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Relato: La mudanza



La mudanza

    Di un par de vueltas a la llave en la cerradura y esta se abrió. La casa no era muy grande y darle un último vistazo antes de marcharme no debería costarme más de diez minutos.

    En la entrada de la casa solo quedaban un par de maletas con ruedas y un perchero de madera con tres colgadores atornillado directamente a la pared y sin nada colgado.

    A la derecha, una puerta daba a la cocina donde los muebles estaban huérfanos de electrodomésticos. En el suelo había pequeños restos de serrín de madera que hacían que la superficie estuviera bastante resbaladiza y decidí no tentar a la suerte. Con menos de eso resbaló mi María y, una rotura de cadera después, ya no volvió a ser la misma. “Que suerte que no estés aquí para ver esto”.

    Dejé la cocina de lado y entré en el salón diáfano. En el parqué de madera y las paredes quedaban las sombras de lo que un día fueron muebles o cuadros. Pero en ese momento ya no quedaba nada.

    Lo mismo pasaba en las habitaciones de los niños.

    La de mi José no la habíamos tocado desde que se marchó a Afganistán en lo que se empeñaron en vendernos como una misión humanitaria. Vamos a hacer trabajos humanitarios y mandamos a la guerra a niños de diecinueve años que nunca vuelven. O por lo menos nuestro José nunca volvió. Ahora estaba vacía como el resto.

    La de la niña seguía con las paredes llenas de posters de esos cantantes modernos que tanto le gustaban cuando rondaba los quince. La vida la llevó a trabajar a Bruselas y desde que marchó hace dos años, solo nos hemos podido ver una vez. Y porque vino por sus indispensables. Siempre fui muy severo con ella y ahora es normal que no quiera verme. Y aunque ella no lo quiera ver, está donde está hoy, en parte, por mi culpa.

    Pasé sin mirar mi habitación donde tantos recuerdos me volvían a la cabeza. Recuerdos de hace veinte años, cuando éramos felices.

    Volví al recibidor con los ojos enjugados en lágrimas y mirando las juntas de la madera del suelo. Levanté el asa de las maletas y una a una las puse en el rellano frente a la puerta.

    Miré por última vez dentro y cerré.

    Por un instante me quedé pensando si dar un par de vueltas a la llave o no con las mismas en la mano. Ahí estaba el llavero con la foto que nos hicimos la primera vez que fuimos todos juntos al zoo. Desenrosqué de la anilla el pequeño marco metálico y me lo guardé en el bolsillo.

    Sujeté las llaves entre el mango de una de las maletas y la palma de mi mano y caminé hasta el ascensor sin querer mirar atrás.

    Cuando salí del ascensor la luz de la sirena del coche de policía iluminaba de color azul impaciente el camino del recibidor hasta la calle.

    El portal estaba abierto y junto a los dos agentes seguía estando el repeinado del traje. Llevaba una corbata perfectamente colocada y los zapatos impolutos. El traje negro y la camisa totalmente blanca completaban el atuendo.

    Cuando me vio aparecer con las maletas, abrió su porta documentos de cuero y extendió hacia mí un folio impreso por una única cara. En la esquina superior el logotipo del banco parecía burlarse de mí.

    —Treinta y cinco años estuve pagando religiosamente para que ahora, por un par de impagos, pierda la casa.

    —Eso ya lo discutimos en su momento y los jueces dieron la razón al cliente que represento. Por favor firme aquí abajo y entréguenos la llave.

    Mostró una sonrisa donde me dejó ver sus asquerosos dientes afilados sedientos de una jugosa comisión.

    Solté la maleta y le ofrecí las llaves que me habían dejado marca en la palma de la mano.

    —Perfecto, veo que finalmente nos hemos entendido —dijo desencajando el documento de su portafolios y entregándomelo—. Y ahora si me disculpa; agentes, por favor acompáñenme a validar que todo está en orden y con esto terminamos.

    Me quedé parado viendo como el trío de individuos era engullido por el ascensor.

    Dejé las maletas junto a la puerta y crucé la calle donde un pequeño camión con mis muebles me esperaba con las puertas traseras abiertas. Di un último vistazo a todo lo que allí había y cerré la puerta.
Caminé hasta la puerta del conductor y este bajó la ventanilla.

    —¿Que pasa jefe, ya está todo? —preguntó el conductor.

    —Sí, llevas muebles para llenar un piso.

    —Perfecto —dijo y se reclinó sobre el asiento del copiloto, volviendo a incorporarse de manera inmediata—. Pues aquí tiene, los trescientos euros que habíamos comentado.

    Extendió la mano y me ofreció los seis billetes de cincuenta euros. Los cogí y los conté delante de él en voz alta para que no hubiera problemas.

    —Todo perfecto. Gracias.

    Di un par de golpes con la mano en la cabina del camión indicando que podía marcharse y me giré para que el conductor no me viera llorar.

    Enrollé los billetes entre sí y los guardé en el bolsillo de mi pantalón. Del mismo bolsillo saqué el llavero y me quedé mirándolo

    “Te prometo María que voy a estar bien. Hoy empiezo de nuevo con trescientos euros al igual que las trescientas pesetas con las que nos fuimos de casa tú y yo. Y aunque esto era más fácil cuando tú estabas conmigo, te prometo que no voy a volver a jugar”.

 

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Créditos: Photo by Théo Dorp on Unsplash

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