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Relato: La maratón

Relato: La maratón

La maratón

    El humo de la bala de fogueo ascendió después de que sonara el disparo de salida. Casi se desvaneció en el aire y, tanto yo como los que me rodeaban, apenas habíamos podido dar un par de pasos.

    Estaba nervioso, como otros tantos de los que estaban allí, era mi primera carrera. Cada uno teníamos nuestros propios motivos y todos se empeñaban en hacer ver que el suyo era mejor que el siguiente. Algunos corrían por dar visibilidad a alguna enfermedad rara, otros por el simple hecho de darle con la foto de la meta en los morros a algún familiar, amigo o individuo especialmente quisquilloso. Hay quien corre por sus hijos. En mi caso solo estaba allí por salir un poco de mi rutina.

    El día a día como cajero en una sucursal bancaria no es precisamente un parque de atracciones. Muchos lo ven como un trabajo soñado. «Ahí, todo el día tocándote los...», bueno, ya me entendéis por donde voy. Pero eso es lo que ven los demás. Yo tengo que ver como cada día pasan por la sucursal bastantes personas que están realmente hundidas en la mierda.

    Necesitan que alguien las escuche y ahí está el bueno de Paco detrás de la mampara clavando los ojos en los de esa persona. Intentando poner cara de empatía cuando únicamente puedes enseñar los ojos por fuera de la mascarilla. Desahucios, impagos de recibos, créditos personales que llevan a los que los piden literalmente a la ruina si entran en números rojos.

    En fin, como diría mi cuñado: No te quejes que tienes un puestazo.

    Sin duda ese era mi motivo para correr y estaba decidido a darle visibilidad. Llevaba una bolsa de deportes de las que te regalan al hacer un depósito a plazo fijo con el logotipo del Santander. De los que tenía alrededor no veía a ninguno tan comprometido con la causa como yo.

    El grupo que me rodeaba comenzó a caminar despacio y, poco después, el ritmo fue aumentando de intensidad. En un par de minutos todos trotábamos hacia la meta por nuestras causas perdidas.

    El primer kilómetro fue un paseo militar. Era imposible encontrar un hueco por donde adelantar al bloque de personas que hacían lo propio un par de pasos por delante de mí. Esperé un par de kilómetros más a que se empezaran a generar huecos entre las hileras de corredores y, poco a poco, comencé a progresar.

    El público que flanqueaba el recorrido no paraba de gritar continuamente para animar a aquella masa decrépita de corredores a terminar, al menos, la media maratón. Que está muy bien hacerlo desde la barrera, pero que eso suponía para los que corríamos al menos dos horas de alegría y sufrimiento.

    Cuando llevaba cinco kilómetros el corazón golpeaba mi pecho como un heavy moviendo la melena. La fábrica de sudor llevaba en marcha desde el primer paso que di, pero en ese momento podían haber montado una embotelladora en mi frente. Tenía que aguantar.

    Aminoré la marcha hasta casi caminar y el público presente durante todo el recorrido siguió animando entre risas al tiempo que miraba sorprendido al único corredor con traje de chaqueta y zapatillas de deporte. Pero no estaba dispuesto a caer ahí, tan pronto. Necesitaba correr diez kilómetros como mínimo.

    Estaba totalmente desfallecido y no llevaba más de nueve. Y el público empezó a corear mi nombre. El flato me golpeaba el costado dejándome casi sin respiración mientras que el heavy pedía un bis. La camisa había oscurecido su color a base de sudor y la boca me pedía agua, pero esos gritos desde el público que hicieron ver que ya estaba cerca.

    Sin detener mi ritmo cansino, me descolgué la bolsa de deportes de uno de los hombros, la giré sobre mí y me quedé acurrucándola con el brazo izquierdo contra mi pecho.

    "¡Pedro!,¡Pedro!", gritaba mi público y yo no podía fallarles.

    Deslicé la cremallera de la bolsa. Metí la mano dentro como si fuera un rey mago pero y, en lugar de caramelos, comencé a lanzar al aire puñados de billetes de diez, veinte y hasta doscientos euros.

    Los papeles planeaban por el aire; daban piruetas o hacían pequeños torbellinos sobre sí mismos antes de intentar tocar el suelo.

    El público coreaba más y más mi nombre y yo seguí lanzando billetes al aire mientras avanzaba por los huecos que dejaban los otros corredores al agacharse.

    Me faltaron unos trescientos metros para vaciar la bolsa completa antes de que me detuvieran, pero solo por ver la cara de mi público, aquella maratón valió la pena.

 

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Créditos: Photo by Mārtiņš Zemlickis on Unsplash

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