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Mostrando entradas de 2021

Microrrelato: El pozo (incluye promoción libro gratis)

El pozo     Las existencias de madera se agotaron en el aserradero pocas horas antes del cierre, el día de Nochebuena. Los más rezagados seguían asegurando puertas y ventanas.     La cena de Nochebuena comenzaba a la hora de la merienda y con la llegada del ocaso, todos se apresuraban para apagar los fuegos y tapiar las chimeneas.     Los niños bajaban a los sótanos. La norma básica era no hacer ningún tipo de ruido hasta la mañana de Navidad.     Al caer la noche, el sonido de cascabeles rebotaba por las paredes del pueblo. Después, con cada «¡Ho!¡Ho!¡Ho!» el ambiente se tensaba. Recorría cada una de las casas, cada chimenea buscando un resquicio por donde pasar.     Con las primeras luces del día las calles quedaban mudas. Los lamentos tímidos salían por las cicatrices que dejó el hacha en las puertas. Los gritos de los que perdieron todo se apoderaban del ambiente.     Los niños aún frenéticos, salían corriendo hacia el pozo en la linde del bosque donde, como cada año, aparecía un j

Relato: El zumbido de las libélulas

El zumbido de las libélulas El móvil vibró encima de la mesilla junto a la cama. A tientas buscó el interruptor de la lámpara, la encendió y cogió el teléfono. —¿Quién es a estas horas? — Farfulló Ana que dormitaba junto a él. —Se está liando y bien en la sierra —Dijo Pucho mientras descolgaba las piernas por el lateral de la cama—. Nos piden a todos que vayamos ahora. —¡Tus jefes no respetan nada!, ayer llegaste a las mil con el tema de organizar la base y ahora no tienen la decencia de dejarte dormir un poco. —Sonaba muy enfadada, pero estaba derrotada por el sueño. —No te preocupes, estaré bien —dijo girándose hacia ella y recostándose ligeramente sobre la cama le dio un beso y una pequeña caricia en la mejilla—. Nos vemos luego. Acto seguido se levantó y comenzó a vestirse con la ropa del día anterior que reposaba en una silla a los pies de la cama. Se puso el pantalón vaquero y abrochó el cinturón. Siguió con la camisa y la comenzó a abotonar mientras se colaba los zap

Relato: Piel de leopardo y especias

Piel de leopardo y especias     ¿Sabes esos días que no necesitas despertador para levantarte? Pues precisamente hoy es uno de ellos. Llevo toda la noche a medio dormir. Me habré despertado como unas cinco veces. Hacer papeleo desde siempre me dio muchos nervios, que si firmar documentos enormes en los que no te da tiempo a leer toda la letra pequeña, que si ir a un sitio e interactuar con la plebe que solo quieren mi dinero. ¡De todo esto se encargaba mi Manuel que en paz descanse!     No tendría que hacerlo si el muy cabrón no se hubiera ido de putas todos los viernes de los últimos quince años. Al principio yo no sospechaba nada, pero, se fue relajando y cada vez ponía menos empeño en que yo no me enterara. Yo sospechaba algo porque tener una reunión de accionistas a la semana no era muy normal y aún lo era menos que algunas de estas reuniones fueran en fechas señaladas. Pero hace un mes mis dudas se desvanecieron cuando me dijo «Celia, quiero el divorcio». ¡Mira! Se me empezó a hin

Microrrelato: Sin miedos

Sin miedos     El cielo estaba totalmente despejado ahí arriba y eso me permitió ver como el motor derecho saltaba en pedazos al engullir un pajarraco enorme que salió escupido como si de una licuadora se tratase. Inmediatamente comenzamos a caer.     Yo seguía mirando por la ventanilla sonriendo. Me resultaba gracioso como nos zambullíamos en las nubes y salíamos por el otro lado cambiando totalmente el paisaje. Después de un par de «wiskis» y otros tantos tranquilizantes no podía dejar de sonreír.     Miré por un momento a mi compañero de fila, tenía colocado el chaleco salvavidas y la cabeza incrustada en sus rodillas. «¿Cómo puede poner esa postura? ¡Si a mí apenas me llega para que me entren las piernas!» pensé y comencé a reír a carcajadas mientras me miraba de reojo.     La sensación que recorría mi cuerpo era extraña, a parte de las cosquillas en el estómago por el descenso y las vibraciones del aparato, había desaparecido totalmente ese miedo que me bloqueaba cada vez que tení

Microrrelato: No compres, ¡adopta!

