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Relato: Reflejos

Relato: Reflejos

Reflejos

    El sonido del teléfono me arrancó de la penumbra en la que estaba sumido. Llevaba varios días que me resultaba imposible levantarme con el despertador. Había algo que me generaba un cansancio insaciable.
    Tenté la cama y la mesilla en busca del maldito móvil. Maldije la hora que puse el Gangnam Style como tono de llamada y aun así, no me dio tiempo de cogerlo. Cuando vi la pantalla ya se amontonaban doce llamadas de Elena. Me había vuelto a quedar sopa.
    La luz fuerte de las diez de la mañana de agosto envolvía todo el dormitorio. No sé cómo me quedé dormido sin quitarme ni la ropa, pero estar vestido me acababa de salvar de un despido seguro.
    Salté de la cama. Metí el móvil en el bolsillo del pantalón, ajusté el cinturón y metí mi camisa por dentro. Me puse un poco de colonia para disimular y salí de la habitación. Aún descalzo pasé por la cocina junto a la entrada y me metí entre los dientes un trozo de pizza de la noche anterior. Un desayuno clásico desde que ella me dejó. Humedecí mi mano en el fregadero, me limpié la cara y peiné el poco pelo que me quedaba.
    En la entrada, me colé las zapatillas mientras terminé de dar buena cuenta de la pizza y me fui directo al garaje.
    Antes de arrancar el coche, las llamadas trece y catorce llegaron al teléfono. En mitad de la quince el manos libres conectó automáticamente.
    —¿Dónde coño te metes Miguel? — Sonaba tan enfadada que resultaba adorable.
    —Voy en camino, estoy en un atasco tremendo, pero parece que ya empieza a moverse…
    En ese momento la puerta del garaje crujió. Y ella no había sido capaz de olvidarse de aquel ruido en los tres meses que llevamos separados.
    —¡Pero si eso es la puerta del puto garaje!
    —Sí, es que anoche no sé qué pasó que…—solo dudé un segundo
    —No me cuentes tus mierdas con tus amiguitas y mueve tu culo hasta aquí, ¡ya! Te paso la ubicación. Esta noche ha caído otro.
    —¿Otro?
    —Sí. Estoy aquí con el comisario Gutiérrez, así que pon la puta sirena y písale si no quieres que nos despidan a los dos.
    No me dio tiempo a responder cuando la llamada finalizó y se encendió la radio del coche. «José Luís Bohórquez, el magnate del ladrillo fue asesinado esta noche en su ático en el centro de Madrid. Según fuentes policiales …» La pantalla del móvil parpadeó cuando recibí la ubicación. Justo la casa del señor Bohórquez.
    Si algo tenía de bueno quedarse dormido en este Madrid es que a las 11 de la mañana ya no había atascos ni tampoco había narices de aparcar. Por fortuna la sirena y la doble fila eran mis aliadas.
    Cuando llegué a la Milla de oro, allí estaba ella esperándome junto a la entrada del edificio. Charlaba de manera distendida con el comisario. La veía feliz después de deshacerse de un inútil como yo. Feliz hasta que me vio acercarme. Entonces su entrecejo se arrugó y de la risa pasó a una mirada que, si hubiera podido liquidarme en ese momento, lo habría hecho.
    —Buenos días. Disculpadme, pero había un atasco increíble en la M-30— Por suerte para mí despreciaron mi explicación y entraron directamente al edificio.
    Los tres subimos juntos en el ascensor. Gutiérrez seguía manteniendo su semblante serio. Era uno de los comisarios más reputados de la ciudad y este caso era un encargo directo del ministerio de interior. O eso creo. La verdad es que el hombre hablaba poco. Básicamente observaba nuestro trabajo y nos pedía los informes, menos con Elena.
