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Relato: En la frontera (parte 2)

Relato: En la frontera (parte 2)

En la frontera (parte 2)

    Cuando me giré de nuevo, María clavó sus ojos vidriosos en los míos al tiempo que se lanzó contra mí agarrándome por el pecho.

    —Nuestro Lolo, ¿pero qué has hecho? —Gritó entre lágrimas.

    —No te preocupes —Intenté tranquilizarla sujetándola suavemente por los hombros, pero era incapaz de controlar que las manos me temblaran. — Confía en mí.

    — ¡Voy a llamar a la policía!

Sacó de su bolsillo el teléfono y empezó a marcar. En un acto reflejo, le arrebaté el teléfono de las manos bruscamente, lo lancé contra el suelo y el cristal de la pantalla saltó en mil pedazos.

    —¿Estás loca? ¿Quieres que lo maten?

    Delante de mí cayó arrodillada como implorando que hiciera algo, pero sin articular una sola palabra. Solo lloraba. Me agaché levemente para intentar consolarla.

    —Voy a hacer lo posible para que todo salga bien — dije suavemente.

    Me miró y asintió con la cabeza. Me puse en pie y empecé a correr escaleras arriba en dirección al dormitorio. Al entrar fui directo a mi mesilla de noche, saqué el cajón y lo volqué sobre la colcha de flores que cubría la cama. En la parte inferior tenía adherido con cinta americana un viejo Nokia 3310. Lo arranqué y dejé pulsado el botón de encendido. «¡Venga!, no me falles ahora» pensé mientras daba pasos cortos en el sitio y movía constantemente la cabeza. La pantalla de bienvenida me quitó un peso de encima. Introduje el pin y en pocos segundos lo tenía operativo.

    Di la vuelta al cajón y cogí un cargador para mi Parabellum que había quedado mezclado con la ropa interior.

    Abrí el armario a los pies de la cama en busca de la mochila del gimnasio. Estaba nueva y seguro que aguantaba el peso de la mercancía. Cogí una sudadera con capucha de la percha y me la puse sobre el polo del uniforme.

    Salí de la habitación corriendo, dejando todo revuelto. Las escaleras las bajé de dos en dos y ella me esperaba en el salón envuelta en lágrimas.

—¡No puedes dejar que le pase nada!¡Solo es un niño!

    Miré a sus ojos sin aminorar el paso. Abrí la boca, pero no me salieron las palabras. Un nudo me amordazaba las cuerdas vocales. Tenía que solucionarlo cuanto antes. Tenía que salir de allí, ¡ya!

    Atravesé la puerta sin mirar atrás, me monté en el coche y empecé a conducir.

***

    Ya había dejado atrás la zona de chalets donde vivía y aminoré la marcha. Accioné el botón del manos libres.

    «Le escucho»

    —Llamar a José Carlos.

    El tono de llamada llenó el habitáculo del coche y al poco respondió.

    —Dime, Mora.

    —Hola José Carlos, —dudé un momento— ¿al final te dió tiempo a terminar el papeleo del italiano? Yo ya he terminado en el cole y te puedo echar una mano.

    —No te preocupes, ahora vamos con la grúa al depósito. El muy cabrón llevaba más de 15 kilos de coca en el salpicadero.

    —Joder, el muy cabrón por poco nos la cuela. —Forcé un tono jocoso —Menos mal que Rufo estuvo atento.

    —Pues sí. La próxima vez golpea con más fuerza cuando busques los huecos, ¡que con estas furgonetas antiguas no basta con acariciarlas!— ironizó.

    —¡Está claro! —sentencié— Bueno, iba ya camino de Huelva, me sabe mal haberte dejado con el marrón. ¿Te parece si me paso por el depósito y nos tomamos unas cervezas? Invito yo.

    —Ok, nos vemos por allí entonces.

    Cuando colgamos ya había cruzado el puente y estaba encarando la zona de naves del puerto. Me estaba asando con la puta sudadera y me arremangué todo lo que pude sin apenas aliviar mi angustia.

    Paré en las traseras del McDonalds y saqué de mi bolsillo el Nokia. Dejé pulsado el 1 del teclado y la marcación rápida hizo el resto.

    Los tonos sonaron uno tras otro pero nadie respondió a la llamada. «Venga, ¡responde!», volví a marcar sin fortuna.

    «¡Joder!» golpeé el volante con el teléfono varias veces. Me estaban comiendo los nervios y ese impresentable había decidido desaparecer. Tomé aire e intenté calmar por un momento los nervios. Cuando me disponía a realizar un tercer intento me llegó una notificación al móvil, «Llama de nuevo cuando tengas el material, Antoñito» y antes de poder leerla de nuevo, la notificación desapareció.

