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Relato: La crecida

Relato: La crecida

La crecida

    Las calles aún estaban cubiertas de una capa de varios centímetros de lodo y ramas, que trajo el Ebro en su última crecida. Las ruedas de mi Renault Cinco generaban pequeñas olas viscosas. Circulaba con cuidado mientras los vecinos me miraban haciéndome pequeños gestos con las manos, con la palma extendida hacia el suelo y moviéndola de arriba abajo, para que circulara más despacio.

    En lo que antes era un mirador, que permitía observar la belleza del río en un día de verano, ahora amontonaban los enseres destrozados por la riada. Poco a poco iban desalojando el barro que cubría el suelo de sus casas.

    «Tres días desde la subida y aún siguen quitando mierda. Espero que Iker esté un poco mejor» pensé avanzando hasta el final de la calle donde vivía mi amigo. De todos los que corríamos por aquí de niños, solo él y su familia se quedaron a vivir en el barrio. La navidad del ochenta lo cambió todo. 

    Tendríamos como doce años por aquel entonces y ya andábamos con petardos y lagartijas. Todas las mañanas nuestros padres quedaban a desayunar en el bar La esquina de Martín antes de ir a la embotelladora. Y como todos los años, todos compraron el décimo de navidad como buenos parroquianos. Llevaban haciéndolo toda la vida y justo ese año hubo suerte. Para todos, menos para Iker. No por que justo ese año no comprara, simplemente su padre nunca compró lotería.

    En cuanto pudimos nos mudamos de barrio a uno un poco más alejado del río. Sigo teniendo en mi recuerdo ese momento en el que subía el agua y en un movimiento sincronizado movíamos todo lo de valor encima de las cosas menos valiosas. Y eso pasaba casi todos los años. La verdad es que no había vuelto por estas calles desde hacía bastante tiempo.

    Un par de golpes en la chapa del coche y un vecino pidiéndome que fuera más despacio hizo que pisara el freno de golpe. Lo miré y le pedí perdón sin llegar a bajar la ventanilla. Aún con el coche cerrado totalmente, el olor a petricor y moho era demasiado fuerte. Se apartó un poco y seguí circulando como a cinco kilómetros por hora hasta donde vivía Iker.

    Las paredes de piedra aún conservaban la línea que marcaba la crecida. La puerta estaba cerrada y, al contrario que el resto de los vecinos, nadie se afanaba en limpiar la acera o la entrada.

    Paré el coche y me bajé delante del número 23. Cerré la puerta y caminé pisando el lodo con cuidado de no resbalarme hasta la puerta metálica de la entrada. Recogí un poco de la manga de mi jersey en mi mano y pulsé el timbre sin que este funcionara. Volví a intentarlo sin fortuna.

    Devolví el puño del jersey a su estado natural y con el puño al aire golpeé varias veces la puerta.

    Pasaron varios segundos y no había señales de vida. Me alejé un poco de la entrada y saqué el móvil para releer el último mensaje que me había mandado.

    «Tienes que venir y hacerme un favor»

    Aunque nos conocíamos desde niños, él no era de los que te enviaban mensajes. Trabajaba en la embotelladora como hacía su padre y, cuando queríamos vernos, simplemente coincidíamos en el bar de Martín. Si nos veíamos por la mañana, la conversación no tomaba ritmo hasta que el segundo café palpaba el fondo de su estómago. Curiosamente después de eso, siempre compraba un cupón o cualquier tipo de lotería que vendieran allí.

    Por las tardes era distinto, ahí solucionaba cualquier problema que tuviera el mundo a base de chatos: con uno, te rebatía; con dos, te discutía y, a partir de ahí, si lo invitabas, te daba la razón. Por suerte para él, el bar estaba un par de manzanas calle arriba y después de la tertulia solo tenía que limitarse a bajar la calle palpando la pared. Dando vaivenes como una pelota de pinball.

    —¡Va! —la voz ronca de Iker resonaba detrás de la puerta— ¿Quién es? Si traes publicidad puedes metértela por el cul...

    En ese momento abrió la puerta, vio que era yo y paró la frase de golpe.

    »¡Hombre, Josecho! ¿Qué te trae por aquí?

    El aliento le olía igual que los pies de un vendimiador y no pude evitar llevarme la mano a la zona de la nariz y la boca como intento inútil de protegerme del hedor.

    —Me escribiste un mensaje —dije mostrándole la pantalla del móvil—. Joder tío, ¡son las once de la mañana y ya vas Espinete!

    —Esto no es nada, pasa, no te quedes ahí.

    Dio un par de pasos dentro de la casa dejando la puerta abierta. Por un momento pensé en darme la vuelta. Está claro que no parecía un buen momento.

    »¿¡Pasas o qué!? —bramó desde el salón al fondo del pasillo.

    —Vale, pero me quedo cinco minutos que me está esperando el alcalde para un acto en el ayuntamiento.

    —Josecho, eres el puto bedel. Creo que podrán empezar sin ti si se lo proponen.