    Ella miraba fijamente la botonera que se iluminaba frenéticamente hasta llegar al ático. Nunca le gustaron los sitios cerrados y en esas circunstancias una leve película de sudor cubría su frente. Joder estaba preciosa. Su pelo rubio lo llevaba recogido con un bolígrafo. De su hermoso cuello colgaba una Nikon de 35mm. En la mano derecha llevaba el maletín para la toma de muestras. Me miró a los ojos y con un movimiento de cabeza llamó mi atención.
    —¿Dime, Elena?
    —¡Que salgas Fernández!
    La puerta se había abierto a mi espalda y ni me había dado cuenta. Está claro que sigo enamorado de ella. «Venga, ¡céntrate!».
    Los compañeros del SAMUR seguían en el piso. La viuda del empresario estaba sentada en un sillón del salón llevándose las manos a la cabeza de manera repetitiva. «Se fue por el espejo», repetía una y otra vez. Su cara estaba pálida y desencajada.
    —¿Sois los de homicidios? —Llamó nuestra atención un médico desde el fondo del pasillo.
    Los tres asentimos.
    —Está aquí en la habitación.
    El comisario se quedó hablando con él, solicitándole los informes y la información que hubieran recabado.
    Cuando entramos, el cuerpo estaba tumbado boca arriba en la cama, con el pijama de raso abierto en la zona del pecho. En el cuello, dos enormes moratones parecían indicar que alguien lo había estrangulado. En el torso aún se apreciaban las marcas del desfibrilador.
    El resto de la habitación estaba intacto. No había cajones revueltos y no se habían llevado nada de la casa. A los pies de la cama, el espejo del tocador presentaba un impacto de lo que resultó ser una lamparita de noche. Salvo eso no había ningún otro signo que nos diera una pista sobre lo que pasó allí la noche anterior.
    —Elena…— me miró amenazante —digo Señorita Díez, por favor, proceda con la toma de muestras mientras yo hablo con la viuda de Bohórquez.
    En el salón la viuda me reconoció al instante. Cuando entré en el cuerpo de policía me tocó investigar una red de trata de blancas en la que, José Luís, se había visto señalado como el cabecilla. Pasé varias tardes en su casa charlando con ella, recabando información. Un mes antes del cierre del caso me trasladaron a homicidios y, misteriosamente las pruebas que demostraban su culpabilidad se evaporaron. Justo cuando Gutiérrez se puso a cargo del caso.
    —Hola, podéis dejarnos a solas —Los psicólogos salieron del salón. Ella clavó su mirada en mí y me agarró de la manga arrastrándome hacia ella.
    —¡Se fue por el espejo! Tú me crees, ¿verdad?
    —¿Quién se fue?
    —La sombra que mató a mi Luís. —Sus ojos se llenaron de lágrimas.
    —¿Una sombra?
    —Sí, yo me había levantado al baño y cuando volví, aquella mole grisácea estaba sobre su cuerpo. Él gesticulaba, pero apenas podía mover brazos y piernas. Sus tentáculos le estrujaban el cuello y los ojos de mi marido me miraban desesperados mientras intentaba robar una bocanada de aire. Conseguí zafarme de mi parálisis inicial y grité, y me abalancé contra ese ente, pero ya era tarde — Volvió a romper a llorar— ¡Se lo ha llevado!¡Lo ha matado!
    —Tranquila, ya ha pasado todo. — Traté de consolarla—Vamos a dar con esa persona…
    —¡Era una sombra, joder! —Me interrumpió mientras su semblante se alargó, me agarró del cuello de la camisa y clavó sus pupilas en las mías. —Sé lo que he visto. Después de tirarme sobre ella reptó por el borde de la cama hasta el suelo y subió por el tocador, escapando por el espejo. Cuando le tiré la lámpara ya se había esfumado.
    —No te preocupes, yo te creo—. Retiré con suavidad sus manos de mi camisa e hice un gesto a un enfermero para que le suministrara algún tranquilizante. —Ahora intenta descansar un poco. Haremos lo posible para dar con el asesino del señor Bohor…, de Luís.
    Me dirigí de nuevo a la habitación para ver si Elena había tenido más suerte que yo.
