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Relato: Saltadores de humo

Relato: Saltadores de humo

Saltadores de humo

    —Estaremos sobrevolando el perímetro del incendio en unos tres minutos.

    —Oído, Jerry —dije mientras me colocaba de nuevo el casco. Levanté la cabeza y seguí hablando.

    »Chicos, este pequeño demonio se está poniendo muy feo. Parece que ha empezado con una barbacoa en una de las casas que están dispersas por la zona. El área de propagación está cubierta de chaparral y nos esperan unas agradables temperaturas de 135 grados. —Todos sonrieron—. ¡Hoy vamos a darlo todo!

    Las confirmaciones se sucedieron una tras otra en mi oído, pero no los veía especialmente emocionados. El primer salto del año siempre es especial. Por un lado, está la adrenalina acumulada del que quiere empezar cuanto antes y, por otro, el miedo a poder perderlo todo. Pero de esto último no está permitido hablar hasta que termine la última misión de la temporada.

    Llevábamos un par de meses practicando las técnicas de extinción y para más de la mitad de los chicos será la primera vez que lo pongan en práctica sobre el terreno. Realmente solo John y yo llevamos más de cinco temporadas haciendo esto. Cada uno tenemos a nuestro cargo un grupo de cuatro jóvenes castores recién salidos de las faldas de sus madres y, aunque se inflen a gimnasio, no se hacen a la idea de la mierda que nos vamos a encontrar cuando consigamos aterrizar en el valle.

    —Treinta segundos para la zona de salto.

    —Recibido, Jerry.

    »Hoy chicos es vuestro bautizo de fuego. Ahí abajo mandamos el sargento John y yo, el sargento Williams. Nuestras ordenes no se cuestionan, solo se ejecutan.

    —Recibido, señor. —La misma respuesta llegó varias veces desde los chicos.

    —Así me gusta. Si todo va bien todos estaremos de vuelta para la hora de la cena. Así que coged las mochilas y preparaos para saltar. Nos vamos en: tres, dos, uno.

***

    La columna de humo estaba a unos mil pies de nosotros. Tocamos tierra sobre una zona de árboles y, salvo por un par de novatos y el sargento John, tuvimos que recogerlos a todos como el que recoge piñas verdes. Es gracioso como se abrazan a los árboles como si fueran ardillas hasta que los bajamos.

    —Central, estamos en posición. Todos en tierra —dije por el comunicador.

    —Recibido, sargento. Actualmente el fuego tiene un frente de unos cuatrocientos pies. El viento sopla dirección sureste con una velocidad media de veinte nudos. Los medios aéreos aún tardarán una hora en mojar la zona. Esperamos lo mejor de ustedes.

    —Así lo haremos —dije y la comunicación se cortó.

    El aire que nos llegaba era similar al que sale de una tostadora cuando el pan lleva demasiado tiempo dentro y ya en el sitio el termómetro de muñeca marcaba cerca de 120 grados.

    —Bueno chicos, empieza el rock and roll. Sargento John, encárguese con su equipo de los árboles y mi equipo y yo nos encargaremos de crear un camino de unos diez pies de ancho a lo largo del perímetro que irá desde aquél pino hasta esa piedra —dije señalando con la mano a ambos lados de un punto lleno de árboles y maleza.

    —¡A por todas, pequeños castores! —arengó John.

    Y poco a poco su equipo fue desenfundando las sierras mecánicas para tirar aquella hilera de árboles. Teníamos poco más de media hora para abrir un cortafuegos y no había ni un segundo que perder. Las motosierras empezaron a rugir y los primeros troncos cayeron al suelo. Según lo esperado, ya no quedaba ningún pájaro que pudiera asustarse.

    —¿Que hacéis que no tenéis ya las palas en las manos? ¿A caso queréis pagar las cervezas de esta noche?

    —No, señor —respondieron al unísono.

    El metal golpeaba el suelo empujado con rabia por los muchachos. Ahora se había convertido en una cuestión de orgullo y ninguno estaba dispuesto a ser el blanco de las mofas hasta el siguiente incendio.

    ***

    En veinte minutos la mitad del cortafuegos estaba listo. La temperatura seguía subiendo y ya habíamos alcanzado los 135 grados prometidos, aunque todos sabíamos que eso solo era el principio. Las llamas estaban a apenas quinientas millas y el viento no nos daba tregua.

    —Sargento, William. Aquí Central. Los medios aéreos llegarán en treinta minutos.

    —Oído.

    »¡Chicos! Quedan treinta minutos para que llegue la lluvia y aún tenemos la mitad del trabajo por hacer. ¡Pequeños castores es el momento de darlo todo!

    —Pero señor, el calor es insoportable y ya vamos todo lo rápido que podemos —respondió el castor de Boston.

    Tenía la cara totalmente manchada en la zona de la frente de haber restregado una y otra vez el guante sobre su frente intentando retirar el sudor que brotaba de su cabeza.