No compres, ¡adopta!      El agente abrió la puerta metálica que daba a la sala donde descansaban los perros.      —Para adoptar debes tener la mente abierta. —Dijo mientras se apartaba de la entrada dejándome paso.      Asentí con la cabeza y comencé a caminar por el patio central. A los lados había varios recintos donde alojaban a los canes que ya habían completado sus años de servicio. Había de todas las razas y me gustaba la idea de poder tener un perro poderoso y bien adiestrado. Vi tras una de las vallas un Rottweiler, pero, al acercarme a él, solo se limitó a levantar un poco la cabeza sin despegar su panza del frescor del suelo.      Continué caminando despacio bordeando la sala y el comportamiento se repetía una y otra vez por los animales, preferían mitigar el calor del verano a conocer a un nuevo dueño.      —¿Siempre son así de tranquilos? —Pregunté al agente que me acompañaba.      —Si cada mañana hacen sus ejercicios, sí. —Sonrió.      Lo miré arqueando una ceja y volví a

Microrrelato: Verano

Verano      Acampábamos en una pequeña explanada de tierra junto a una duna que nos separaba del mar. Desde que tenía uso de razón, los veranos habían sido así. Cuando terminaba el colegio, mi padre y los padres de mis amigos se marchaban en busca del mejor sitio para colocar las tiendas de campaña durante los meses de julio y agosto. Alrededor de estas construían zonas comunes donde cocinar o pasar el rato jugando a las cartas.      Esos dos meses mis padres y nosotros tres dormíamos todos juntos en una enorme tienda de las que para montarlas tienes que hacer una pequeña formación en la NASA. De hecho, estoy seguro de que si hubieran existido tiendas como las de ahora no hubiéramos podido estar solos en mitad de la nada.      Justo delante de la zona de día teníamos un pequeño carril de tierra ovalado. Quizá tuviera como 50 o 100 metros en la recta, pero para un niño de 7 años como yo eso era lo más parecido a una pista de fórmula uno y, justo ese año, todos los hermanos mayores había

Microrrelato: La habitación

La habitación      Agazapado bajo la cama esperé a que el minutero diera la última vuelta antes de la media noche. Era lo que siempre había visto en las películas y podía quedar raro si empezaba mi pequeño espectáculo antes de tiempo.      Me deslicé hacia el lado donde dormía ella y me puse en pie. Concentré mi energía en la mano derecha y acaricié con suavidad su cara. Una tenue sonrisa se pintó en sus labios. Volví a rozar su mejilla provocando un leve cosquilleo en la zona. En un movimiento eléctrico, ella movió el brazo y comenzó a rascarse.      Coloqué mis manos juntas sobre su abdomen. Las alejé un poco y concentrando todas mis fuerzas en ese punto las lancé contra ella consiguiendo hundirla levemente contra el colchón. Sus ojos se abrieron como platos y clavó su codo en el costado de su pareja.      —¿Qué haces?      Él comenzó a palpar la mesilla de noche en busca del interruptor de la lámpara. La encendió y se incorporó en la cama.      —¿Dormir? —Respondió sin entender much

Relato: En la frontera (parte 4 de 4)

Relato: En la frontera (parte 4 de 4)      «Cuando tengas que correr, nunca mires atrás o te alcanzarán»      Las palabras de mi padre revoloteaban en mi cabeza mientras seguía intentando despistar al policía que me perseguía. La sirena del coche de patrulla cada vez se escuchaba más cerca. El corazón me iba a mil y mi boca apenas daba abasto para atrapar el aire que necesitaba. Procuraba hacer giros en calles por la que los vehículos circularan en dirección contraria pero aun así la sirena continuaba aumentando en intensidad.      Mi estado de forma era nefasto y el saco de deporte que llevaba a la espalda no me ayudaba. Sentía calambres en todos los músculos de las piernas y para colmo un dolor intenso me golpeó en el costado derecho, bajo las costillas. Me escocían los ojos al contacto con el sudor y la opción de buscar un sitio donde pasar desapercibido comenzó a tomar peso.      Mi último cambio de sentido me llevó hacia una zona de casas bajas. Al atravesar la primera calle llegu

Relato: En la frontera (parte 3 de 4)