    —¿Cómo vas, Díez?
    Estaba tomando una muestra de una especie de fluido negro que se encontraba en una de las aristas del espejo roto. Sin mirarme comenzó a hablar.
    —En el cuerpo no he encontrado absolutamente nada, ni huellas, ni fluidos, ni marcas significativas. Y aquí en el espejo hay restos de algún material que según parece, era líquido a la hora que te llamé por primera vez —Sus manos manejaban con soltura un isopo de algodón mientras su mirada me descuartizaba lentamente. — ¿Quizá si hubieras llegado antes tendríamos más pruebas?
    Sin despegar su mirada de mí, rompió el bastoncillo introduciéndolo en el bote de muestras.
    —Ya tengo todo, me llevo esto a ver si tenemos suerte.
    Salimos del piso y nos despedimos en el portal. Elena se fue directa al laboratorio. Gutiérrez marchó a la comisaría a registrar lo sucedido y poner a buen recaudo los informes médicos. Aunque no dijo nada, seguro que llevaba prisa por informar a sus responsables y no solo a los de dentro del cuerpo.
    Yo, me monté en el coche. Era la hora de comer y el trozo de pizza rancia que había engullido esa mañana ya lo tenía por los pies. Recordé que en casa aún guardaba la agenda con los nombres de los antiguos socios del señor Bohórquez y era la excusa perfecta para ir a casa a descansar un poco. Aquello pintaba a planazo.
    Salí por la Castellana en busca de la M-40. De ahí, tomé la M-21 que me llevó a Coslada. La zona industrial estaba semidesértica después de la crisis del 2020. Solo algunas naves de distribución de comida sobrevivieron.
    Conducía escuchando a los Twisted Sister, We're Not Gonna Take It cuando un reflejo en el retrovisor llamó mi atención.
    —¡Déjalo! 
    Un grito atravesó mis oídos. Paré el coche de un frenazo. Arma en mano bajé del coche.
    —¿Quién anda ahí? —Grité, pero nadie respondió —¡Sal!¡No va a pasarte nada!
    Mis palabras resonaron contra las paredes de las naves vacías. Salvo mi propio eco, no hubo respuesta.
    Al cabo de un minuto desistí de seguir buscando. Volví al coche y arranqué.
    —¡Ese hijo de puta se lo merecía!
    Pero que cojo… Salí como un resorte hacia un callejón cercano.
    —¡Da la cara! ¿Sabes que no tienes escapatoria?
    Encañonaba con mi arma la entrada a aquel recoveco de la calle. Me temblaba levemente la mano derecha y sujeté con ambas manos mi 9mm. El sudor empezó a perlar mi frente y los nervios atenazaron mi estómago hasta estrangular mi hambre.
    Con un escalofrío en la espalda, comencé a caminar hacia aquel rincón que olía a gatos muertos.
    —¡Sal! — Grité sin obtener respuesta.
    Al fondo del callejón, junto a una cuba de escombros, mi propio reflejo en un espejo de baño me sobresaltó. Respiré aliviado al ver que mi cara de gilipollas era lo único que había en ese pestilente lugar. Aproveché para colocarme un poco el pelo, pero el reflejo no se movió.
    Hice un aspaviento frente a él, pero mi imagen continuó estática como una foto.
    —¿Por qué piensas que quiero esconderme? —Mi reflejo había comenzado a hablar por sí mismo. Me quedé paralizado —Los dos sabemos que no era un buen hombre. Abusaba de su poder sobre los jueces y tú sabes igual que yo que el indeseable explotaba sexualmente a aquellas mujeres y a sus hijas. ¡No podía dejarlo estar!
    —¡Cállate! —Grité mientras disparé tres veces contra ese engendro.
    Me lancé corriendo hacia el coche, «¿Qué mierdas me acaba de pasar?» «¿Acaso me estoy volviendo loco?»
    Al mirar el retrovisor allí estaba mirándome fijamente con su cara de decepción.
    —Necesito que vayas a casa y descanses.
    —¡Tú no me das ordenes!
