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Mostrando entradas de 2021

Relato: Saltadores de humo

Saltadores de humo      —Estaremos sobrevolando el perímetro del incendio en unos tres minutos.     —Oído, Jerry —dije mientras me colocaba de nuevo el casco. Levanté la cabeza y seguí hablando.     »Chicos, este pequeño demonio se está poniendo muy feo. Parece que ha empezado con una barbacoa en una de las casas que están dispersas por la zona. El área de propagación está cubierta de chaparral y nos esperan unas agradables temperaturas de 135 grados. —Todos sonrieron—. ¡Hoy vamos a darlo todo!     Las confirmaciones se sucedieron una tras otra en mi oído, pero no los veía especialmente emocionados. El primer salto del año siempre es especial. Por un lado, está la adrenalina acumulada del que quiere empezar cuanto antes y, por otro, el miedo a poder perderlo todo. Pero de esto último no está permitido hablar hasta que termine la última misión de la temporada.     Llevábamos un par de meses practicando las técnicas de extinción y para más de la mitad de los chicos será la primera vez qu

Relato: La maratón

La maratón      El humo de la bala de fogueo ascendió después de que sonara el disparo de salida. Casi se desvaneció en el aire y, tanto yo como los que me rodeaban, apenas habíamos podido dar un par de pasos.      Estaba nervioso, como otros tantos de los que estaban allí, era mi primera carrera. Cada uno teníamos nuestros propios motivos y todos se empeñaban en hacer ver que el suyo era mejor que el siguiente. Algunos corrían por dar visibilidad a alguna enfermedad rara, otros por el simple hecho de darle con la foto de la meta en los morros a algún familiar, amigo o individuo especialmente quisquilloso. Hay quien corre por sus hijos. En mi caso solo estaba allí por salir un poco de mi rutina.      El día a día como cajero en una sucursal bancaria no es precisamente un parque de atracciones. Muchos lo ven como un trabajo soñado. «Ahí, todo el día tocándote los...», bueno, ya me entendéis por donde voy. Pero eso es lo que ven los demás. Yo tengo que ver como cada día pasan por la sucu

Relato: En la catedral

En la catedral      Cada paso que daba en aquella pequeña plaza resonaba como un tambor golpeado por un niño. Las paredes de piedra que la abrigaban hacían una caja de resonancia perfecta y la ausencia de turistas generaba una sensación de vacío que ayudaba a que el sonido se volviera en mi contra.      En el suelo aún quedaban pequeños cúmulos de pétalos artificiales agrupados por el viento. La catedral era uno de los mejores sitios donde poder casarte y cada fin de semana había tres o cuatro bodas. Es sorprendente como alguien puede llegar a esperar casi un año para casarse en la catedral de Burgos.      Me senté en uno de los bancos de madera más alejados a la fachada para intentar no dejarme el cuello mirando hacia arriba. Yo nunca he sido un tipo de los que llega pronto a los sitios, pero la ocasión lo merecía y llegué unos veinte minutos antes de la hora acordada.      Comenzó a levantarse una ligera brisa heladora que me hizo tirar de la cremallera de mi cazadora hasta arriba, e

Microrrelato: No mires a la luz

No mires a la luz —Los dejaremos entrar —dijo Miguel. —Es una mala idea —replicó Carlos —. Vienen con buenas palabras y tratarán de que creamos en ellos, pero solo quieren separarnos… —No es cierto —masculló. —Solo quieren que yo muera. No puedes permitírselo. ¿Es que no lo ves? —gritó. —Lo siento, pero ya he abierto la cerradura. La puerta quedó entreabierta y el viento trajo un leve murmullo. Una luz tenue recorrió la mirada de Miguel. La linterna del psiquiatra por fin detectó una reacción en la exploración diaria. Habían pasado dos meses desde el último brote psicótico.   El relato que acabas de leer forma parte de mi libro Retales de un mundo mayor (disponible en Amazon )    ¿Te gustó el microrrelato? déjame tu opinión en los comentarios.  También puedes suscribirte a la lista de correo para no perderte nada. Y no olvides entrar en  http://www.evora.es  para leer más historias como esta. Créditos: Photo by Joshua Gresham on Unsplash

