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Relato: La caza

Relato: La caza

La caza

    Aparcamos el mercedes en el lateral de la casa, junto a un par de olmos y una vieja bicicleta. El suelo estaba asfaltado y, al contrario que en el resto de camino desde la entrada de la finca, los neumáticos se deslizaban por él sin hacer apenas ruido.

    Levanté la cabeza en dirección a la ventana de mi habitación en busca de una señal de vida. Cuando planifico una escapada de fin de semana mi hija acostumbraba a traerse a sus nuevas conquistas a casa y, cuando vuelvo antes de tiempo, me gustaba asegurarme de no encontrarme con ninguna escenita complicada. Y estaba claro que ese no iba a ser el día. Dulce caminaba hacia atrás cayendo de espaldas a la altura de la ventana junto a la cama. En la ventana contigua, un chico con el torso desnudo se reía y avanzaba en la dirección a mi hija, desapareciendo un instante después.

    —Manolo, dame unos cinco minutos que tengo que solucionar unas cuestiones con mi hija.

    —Un minuto o una hora. Lo que necesites, reina.

    Arranqué una sonrisa de mis labios y me bajé del coche por la puerta del acompañante. Me ajusté la falta de tubo que llevaba y comencé a caminar hasta la entrada.

    —Yo te espero aquí fuera, reina —dijo Manolo cerrando la puerta del coche y encendiéndose un puro que estaba más muerto que vivo.

    —Vale, ahora te hago una señal desde la ventana.

    El dio una enorme calada e hizo un amago de construir un corazón con el humo, algo que en mi opinión era totalmente asqueroso e innecesario. Le sonreí y seguí apretando los tacones contra el suelo hasta que entré en el edificio.

    —Dulce, ¿estás en casa? —grité en el recibidor y el eco propagó el sonido a todas las estancias de la casa.

    Sin aminorar el paso, subí las escaleras que coronaban el vestíbulo principal. El suelo de mármol le daba un tono especial al sonido de mis zapatos y, como en otras ocasiones, confié en ellos para hacer las veces de alarma disuasoria.

    Llegué al salón frente a mi dormitorio sin encontrarme con el menor indicio de que me hubieran escuchado y pasé al plan B. 

    Me descalcé y fui sin hacer ruido hasta la puerta de la habitación. Pegué la oreja en la puerta de caoba y me quedé por un instante en silencio escuchando.

    Él decía muchas veces te quiero mientras ella se limitaba a hacerle preguntas donde la única respuesta válida era: Tú. “¿Quién es la más guapa?” “¿Quién va a darte lo que te gusta?”

    La primera vez me resultó hasta divertido, pero teniendo en cuenta que lo hace todos los fines de semana que salgo por negocios, la parte de las risas pasan a un segundo plano.

    Volví a subirme en aquellos tacones y golpeé con los anillos de mis dedos la puerta.

    —¡Un segundo! —gritó mi hija y acto seguido comenzó a susurrar.

    Coloqué la mano en la maneta de la puerta; esperé cinco segundos de cortesía y abrí de golpe.
    —Pero Dulce. ¿Qué estás haciendo?

    Ambos dieron un salto de la cama tapándose con lo primero que tenían a mano. Mi hija estaba envuelta en la sábana encimera de seda que cubría la cama.

    El chico no tuvo tanta fortuna y apenas llegó a taparse lo suyo con una de las deportivas que estaba más cerca de la cama.

    —¿Por qué has hecho esto, mama?

    —¿Hecho que? ¿Evitar que te acostaras con este muerto de hambre? 

    —Oiga, señora, que yo no soy ningún muerto de hambre —dijo sin elevar demasiado la voz.

    —¿Seguro que no? Y entonces, ¿de quién es esa bici que está apoyada contra ese olmo? —dije señalando por la ventana.

    De reojo vi como Manolo seguía con su puro y miraba hacia la ventana donde yo estaba con el brazo extendido. Me hizo un gesto como de aprobación y comenzó a caminar hasta la casa. Por un momento dejé de meter miedo al chaval y, con la muñeca recta y los dedos hacia abajo, moví un par de veces la mano desde mí hacia fuera para indicarle a aquel cenutrio que se quedara quieto donde estaba. Él me respondió con un gesto de manos arriba y retrocedió sobre sus pasos hasta colocarse de nuevo junto al coche. Puso su mano en la boca, dándole un beso. Luego colocó la palma hacia arriba y exhaló una bocanada de humo para enviármelo.

    Un escalofrío recorrió mi espalda y solo pude responderle con una sonrisa de cortesía.

