Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando entradas de octubre, 2021

Relato: El adiestrador de coches

El adiestrador de coches      No había conseguido aún despegarme el sueño de la cara y me costaba una barbaridad mantener los parpados abiertos. Llegué como unos cinco minutos antes de la hora de apertura y el portón principal del taller seguía cerrado.      Frente a este, un Mercedes estaba estacionado sobre la acera y el conductor se encontraba con un pequeño folleto en la mano de los que repartí la noche anterior.      —¿Trabajas aquí? —preguntó sin apenas darme los buenos días.      Llevaba un traje italiano con corbata estrecha de las que me daban tanto coraje ver. Los zapatos parecían que habían sido pulidos con pelo de lomo de panda y brillaban más que las gafas de sol a través de las que me miraba el tipo por encima del hombro.      —Buenos días. Sí, en cinco minutos abrimos.      —Joder, no tengo cinco minutos —dijo con tono enfadado—. ¿Tú podrías darle un vistazo rapidito?      «Vistazo» y «rapidito» son las dos palabras que más le gustan a mi jefe. De hecho, él las escucha c

Relato: La visita

La visita     Nuestra nueva casa era ligeramente distinta a como se la había imaginado. El suelo tenía un revestimiento de mármol blanco que proporcionaba a la sala principal una agradable sensación a fresco. Las paredes estaban hechas de piedra pulida y el techo estaba un poco abovedado. Quizá lo más incómodo eran las camas, que más bien parecían sacadas de un hotel cápsula de Japón.     Yo llegué en marzo y me dio tiempo a conocer un poco el sitio antes de que llegara mi mujer en junio.     Lucía, aún estaba un poco descolocada con todo esto. Estaba tan apegada a su televisión y las tertulias de Telecinco que, ahora, no encontraba que hacer con tanto tiempo libre.     Por las mañanas siempre paseábamos sin alejarnos demasiado de la entrada al panteón. Los menos afortunados, tenían que compartir una escuálida estructura vertical de cinco alturas con gente a la que nunca conoció en vida y se veían obligados a soportarse. Siempre se montaban corrillos delante de los nichos y era raro qu

Novela: El salto de los inocentes

  El salto de los inocentes Capítulo 1     Nos detuvimos junto al cordón policial. Las luces azules y anaranjadas teñían la fachada de los edificios de la calle. La vecina del segundo se asomaba curiosa entre las cortinas de su habitación entre los destellos. Un poco más arriba, en el balcón del cuarto, las cortinas del salón trataban de escaparse por el cierre empujadas por el viento. En el suelo había tres bultos de distinto tamaño cubiertos por mantas reflectantes sobre un espeso lago rojo.     El inspector Ortiz fue el primero en bajar del coche. Yo eché mano a la bolsa donde llevaba la cámara y los distintos productos para tomar las muestras. Abrí la puerta y bajé. Me quedé mirando el interior del vehículo en busca de cualquier cosa que me pudiera estar olvidan-do cuando la voz ronca del inspector llamó mi atención.     —¿Está lista, señorita Sosa?     —Sí, perdone, no quería que se me olvidará nada. Ya sabe, no estoy muy acostumbrada a hacer estas cosas y no es lo mismo aquí que

Relato: La mudanza

La mudanza      Di un par de vueltas a la llave en la cerradura y esta se abrió. La casa no era muy grande y darle un último vistazo antes de marcharme no debería costarme más de diez minutos.      En la entrada de la casa solo quedaban un par de maletas con ruedas y un perchero de madera con tres colgadores atornillado directamente a la pared y sin nada colgado.      A la derecha, una puerta daba a la cocina donde los muebles estaban huérfanos de electrodomésticos. En el suelo había pequeños restos de serrín de madera que hacían que la superficie estuviera bastante resbaladiza y decidí no tentar a la suerte. Con menos de eso resbaló mi María y, una rotura de cadera después, ya no volvió a ser la misma. “Que suerte que no estés aquí para ver esto”.      Dejé la cocina de lado y entré en el salón diáfano. En el parqué de madera y las paredes quedaban las sombras de lo que un día fueron muebles o cuadros. Pero en ese momento ya no quedaba nada.      Lo mismo pasaba en las habitaciones de