Microrrelato: La luz

La luz      Abrió la puerta y allí solo se encontraba un niño como de ocho años que no decía ni palabra. Sin ver a nadie más, lo hizo pasar para que pudiera resguardarse de la lluvia. Las visitas que recibía eran realmente escasas, a su edad pocos querían escuchar sus batallitas de juventud que vivía como presente una y otra vez.      Apañó de la cocina unas pocas galletas que quedaban en un frasco y un poco de leche y ofreció a su visita la mejor merienda que podía preparar. El niño se limitaba a mirarlo mientras estaba sentado en una silla donde balanceaba sus pies en el aire.      Poco a poco fue entrando la noche y cuando el cansancio le pudo, una pequeña mano lo ayudó a levantarse.      —Vamos abuelo, llevaba tiempo queriendo hablar contigo y que me cuentes las mil historias que sé que tienes para mí.      Ambos se dirigieron a la puerta mientras que su cuerpo ya inerte aún se mecía. Se detuvo súbitamente.      —Espera, Lolo. Voy contigo. Pero dame un momento que apague la tele qu

Microrrelato: El milagro

El milagro      El último clic sonó igual que todos los demás. Después de cinco años intentando ayudar a alguien el resultado siempre había sido el mismo; decepcionante.      Retiró el dedo índice del botón del ratón y, en ese momento, una enorme columna de humo ascendió girando hacia el techo de la habitación. Un haz de luz comenzó a moverse desde el suelo hasta la cima del pequeño tornado.      El humo comenzó a cambiar de color, azul, rosa, amarillo; dentro tomaban forma elementos que le resultaban familiares, pero aparecían distorsionados. Un pulgar orientado hacia abajo, una urraca que giró su cabeza como gesto de desaprobación, un fantasma colérico que no dejaba de oscilar de un lado a otro.      De pronto, la columna de humo colapsó de nuevo sobre el ordenador portátil y la luz desapareció por completo.      La oscuridad de las tres de la mañana volvió a tomar la habitación. Desde el rincón donde se había parapetado miró de reojo el último aviso que mostraba la pantalla. «Si no

Microrrelato: Los chacales y el circo

Los chacales y el circo      El golpe rotundo del primer cuchillo contra la madera me sobresaltó. Siempre me pasaba al comenzar el espectáculo.      El público de los viernes llegaba sediento de acción, con ansias por dejar sus vidas atrás por unas horas. Y lo sabíamos. El sábado ya nos relajaríamos en las funciones infantiles.      Un globo entre las piernas generó un leve aplauso. El ambiente mejoró al destrozar la manzana que    tenía sobre mi cabeza.      Shannon se tapó los ojos con un pañuelo negro. La diana y yo comenzamos a girar.      Cada lanzamiento caldeaba al público. —1,2,3...—contaban a coro. El ruido era ensordecedor —… ¡4!, ¡5!, ¡6! … —hasta que llegó la ebullición, —¡7! —, el éxtasis, —¡8! — y el silencio.      Nadie llegó a contar hasta nueve, salvo yo.   El relato que acabas de leer forma parte de mi libro Retales de un mundo mayor (disponible en Amazon )    ¿Te gustó el microrrelato? déjame tu opinión en los comentarios.  También puedes suscribirte a la lista de c

Microrrelato: La última llamada

La última llamada      Cuando llegué a la estación me encontré con una imagen que me dejó helado.      Junto a las escaleras mecánicas yacía "el zurdo". Tenía el estómago muy abultado. Parece que después de acuchillarlo, el asesino decidió vaciar un extintor por su boca.      En la zona, acordonada, me esperaba el inspector Imurra. Levanté la cinta y pasé.      —¿Sabéis quién es? —Pregunté      —Un camello de la zona.      —¿Llevaba algo de valor?      —Hemos encontrado quinientos euros en efectivo y una tarjeta tuya.      —¿No pensarás que tengo algo que ver?      —Desde que llegaste van cinco asesinatos y, curiosamente, todos los investigaste tú... —Se detuvo.    Sacó su arma, colocando el cañón contra mí pecho. — ¿Tienes algo que contarme?     —Antes de que sigas … —Abrí mi chaqueta, saqué lentamente mi móvil que había comenzado a sonar, puse el manos libres y se lo pasé. —¿Podrías responder…?     —¿Quién es? —Dudó      —¿Papá?, —sollozaba la voz —¡dicen que quieren matarm