    —Bueno, por donde íbamos —dije volviendo a mirar a la nueva pareja de mi hija—-. Ah, sí. Lárgate que no queremos vagos en esta casa.

    —Señora, ¡yo a su hija la quiero! —dijo y no pude aguantarme la sonrisa—. Estoy trabajando en el taller de mi padre y pronto podré comprarme una moto. Y le aseguro que a su hija no va a faltarle de nada.

    —¿Pero que me estás contando? ¡Si tienes quince años!

    —Estoy a punto de cumplir los dieciocho.

    —Joder, Dulce, que todavía es un niño y tú rondas ya los treinta.

    —Pero mamá, yo también quiero aportar en casa —dijo mientras se hacía un cierre en la parte superior del pecho con la sábana.

    —Sabes que de eso me encargo yo —sentencié—. Y tú, niñato. Ya estás sacando de mi finca tú mugrienta bicicleta.

    —No pienso irme sin que entienda que mis intenciones con su hija son sinceras.

    —Mira —dije señalando hacia el árbol donde estaba apoyado su biciclo—. ¿Ves el trozo de tierra que no tiene césped junto al olmo?

    Dio un par de pasos acercándose a la ventana antes de responder.

    —Sí lo veo, señora.

    —Pues ahí enterramos hace un par de meses al último novio que tuvo mi hija —dije mirando por la ventana para finalmente clavé mis ojos en los suyos.

    Dio un par de pasos hacia atrás, tropezando con la cama y cayéndose de espaldas contra ella. Con el impacto, la zapatilla que cubría sus partes nobles salió volando hasta el otro extremo de la habitación y me quedé mirándolo, ahí, fijamente.

    »Si no tienes una buena cartera ni un buen, ya sabes, "paquete". ¿Qué puedes ofrecer tú a nadie?

    —Joder que yo la quiero —dijo intentando taparse con las manos.

    —Vamos a hacer una cosa. En este momento coges tu ropa, te vistes y sales pitando de esta casa para no volver. 

    —¡Pero mamá!

    —Tú te callas que luego hablaré contigo. Y tú, "huevos sin pelos", solo tienes que llegar a la bicicleta antes que yo a la escopeta. ¿Entendido?

    —No pienso irme de aquí hasta que me escu...

    —¡Uno! —dije interrumpiéndolo en voz alta.

    Comencé a caminar hacia el armario.

    —No es justo que ni siquiera quiera escu...

    —¡Dos!

    Abrí la puerta y en el lateral estaba el armero.

    —¡Hostia! —dio un respingo y empezó a corretear por la habitación recogiendo sus cosas.

    —¡Tres!

    Introduje el código en la cerradura electrónica y una luz verde apareció sobre el teclado numérico.

    —Dulce, te quiero, pero tu madre está loca.

    Lo miré fijamente abriendo la puerta del armero.

    —Cinco.

    Y el chico salió corriendo con sus humildes atributos colgando y la ropa en la mano.

    Ambas nos movimos hacia la ventana para ver como el chico se marchaba.

    —Joder, mamá, siempre te tienes que salir con la tuya —dijo Dulce de pie junto a mí en la ventana.

    —Ni joder, ni jodar, ¿qué habíamos dicho sobre quién se encarga de traer comida a casa?

    —Que solo traías tú la comida a casa —dijo refunfuñando.

    —Pues eso. Este chico que corre desnudo hasta su bici, ¿cómo se llama?

    —Daniel, creo.

    —Imagínate que finalmente le hubiera tocado a Daniel. Es un chaval que tiene toda la vida por delante. Tiene ilusiones, parece trabajador y buena persona. ¿Qué aportamos a nadie quitando a un buen tipo de este mundo?

    —Si cuando tienes razón —dijo con la voz apagada.

    —Sin embargo —retomé un tono enérgico—, mira al gilipollas ese de la chaqueta de cuero junto al mercedes negro.

    Dulce miró por la ventana hacia Manolo y ambas saludamos con la mano. Él al ver que lo mirábamos hizo lo propio.

    »Ese tipo regenta el mayor puticlub de la nacional cinco y está deseando entrar. Así que no te preocupes que para hoy ya tenemos cena.

    Ambas miramos por la ventana y sonreímos. Le hice un gesto y comenzó a caminar hacia la entrada.

    »Y ahora ponte algo cómodo que empieza la cacería.

 

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Créditos: Photo by Annie Spratt on Unsplash

Comentarios

  1. Me encanta el toque ético de la mamá. Consigues que casi la justificamos
    ....

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