    —Solo cuando tu duermes puedo liberarme y hacer lo necesario para librar a la sociedad de esta escoria con privilegios. Solo necesito que hayas estado antes en la casa de esos cabrones para materializarme allí. En el fondo sabes que es necesario.
    Su voz condescendiente me reventaba el cerebro. Arranqué el retrovisor de la luna del coche y lo tiré por la ventanilla. Salí quemando rueda. No sabía que estaba pasando, pero no era bueno. No controlaba mi propio reflejo, era de locos. Fui directo a mi casa. Desistí de aparcar en el garaje y dejé el coche tirado encima de la acera junto a la entrada del piso.
    Al entrar en casa la misma voz me llegó desde el dormitorio invitándome a acostarme. «Joder, que me pasa» pensé mientras sacaba mi revolver. Entré en el dormitorio tembloroso dispuesto a acabar con esa locura. En el espejo del armario de nuevo mi reflejo estaba mirándome fijamente.
    —¿Qué cojones quieres de mí? — La mandíbula me temblaba y las manos me sudaban de manera incontrolable.
    —Solo que descanses y me dejes terminar lo que he empezado.
    —¡De ningún modo! —Interrumpí
    —Ellos ya están sentenciados a muerte y sabes que es lo justo.
    —¡No! — Disparé contra el espejo dos veces dejándolo hecho añicos. El reflejo volvió a seguir mis movimientos como un caleidoscopio.
    —¿A caso crees que puedes acabar conmigo? ¡Yo soy tú, gilipollas! Y en algún momento dormirás. — La voz venía del baño. —Tú no puedes acabar con esto, ¡siempre has sido un cobarde!
    Las mil imágenes del espejo de la habitación volvieron a estar fuera de mi control. «¡Cobarde!» repetían al unísono todas mis réplicas.
    Llevé mis manos a la cabeza y me tiré contra la cama. Me retorcí tumbado tratando de acallar las voces, pero no paraban. Si no hacía algo antes de dormirme, aquellos hombres morirían.
    En busca de llenar mi cabeza con otra cosa, comencé a tararear una canción infantil como un mantra que despejara mi cabeza. Al cabo de unos minutos, las voces pasaron a un segundo plano.
    «… Diez elefantes…»
    Conseguí sentarme en la cama. 
    «… Se balanceaban…» 
    Amartillé el arma apoyada sobre mi pierna. 
    —¡No eres más fuerte que yo!
    —¡Duérmete!
    Coloqué el cañón entre mis dientes y el frío del metal me atravesó el cerebro.
    —…Sobre la tela de una araña.
    Y disparé.
    La imagen de los espejos se evaporó.
    El teléfono sonó hasta saltar el buzón de voz. «Deje su mensaje después de la señal»
    «¡Miguel! ¡Coge el puto teléfono! Tienes que salir de ahí, ¡YA! Las muestras que tomé donde los Bohórquez coinciden con tu ADN. Gutiérrez va a encerrarte si no desapareces inmediatamente.»
    La llamada se colgó.

 

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Créditos: Photo by Vince Fleming on Unsplash

Comentarios

  1. A por la novela Juan💪‼️😍👏👏👏

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    Respuestas
    1. Con suerte, la escribo este año.
      Me alegro que te gustara.

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  2. Guau! No sé si dormiré ... Muchísimas gracias Juan, me ha encantado jajaja

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    Respuestas
    1. Si aparecen dos buenos nombres para una historia, no lo podía desaprovechar.
      Gracias por pasarte.

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  3. Muy bueno! Mientras se lee no quieres que acabe. Es mejor que un guión de Twilight Zone !

    .

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  4. Es una mezcla entre Lovecraft y Mr. Hyde. Muy bien hecho.

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    Respuestas
    1. Crear el personaje de Miguel ha sido un reto, sobre todo los momentos en los que habla con su reflejo. Muchas gracias Rocío.

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