    Arranqué el coche de nuevo y me puse en marcha en dirección al depósito. Este está al final de todas las naves del puerto, junto a la ría. Justo cuando llegué a la puerta el compañero de la grúa estaba saliendo por la barrera de acceso.

    Aparqué en la avenida junto a la fachada principal. Cogí la bolsa de deporte del asiento trasero. Una vez salí del coche, me bajé la sudadera para que no se viera que llevaba el cinturón con la semiautomática, me puse la capucha y comencé a caminar hacia la garita.

    José Carlos me estaba esperando y abrió la barrera.

    —¿Pero dónde coño vas con eso? Que ya no estás en Burgos, ¡te vas a asar!

    —Me cuesta acostumbrarme a salir del gimnasio y no ponerme la sudadera. —Mi pelo estaba mojado del sudor, por lo que no fue difícil convencerlo de que era cierto.

    —¿Vamos a por esas cervecitas entonces?

    —Sí, pero antes, —paré un momento— me da vergüenza preguntar esto, ¿puedes enseñarme cómo detectar que hay un doble fondo en estas furgonetas viejas?

    —Venga, —dijo sin ningún tipo de ímpetu— pero vamos a darnos prisa que van a dar las cuatro de la tarde y no he comido nada desde el café de la mañana.

    Cogió la llave y comenzamos a zigzaguear entre los coches del depósito hasta que llegamos a la Jumpy. Estaba aparcada cerca de la zona donde amarran los barcos de patrulla. En el camino, él iba delante. Yo conseguí sacar la pistola del cinturón y colocarla en el bolsillo delantero de la sudadera.

    Cuando llegamos a la furgoneta y se dispuso a abrir la puerta, saqué la pistola y lo golpeé con todas mis fuerzas en la cabeza. José Carlos se desvaneció de manera súbita contra el suelo impactando con la cabeza en el asfalto. Cuando miré hacia abajo, acababa de comenzar a sangrar. Me agaché junto a él. Le quité la pistola y la arrojé a la ría. Cogí sus esposas y se las coloqué uniendo una mano con un pié, así no me seguiría si despertaba antes de tiempo.

    Del bolsillo derecho de su pantalón, saqué la tarjeta de acceso y comencé a correr como un loco hacia la puerta de la nave principal donde guardaban las incautaciones. Un pase sutil de la tarjeta y la puerta se abrió. Justo al fondo estaba el depósito donde clasificábamos la mercancía por orden de entrada. Frente a la puerta de entrada había dieciocho bolsas con la marca del zurdo. Del exterior entró un sonido de claxon que me heló la sangre. Me apresuré a meter la coca en la bolsa de deporte y comencé mi huida.

    Al salir de la nave, pude ver entre los coches que los pies de mi compañero seguían en el sitio donde lo había dejado. Apresuré el paso hasta el borde del edificio. Al girar, el coche de un compañero estaba junto a la barrera. Reduje el paso y me quité la capucha.

    Comencé a caminar hacia él con toda la calma que pude. Me sudaba el cuerpo entero y tenía el pelo totalmente empapado. Él bajó la ventanilla y comenzó a hablarme.

    —¿Qué pasa, Mora? ¿No está José Carlos por aquí?

    —Hola, Antúnez. Sí, lo he dejado liado con uno de los trastos que requisamos esta mañana. Me dejó su tarjeta para que te abriera.

    Pasé el brazo por la ventanilla de la caseta y accioné el mecanismo que abría el paso.

    —Hazme un favor —le dije con voz sosegada— dale tu la tarjeta que a mí se me ha echado el tiempo encima.

    Me extendió la mano y le entregué el pase.

    Cuando comenzó su marcha, yo seguí andando hacia la salida sin mirar atrás. Me giré levemente y en el momento que no vi el coche, me lancé a la carrera en busca del mio. 

    Arranqué y salí quemando rueda. No tenía tiempo que perder.

Continuará...

 

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Comentarios

  1. Muy bueno, no puedo dejar de leerlo. Mantiene la angustia hasta el final.

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    Respuestas
    1. Gracias Juan! Se admiten sugerencias para el final del relato.

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    2. Este Mora es un pieza de los buenos. A ver cómo resuelves esta locura. 😃

      Un abrazo.
      R. Budia
      www.RubioBudia.com

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    3. Lo cierto es que el guion ya lo tengo escrito. Difícil lo tienen los personajes para escapar de la tiranía del escritor.
      ¡Gracias por pasarte y comentar!
      Nos leemos

      Eliminar

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