    —Hijo, levanta la vista un poco —dije de pie junto a él señalando con la mano el pico de las llamas a pocas millas de nosotros—. ¿De verdad crees que si le explicamos al fuego que tu blanco culo está cansado este se parará?

    —No, señor.

    —Entonces, Boston, arranque hierbas como si le fuera la vida en ello.

    —Sí, señor.

    Sus manos sujetaron el mango de la pala con rabia mientras, como si fuera una desbrozadora, arrancaba cualquier tipo de hierba que encontraba a su paso.

    —Así si, hijo —dije recompensando su actitud—. Para todos: el que yo considere que menos trabajo ha sacado va a estar limpiando las botas del resto toda la temporada de incendios. ¡Daos vida que tenemos al cabrón este encima!

    ***

    Tener 150 grados golpeándote en la oreja no es la mejor sensación del mundo, pero por fortuna, cuando el termómetro de muñeca empezó a pitar ya teníamos el cortafuegos listo. Entramos un poco entre los árboles manteniendo la distancia con el fuego. No teníamos que alejarnos mucho por si era necesario hacer un nuevo cortafuegos, pero quedarse demasiado cerca era bastante peligroso.

    —Sargento Williams. Aquí central. Los aviones ya están despegando. Llegarán en unos diez minutos.
    John y yo nos miramos y ambos asentimos.

    —Pequeños castores, es el momento de alejarnos de esta zona. En breves descargarán los aviones y creedme que no querréis estar debajo de la columna de agua.

    —Ok, señor.

    Guardamos el equipo en las bolsas y comenzamos a caminar en dirección contraria al incendio.

    —Bueno chicos, parece que la cosa ha estado reñida y que cada uno tendrá que pagarse su propia ronda esta noche y limpiarse sus botas —dije y todos sonrieron.

    Una agradable brisa se aire fresco nos golpeó en la cara y, al tiempo que los novatos sonreían aliviados, John y yo comenzamos a gritar.

    —¡Corred!

    —¿Pero?

    —Corre Boston, no es el momento de preguntar.

    Dimos un par de pasos y me quedé congelado en el sitio. Como si me hubieran plantado allí. Alcé la cabeza y una nube con trozos de ceniza incandescente se había formado sobre nosotros y se precipitó a un puñado de pies de distancia, en medio de nuestro camino.

    —¡Sacad los ahogadores!

    Todos sacaron la herramienta para apagar manualmente las nuevas llamas que nos bloqueaban el paso.

    —¡Apagar esas llamas!

    Nos lanzamos formando una línea de a uno contra el nuevo frente de llamas y por unos instantes nos pareció poder apagarlas. El viento en contra volvió a soplar y a cambiar de nuevo a los pocos instantes.

    Las cenizas seguían cayendo como lluvia sobre el pasto seco y sobre nosotros.

    —Central, estamos rodeados, ¡necesitamos que llueva ya!

    —Recibido. La previsión de lluvia es dentro de cinco minutos.

    —En cinco minutos seremos pollo frito.

    —Tendrán que aguantar.

    —Joder —dije golpeando el lateral del casco donde tenía el comunicador—. Chicos, la cosa se ha puesto seria. Toca ser topos.

    John me miró y replicó.

    —¡Sacar vuestras putas palas y cavar tan rápido como podáis!

    —¿Vamos a morir?

    —Cállate Boston y haz un puto agujero.

    —No pienso morir aquí.

    —Tranquilízate —dije sujetándolo de los hombros y mirándolo fijamente a los ojos—. Nadie va a morir aquí. Solo hay que hacer un agujero, meterse dentro y cubrirnos con la cubierta térmica. ¡Solo son cinco minutos!

    El chico asintió. Descolgué la pala del lateral de su mochila y se la entregué. Hice lo propio con la mía y comencé a hacer un agujero en el suelo.

    —¡Chicos, tenemos un minuto para estar dentro de los agujeros y tapados!

    —Yo no pienso quedarme a ver como morimos achicharrados.

    —Joder Boston, ¡para!

    Tiró la pala al suelo, dejó caer la mochila a sus pies y comenzó a correr. El humo lo cubría todo y no conseguía ver apenas a un par de pies de distancia. A los pocos segundos, un grito desgarrador nos golpeó a todos. Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero no podía dejar de cavar.

    —Todos dentro de su agujero, ¡ya!

    Nos colocamos en posición fetal y nos cubrimos con el aislante térmico.

    Esperamos tres minutos. Rodeados de humo. Achicharrados por las llamas y envueltos en los gritos de nuestros compañeros.

    ***

    Desperté en el hospital con el brazo derecho totalmente vendado. La piel de los dedos estaba más negra de lo que era habitual en mí y tenía una especie de pomada gelatinosa alrededor de las falanges.

    Miré al resto de camas y solo distinguí al sargento John y un par de jóvenes castores.

    El resto; todos muertos por una barbacoa.

 

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Créditos: Photo by Joanne Francis on Unsplash

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