    —Oye, te recuerdo que soy el único que sabe donde se guardan las banderas protocolarias.

    —Ti riquirdi qui si il iniqui. ¡Eres el bedel! Dejate de pijadas, entra y cierra.

    Di un paso dentro del pasillo donde, a la altura de mi hombro, la pared mantenía la línea de la crecida y el suelo tenía un dedo de barro. Antes de continuar me giré, saqué las llaves del coche y lo cerré. Le volví a dar al botón y los intermitentes comenzaron a parpadear. Miré a ambos lados de la calle antes de cerrar la puerta de la casa.

    El pasillo recorría la casa como una espina dorsal, con una habitación a cada lado. La casa estaba bastante lejos de parecerse a la que yo conocía. Las habitaciones apenas conservaban el somier de la cama y algún que otro mueble. Ni el más mínimo resquicio de las cortinas y colchas floreadas que solía tener la señora Lucía. Aún me acuerdo lo que era entrar corriendo en busca de un bocadillo de nocilla justo después del cole. El olor a café recién hecho mezclado con el pan tostado te deba la bienvenida e, inmediatamente, el estómago comenzaba a rugir.

    Seguí andando hasta el mismo salón donde ahora el olor a humedad y el lodo del suelo era de todo, menos apetecible. Iker me esperaba sentado en una silla de plástico típica de terraza de bar y miraba hacia la pared donde en su día había un mueble y una tele. Y ahora solo había un pequeño baúl de madera.

    —Siéntate, ¿Quieres una cerveza? —dijo levantando el botellín que tenía en el suelo junto a la pata de su asiento.

    Me quedé en la entrada y decliné su oferta amablemente. Estaba claro que andaba un poco perjudicado y el que siguiera bebiendo no era buena señal.

    —La verdad es que prefiero no hacerlo. Tengo un poco de prisa, si me dices que necesitas…

    —El bueno de Josecho siempre con prisas. No esperaba menos de ti, la verdad.

    —Me cuentas o me has hecho venir por nada —elevé un poco el tono.

    Iker dejó la cerveza de nuevo en el suelo y volvió a ponerse en pie.

    —Vale, ya veo que no tienes muchas ganas de hablar con un viejo amigo.

    —Sabes que no es eso —dije intentando rebajar un poco la tensión—. Ya te he dicho que me he escapado unos minutos del trabajo al ver tu mensaje y que tengo que volver para un acto.

    —Sí, ya me has dejado claro que el bedel es más importante que el propio alcalde. Y, gracias a eso y a tu sueldazo, tienes un Ferrari aparcado en la puerta.

    —Anda, Mikel, no vayas por ahí otra vez. Ya sabes que yo no me veía en la fábrica y me saqué las oposiciones para no largarme del pueblo. ¡Podías alegrarte un poco por mí! ¿No?

    —Si a mi padre le hubiera tocado la lotería como al tuyo, quizá yo también habría podido dedicar cinco años a rascármelos para sacarme una oposición.

    —Ya veo que el alcohol te está derritiendo el cerebro. ¡Yo me largo!

    Me volví para recorrer el pasillo de vuelta.

    —Perdona, tienes razón —dijo alzando la voz.

    Lo miré y estaba junto al baúl. Se agachó un poco y recogió un sobre que había sobre él.

    —Iker, nos conocemos desde hace muchos años y siempre vuelves una y otra vez a sacar el tema de la lotería. Nosotros no tuvimos la culpa de que tu padre nunca comprara.

    —Si lo sé, pero ya sabes que cuando bebo un poco se me calienta la boca.

    —Demasiado, a veces. —Ambos nos sonreímos—. Pero tranquilo que ya compras tú lotería por ti y por todo lo que no compró tu padre.

    —Ahí tienes razón —dijo con una media sonrisa y la mirada fija en el sobre que tenía entre los dedos—. Aunque este año voy a tener suerte.

    Una especie de maullido se escuchó desde dentro del baúl y la tapa se movió levemente, como si alguien la empujara desde dentro. Iker respondió con un par de patadas en el lateral.

    —¿Y eso? —pregunté señalando la tapa.

    —Nada —dijo dándole la última patada en el lateral y el ruido cesó y la tapa paró de moverse—. El gato de mi vecino, que me ha pedido que lo cuide. Se pone bastante nervioso cuando escucha visitas y no lo puedo dejar suelto porque saldría corriendo.

    —¿Un gato?

    —Un gato —sentenció.

    Dio un paso hacia mí y me agarró con la mano izquierda el dorso de mi mano derecha y colocó el sobre sobre mi palma.

    —Josecho, es muy importante que le des este sobre al alcalde sin leerlo. —Me miró fijamente a los ojos—. Todos queremos algo en navidad, unas vacaciones, pasarlas con la familia —hizo una pausa y apretó un poco más el sobre contra mi mano— al completo o que nos toque la lotería. Y este año a mi me va a tocar la lotería. Te lo juro.

 

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Créditos: Photo by Maxim Tolchinskiy on Unsplash

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