido, tomó un marco de fotos de la mesilla de noche y le dio un beso.      —¡Buenos días, María! — dijo mientras lo volvía a dejar en su sitio.      Se sentó sobre en el lateral de la cama. Con aires torpones, se puso el pantalón y la camisa que dejó preparados la noche anterior. Revisó el bolsillo interior de la chaqueta para ver si estaba el sobre con su voto antes de ponérsela. Por último, se calzó y salió a la calle.      El aire era frío, pero no le molestaba especialmente. El olor de la churrería impregnaba el aire haciendo muy agradable su paseo. Después de votar ya volvería en busca del chocolate con churros de rigor.      Llegó de los primeros al colegio electoral, revisó la lista del censo en la entrada y se dirigió a la mesa asignada.      —Buenos días —Saludó sin obtener ninguna respuesta de los componentes de la mesa.      —¡Hola! Me llamo José Domínguez y he venido a ejercer mi derecho constitucional... —S