Relato: el refugio

    El relato de hoy va de llevar al límite las expectativas que tiene el resto del mundo de nosotros. Hacernos fuertes y vencer a las adversidades aunque a veces duela. Espero que os guste el relato: el refugio.

El refugio

    Al apartar la rama un enjambre de luces iluminaron el camino hasta la puerta del refugio. Miré a ambos lados antes de poner el pie en el comienzo del camino adoquinado, pero no encontré rastro de ellos y, sin reflexionar, decidí seguir con mi camino. Estiré la pierna derecha y apoyé la planta de mis Converse sobre el suelo marrón y ligeramente resbaladizo. En ese momento los minúsculos puntos led que iluminaban la senda comenzaron a zumbar y a ascender. Eran como un millón de luciérnagas atraídas hacia las estrellas como si un dios tirara de unos hilos invisibles hasta dejar todo a oscuras.

    El zumbido duró aún unos segundos después de que desaparecieran y entonces un leve chasquido detrás de mí me puso en alerta.

   Nada a mi derecha.

   Nada a mi izquierda.

   Un crujido de ramas detrás de mí. El corazón me empezó a bombear a toda potencia. Notaba como me palpitaban las sienes y sin remedio empecé a hiperventilar.

    —Ahora no, Leo. Saca el puto inhalador y termina esto —me dije a mi mismo con un hilo de voz.

    Algo golpeó un tronco un poco más cerca de mí. Como un cervatillo, me quedé inmóvil. Cuando hay poca luz si no te mueves es más difícil que te vean. Saqué el Ventolín lentamente de mi bolsillo y en un movimiento lento pero constante lo llevé hasta mis labios.

    Empecé a contar mentalmente hasta tres.

    «Uno, dos y… tres»

    Sorbí tan fuerte como pude. Sonaba como Darth Vader tomando un helado de chocolate.

    —Suena por ahí.

    La voz de Kay era inconfundible por mucho que intentara susurrar. Era el momento. Tocaba correr.

    La primera pisada la di medio de puntillas, no quería hacer más ruido. Con la segunda, pisé un poco del musgo del camino deslizándome unos centímetros de manera involuntaria.

    «Ahora, Leo. Corre como si fuera el día de reyes y te esperan regalos»

    —¡Corred que lo pillamos!

    —¡Nunca me cogeréis! ¡Aaaaahhhhhh..!

    Gritar estaba bien, pero espetarles tal desafío a la cara disparó mi adrenalina y me lancé como un loco hacia el porche de madera de la cabaña.

    No quería mirar atrás, pero entre cada latido de corazón que martilleaba mis tímpanos sus gritos se escuchaban cada vez más cerca.

    Intentar ajustar mis pasos en las zonas marrón oscura buscando solo pisar adoquines y, cada vez que me salía del plan previsto, el pie tocaba parte del musgo del suelo y patinaba como Bambi el día que nació. Pero no era el momento de lamentarse, tocaba seguir corriendo.

    La distancia con la cabaña se reducía a la misma velocidad que se acercaban las voces.

    —Ya es nuestro —resonó detrás de mi cogote a unos pocos pasos del porche.

    Era el momento de aplicar la maniobra especial de escape. En el libro de como sobrevivir a la ESO indicaba que sólo debía aplicarse en situación de extrema gravedad, como un secuestro y saltar desde una piedra en una excursión a la playa.

    Esto, aunque en el libro no lo indicara, también era una situación desesperada. Detrás de mí los de cuarto corrían como una jauría intentando alcanzarme. Si llegaba al porche antes que ellos sería la primera vez desde que se hace la convivencia en el campo que uno de primero conseguiría ganar en el juego del escondite.

    Pensé fugazmente en el respeto que me tendrían y no lo pensé dos veces. Aproveché la zancada para posicionar el pie, tomé impulso y me lancé en plancha contra la madera de la entrada.

    «La salida es primordial» según decía el libro, pero «el aterrizaje es todo un arte».

    En la salida, la puntera de mi pié pisó un poco de musgo resbaladizo y perdí un poco del impulso inicial. Notaba como volaba en el aire pero el trozo de madera que tenía que tocar aún estaba lejos.

    —¡Te…

    Miré de reojo y casi los tenía encima. Asegurando el aterrizaje no iba a conseguir nada y tomé la única decisión que podía tomar.

    —...pi…

    Estiré los brazos. Tanto como pude.

    —...lla…

    Y un segundo más tarde me dí de bruces contra el suelo adoquinado. Y en ese punto no había ninguna planta para amortiguar mi caída.

    —mos!

    Una mano me tocó la espalda y un enorme bullicio se formó a mi alrededor. Yo seguía con los brazos extendidos como un nadador que se lanza a la piscina. Notaba el sabor metálico de la sangre en mi boca. Pasé la lengua por todos mis dientes y por fortuna no noté ninguno roto.

    —¡Levanta, pringado! —dijo Kay dándome un ligero toque en la cabeza—. Ha faltado poco, pero has caído como todos.

    Apoyé los codos en el suelo y me crujió la espalda. Luego me puse de rodillas mientras que aquella panda de energúmenos me rodeaba dando saltos y riendo.

    —Venga que te ayudo.

    Levanté la mirada y apareció delante de mí su mano para ayudarme a incorporarme. Aun con una rodilla clavada en el suelo y la cara hecha mierda, acepté su ayuda y estiré mi brazo.

    Al chocar las manos un pinchazo enorme atravesó mi dedo corazón y no pude evitar soltar un pequeño grito.

    —¿Estás bien, enano?

    Miré mi dedo y allí estaba. Una hermosa astilla de madera del porche de unos tres centímetros sobresalía de la yema de mis dedos. Lo alcé cerrando el resto haciendo una peineta.

    —¡Un, dos, tres, por mí y por todos mis compañeros!¡Pringado!

Relato: el refugio

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Photo by Olivier Guillard on Unsplash

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