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Relato: El diablo no puede volar

Relato El diablo no puede volar

Relato: El diablo no puede volar

    La puerta del ascensor se abre. Los pasos recorren el pasillo que lleva hasta la puerta de nuestro apartamento en el último piso del edificio. Él no suele retrasarse y eso solo puede suponer una cosa.

    La llave entra en lucha contra la cerradura y yo me apresuro a terminar de preparar la mesa para sacar la cena. 

    La puerta por fin se abre.

    —Buenas noches, Sonsoles.

    El aroma a alcohol y tabaco emana pútrido de su boca mientras pasa por la puerta.

    —Hola, cari, ya tengo lista la cena. —Digo mientras me apresuro a llevarle las zapatillas. Agarro su chaqueta por la solapa desde su espalda para ayudarlo a quitársela y cierro con un sutil toque de talón la puerta. —¿Qué tal te fue el día?

    —¡Ha sido un día excelente!, Antúnez se ha jubilado y me han ofrecido su puesto. ¡Tenemos que celebrarlo! 

    «Celebrarlo», esa palabra me entra por los oídos y atraviesa mi córtex erizándome completamente la piel.

    —Vale, cari, ya tenía la cena: una lubina al horno como me dijiste esta mañana, pero si quieres podemos pedir algo al restaurante donde celebramos nuestra boda. Esos solomillos Wellington con reducción de Pedro Ximénez que tanto te gustaron.

    —Ya sabes a lo que me refiero.

    Se empieza a quitar la corbata y la deja caer al suelo. Yo empiezo a retroceder mirándolo a los ojos.

    —Pero no seas impaciente, todo llegará a su tiempo. ¿Por qué no cenamos primero y luego…

    Me tapó la boca con la mano izquierda mientras con la otra empezó a acariciarme el brazo. Yo proseguí retrocediendo hasta que me topé con la cama. Le quito la mano de mi boca suavemente.

    —Venga, ¿sabes que no es el momento?

    Trato de dar un paso hacia el lado cuando me pone las manos en los hombros y me empuja contra la cama. Salta sobre mí con su hedor y me sujeta manos y piernas. Intento zafarme, escabullirme de sus garras y me da una bofetada descarnada en la cara.

    En ese momento rompo a llorar y él empieza a arrancarme la ropa.

    Cada vez que me resisto lanza su mano como un proyectil contra mi cuerpo. No consigo librarme de él, no consigo evadirme, no consigo evitar los golpes. Y quedo inconsciente.

***

    Según el reloj de la mesilla de noche llevo sin conocimiento algo más de dos horas. Él está dormido junto a mí. Su aliento golpea mi nuca y me cubre con una de sus zarpas el cuerpo.

    Se la aparto suavemente, me siento en la cama y me levanto. Un dolor intenso recorre mis caderas hasta debajo de mi cabeza. Me quedo de pie frente al espejo del armario. Estoy completamente desnuda. Tengo la espalda amoratada. Retiro mi pelo y en la zona de mi oreja tengo marcados todos y cada uno de los dedos de este mal nacido.

    Sorteo la ropa que está tirada por el suelo y llego al perchero junto a la puerta cuando su voz me atiza invisible en la cabeza.

    —¿Dónde vas?

    —Voy a comer algo, estoy exhausta. —Digo mientras me coloco la bata de seda que me regaló en nuestra última reconciliación. Me aguanto el dolor que me produce el puro roce de la tela.

    —Portate bien y tráeme una cerveza, cariño. —Me responde mientras se incorpora en la cama y se enciende un pitillo.

    Entro en la cocina y abro el cajón de las sartenes. Busco la más resistente. Me voy junto a la caldera y golpeo con todas mis fuerzas la llave de paso del gas. «¿Qué pasa, Sonsoles?» Grita desde la habitación, pero yo lo ignoro y continúo golpeando hasta que se rompe y el gas invisible empieza a silbar. Lanzo la sartén contra el suelo y cojo la escoba que está junto a la puerta de entrada. Salgo corriendo de la cocina, paso como una exhalación por el recibidor y él me ve desde la cama. 

    Cuando empiezo a atravesar el salón escucho como se levanta, se pone sus zapatillas y empieza a caminar hacia mí.

    Llego a la puerta de cristal que da al balcón, acciono la manilla y salgo. Cierro la puerta de golpe y coloco la escoba cruzada delante de la puerta; apoyada contra el suelo y la pared y haciendo de tope para que el tirador no gire.

    Me siento en el suelo con la espalda apoyada en los ladrillos de la fachada. Cierro como puedo la bata y el frío empieza a morderme la piel. Miro hacia la puerta.

    Él está al otro lado con el cigarro entre sus labios y forcejeando con la manecilla, luchando contra la escoba.

    De repente él para.

    Yo tiemblo.

    —¿Sabes que no vas a poder quedarte ahí para siempre? —Se empieza a pavonear detrás del cristal. —¡Abre la puta puerta, Sonsoles!

    —¡No! —Le grito con los ojos totalmente cubiertos de lágrimas.

    —¡Abre! 

    Comienza a aporrear con las manos el cristal cuando el gas hace contacto con la lumbre de su cigarrillo. El aire que le rodeaba se volvió una enorme bola de fuego que lo empujó contra la puerta, reventándola con su cara.

    Quedó doblado sobre la barandilla con su cuerpo abrasado y cubierto de cristales. Me puse en pie y lo agarré por las piernas.

    El balbuceaba de manera agónica.

    Yo lo levanto de los pies, dejándolo caer al vacío.

    Por un momento dejo de temblar.

 

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Créditos: Photo by Ava Sol on Unsplash

Comentarios

  1. En la vida real casi siempre falta este final feliz😞 Muy bueno Juan ‼️

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    Respuestas
    1. La verdad es que sí. Demasiados casos hay y solo nos enteramos cuando salen en los periódicos.
      Muchas gracias por leerlo.
      Como curiosidad, un par de días después de escribir el relato dieron esta noticia https://www.telecinco.es/informativos/internacional/discusion-pareja-explosion-gas_18_3122445034.html y me quedé sin palabras. La realidad superó a la ficción 😔

      Eliminar
  2. Muy bueno Juan. Qué fuerte lo de la noticia posterior....

    ResponderEliminar

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