Relato: el entrenamiento

Relato el entrenamiento

El entrenamiento

    Desperdiciar fuerzas conmigo. Eso era lo único que le importaba después de haberme cruzado la mano por la cara como un tren que arrolla a un conejo insignificante. Imparable. Sin inmutarse lo más mínimo.

    En la academia O'Connor nos inculcaron desde el primer día que el hombre que proporciona información era un cadáver en potencia. Ya sea porque nos liquide su captor o porque nuestro propio gobierno decida que ya no es de utilidad.

    La primera semana de formación es relativamente variada. El señor M se limita a pasear entre nosotros con una libreta deseando tachar el siguiente nombre.

    El barracón donde vivimos apenas tiene un tragaluz en el techo y salvo cuando entra él y se va, no tenemos noción alguna del momento del día en el que estamos. Las raciones de comida son claramente insuficientes y las colocan en el centro de la sala en una posición intermedia entre las literas. Solo hay comida para un par de nosotros y, en cierto modo, esto ya es una forma de criba. Al principio todo fue buen rollo, que si compartíamos los platos a partes iguales, que si toma este trozo que a mí no me apetece. Después de dos días, es oír el ruido metálico de las ruedas del carrito de la comida y poder leer la furia en la mirada de mis compañeros. Nos han convertido en hienas. Sucias y despiadadas hienas.

    V fue el primero en ser tachado después de que X le clavara uno de los tenedores en un ojo. Fue sin más. Se acercó al plato por su espalda y X aprisionó el tenedor con fuerza, lanzó el brazo hacia atrás atravesando todo lo blando que rodea los párpados. Toda la comida se vio cubierta de sangre y perdimos uno de nuestros mejores tenedores. En cuanto a la comida, fue lo más cerca que ha estado esa masa marrón de ser un solomillo al punto.

    Aparte del momento ocioso de la comida, el señor M nos tenía preparadas sesiones intensivas de lo que él llama: Conoce tu cuerpo. Bonito nombre para englobar todo tipo de torturas que nos dan a conocer donde tenemos el umbral del dolor.

    El tercer día entró por la puerta con unas botas de goma gruesa. Miré disimuladamente al agujero del techo, pero no conseguí distinguir si fuera estaba lloviendo o no. Al bajar la vista vi como detrás de él llegaba el ruidoso carro de la comida, pero, en lugar de los suculentos manjares, solo portaba un cubo de agua, una batería de coche y unas pinzas. Y al cabo de unos minutos comprendí que nos tenían sin ropa para facilitar su trabajo. Amablemente colocó el extremo rojo en el dedo gordo de mi pie izquierdo y, tras humedecerme el cuerpo, con el extremo negro acarició mi brazo derecho.

    En la primera sesión desertaron otros dos compañeros, B e Y.

    Por si no lo había comentado aún, a parte de la ropa, también nos quitaron el nombre. X, V, o A, como me llaman a mí, es la letra que tenemos grabada a los pies de la litera donde dormimos. Nadie puede saber el nombre de nadie. Si esto sucede nos quedaríamos sin comida durante veinticuatro horas y el responsable sería expulsado inmediatamente.

    Por la noche suele haber incursiones en el barracón. Entran y se llevan a alguno. Normalmente aquellos que soportaron mejor el tratamiento con electroestimulación, ya me entendéis. Todas las noches sale uno y hasta ahora no ha vuelto ninguno.

    Seis noches tardaron en tocarme el hombro y cubrirme la cabeza con una bolsa de plástico negro. Caminé descalzo por la gravilla del suelo que aún conservaba el calor del día soleado y me ayudaron a sentarme sobre lo que en ese momento pensé que era una silla. Me pusieron una especie de grilletes que asían mis muñecas a una cadena soldada en mi asiento y me descubrieron la cabeza.
—Señor, A. Está usted a punto de someterse al examen final —dijo el señor M con su mirada fija en mí y sin parpadear una sola vez—. Solo tiene que decir, alto y claro su nombre.

    Dejé la mente en blanco y me limité a esbozar una pequeña sonrisa que fue respondida con un bofetón que me arrancó de cuajo un par de dientes. Y aunque el dolor era intenso, me reconfortaba el sabor metalizado de mi propia sangre. Devolví a su posición natural mi cabeza y escupí hacia el suelo una de las piezas que antes estaba en mi boca.

    —Señor, A. Parece que no ha comprendido mi pregunta. Diga su nombre y todo habrá terminado.

    Lo miré de nuevo sin mover ni un solo músculo de mi cara a lo que respondió golpeándome con la planta de su bota militar en el pecho, hundiendo mis costillas como si fueran conchas en la arena y tirando mi asiento hacia atrás. Golpeé bruscamente con la cabeza en el suelo y notaba como la sangre empezaba a recorrer a sus anchas mis pulmones. Traté de dar una bocanada de aire y un cubo de agua helada cayó sobre mi cabeza.

    Luego me cubrieron la cabeza con una toalla y empezaron a empaparla. Todo mi cuerpo parecía estar dentro de algún recipiente y el agua poco a poco iba cubriendo mi espalda.

—Pare esto, A. Solo diga su nombre y todo habrá acabado —comenzó a gritarme.

    Se que estaba cerca, podía sentir su respiración mientras seguía cayendo sobre mí el agua helada. Pero no dije nada.

    Y al cabo de unos minutos el agua paró. Empecé a escuchar pisadas que se alejaban de mí y una mano enguantada me agarró del cuello y tiró con fuerza para incorporar mi silla. Me quitó la toalla de la cabeza y respiré tan profundo como pude mientras no podía evitar toser pequeños esputos de sangre.

    Los focos que rodeaban mi posición se encendieron de golpe, cegándome por un instante y una voz grave comenzó a sonar por megafonía.

—Muy bien señor, A. La próxima vez, trate de ponerle mayor expresividad.

    Miré con los ojos entrecerrados intentando ver de dónde llegaba la voz. Al cabo de unos segundos, pude distinguir una cristalera situada sobre nosotros donde varias personas trajeadas se sentaban rebosando sobre sus sillones de piel.

    El más pequeño de los habitantes del ático acristalado se acercó a una especie de interfono y accionó con su mano el botón que lo habilitaba para hablar.

    —Señor, M. Por favor lleve a A al barracón número dos. Parece que está listo. Y usted —hizo una breve pausa mientras ojeaba una libreta igual que la de M—, señor Antonio García puede estar tranquilo.

    Me sorprendió que me llamara por mi nombre y me quedé inmóvil mirándolo fijamente mientras M comenzó a abrir las esposas que me sujetaban a la silla.
—Has completado la primera fase del entrenamiento —prosiguió el señor bajito—. Desde este momento su familia entra dentro del programa de protección de nuestro gobierno. Eso incluye cubrir cualquier tipo de necesidad económica tanto actual como futura. En lo relativo a usted, mis socios aquí presentes han valorado su cabeza en quince millones de dólares. Y ahora pertenece al grupo naranja. Tiene una semana para recuperarse de sus heridas antes de que empiecen los combates cuerpo a cuerpo. Recuerde que, por cada enemigo que mate, su importe será abonado a su apoderado. En el caso de su muerte enviaremos una corona de flores a sus familiares más cercanos como muestra de condolencia. Esperamos de corazón que disfrute de su estancia en nuestro espectáculo: El circo de la vida. Y que sea lo más duradera posible.

 

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Photo by Maria Krasnova on Unsplash

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