En la frontera (parte 3 de 4)      La avenida del depósito estaba flanqueada por un enorme parque y las naves del puerto. Era una zona demasiado abierta como para poder escaparme sin que me localizaran rápidamente. Antúnez solo tendría que levantar la cabeza una vez que encontrara a José Carlos y podría verme huyendo sin problemas. No podía ponérselo tan fácil. Necesitaba pasar desapercibido, diluirme con la ciudad para que no me encontraran y poder completar la entrega.      Un nudo en la garganta me dejó por un momento sin poder tragar, comencé a sudar y me temblaban las manos. «¡Céntrate!» comencé a repetir mentalmente mientras abrí la ventanilla para aliviar un poco el calor del interior del coche y reduje la velocidad para no llamar la atención. En cuanto pude, abandoné la vía principal y comencé a callejear en dirección al centro de la ciudad y posteriormente a la zona del antiguo estadio de fútbol. Era una de las zonas con mayor número de coches de la ciudad y sería fácil pasar

Relato: El diablo no puede volar

Relato: El diablo no puede volar      La puerta del ascensor se abre. Los pasos recorren el pasillo que lleva hasta la puerta de nuestro apartamento en el último piso del edificio. Él no suele retrasarse y eso solo puede suponer una cosa.      La llave entra en lucha contra la cerradura y yo me apresuro a terminar de preparar la mesa para sacar la cena.       La puerta por fin se abre.      —Buenas noches, Sonsoles.      El aroma a alcohol y tabaco emana pútrido de su boca mientras pasa por la puerta.      —Hola, cari, ya tengo lista la cena. —Digo mientras me apresuro a llevarle las zapatillas. Agarro su chaqueta por la solapa desde su espalda para ayudarlo a quitársela y cierro con un sutil toque de talón la puerta. —¿Qué tal te fue el día?      —¡Ha sido un día excelente!, Antúnez se ha jubilado y me han ofrecido su puesto. ¡Tenemos que celebrarlo!       «Celebrarlo», esa palabra me entra por los oídos y atraviesa mi córtex erizándome completamente la piel.      —Vale, cari, ya tení

Relato: En la frontera (parte 2 de 4)

En la frontera (parte 2 de 4)      Cuando me giré de nuevo, María clavó sus ojos vidriosos en los míos al tiempo que se lanzó contra mí agarrándome por el pecho.      —Nuestro Lolo, ¿pero qué has hecho? —Gritó entre lágrimas.      —No te preocupes —Intenté tranquilizarla sujetándola suavemente por los hombros, pero era incapaz de controlar que las manos me temblaran. — Confía en mí.      — ¡Voy a llamar a la policía! Sacó de su bolsillo el teléfono y empezó a marcar. En un acto reflejo, le arrebaté el teléfono de las manos bruscamente, lo lancé contra el suelo y el cristal de la pantalla saltó en mil pedazos.      —¿Estás loca? ¿Quieres que lo maten?      Delante de mí cayó arrodillada como implorando que hiciera algo, pero sin articular una sola palabra. Solo lloraba. Me agaché levemente para intentar consolarla.      —Voy a hacer lo posible para que todo salga bien — dije suavemente.      Me miró y asintió con la cabeza. Me puse en pie y empecé a correr escaleras arriba en dirección

Relato: En la frontera (parte 1 de 4)

En la frontera (parte 1 de 4)      Llegué al puerto tarde. Desde que me trasladaron a Huelva hace ya un año, la rutina de llevar a mi hijo al colegio se había convertido en una guerra diaria. Lolo no se había integrado muy bien en el nuevo centro y aún no tenía amigos; esto hacía que todas las mañanas empezáramos una guerra que normalmente finalizaba más tarde de lo previsto.      Cuando llegué a la garita, mi compañero José Carlos me esperaba en la puerta.      —¿Qué tal Antonio? ¿Otra vez jaleo con el crío?       —Mejor ni te cuento. Hoy, justo cuando estábamos llegando al cole se ha hecho caca encima. He tenido que volver a casa y cambiarlo entero. Bueno, le he cambiado toda la ropa menos las orejeras rojas.      —No me digas que lo llevas con orejeras. ¡pero si hace más de treinta grados!      —Ya lo sé, pero es la única manera de que no esté llorando todo el rato.      —¡Joder con el niño! —Sentenció mientras entró en el edificio. —Hoy toca ponerse las pilas, tenemos ferry y en me