Microrrelato: Aquelarre

Aquelarre      ¡Nos dejaron sin magdalenas las muy arpías! Aparcaron las escobas de cualquier manera y salieron corriendo mientras devoraban hasta la última miga.      Los gatos no paraban de chismear sobre lo que harían sus dueñas con los nuevos dones.      Hace un siglo que descubrimos que la magia no se creaba; que solo la podíamos transferir cuando una de las nuestras fallecía. ¡Brujas desagradecidas!, solo vienen por el festín de poderes, ¡ni el pésame nos han dado!      Por suerte, la mejor magia la diluimos en los huesos de santo, y ni los han tocado.      ¡A ver qué tal les sienta amanecer con su nuevo, hermoso y peludo rabo!   El relato que acabas de leer forma parte de mi libro Retales de un mundo mayor (disponible en Amazon )    ¿Te gustó el microrrelato? déjame tu opinión en los comentarios.  También puedes suscribirte a la lista de correo para no perderte nada. Y no olvides entrar en  http://www.evora.es  para leer más historias como esta. Créditos: Photo by Hannah Troup

Microrrelato: Profesionales

Profesionales      —¡De toda la vida siempre se encargó de esto la señora María! —dijo subiendo el tono de voz —. Ella se quitaba los anillos y no paraba de remover la sangre para que no cuajara. Hacía las mejores morcillas de todo Burgos. ¡Por favor búscala…!      —¡Pero Don Manuel! —Le interrumpió su acompañante —Creo que ha tenido usted un nuevo lapsus.      —¡Maldita sea! Discúlpame hijo, son ya muchos años y la cabeza a veces me juega malas pasadas. Sacó una grabadora. La encendió y continuó hablando.      —Varón, sesenta años, presenta varias incisiones en tórax…   El relato que acabas de leer forma parte de mi libro Retales de un mundo mayor (disponible en Amazon )    ¿Te gustó el microrrelato? déjame tu opinión en los comentarios.  También puedes suscribirte a la lista de correo para no perderte nada. Y no olvides entrar en  http://www.evora.es  para leer más historias como esta. Créditos: Photo by Jonathan Francisca on Unsplash

Relato: La granja

La granja      Le retiraron la bolsa de tela que cubría su cabeza y con los ojos aún entumecidos vio que se encontraba muy lejos de la ciudad.      Le escoltaban dos figuras hercúleas que lo sostenían por los brazos y lo invitaban a la fuerza a caminar por la pasarela de madera junto a un lago cercado.      Delante de él, una tercera persona abría la comitiva parloteando sin parar.      —Esta granja fue fundada por mi abuelo en el año setenta. Durante su estancia en Nueva York maduró la idea de una granja de cocodrilos. Todos los artículos hechos de esta piel eran glamurosos y estaban muy cotizados.      —Aunque fue complicado obtener las licencias, —prosiguió —siempre tuvo buenos contactos para los negocios y en poco menos de un mes estaba todo funcionando."      Aquel minúsculo hombre seguía con su soliloquio mientras caminaba en dirección a la única puerta de acceso al recinto de los animales.      —Los noventa fueron años duros y entre mi padre y yo nos vimos obligados a busca

Microrrelato: La buena vida

La buena vida      Temblábamos a cada paso que daba el gigante hacia nosotros. Muertos de miedo sosteníamos una honda en una mano y junto a la otra, una pila de piedras que se desmoronaba con cada zancada de la furiosa mole.      A nuestra espalda, el castillo que nos brindó una vida de reyes desde que nos contrataron como matagigantes y, justo frente a nosotros, ese maldito motivo por el cual nunca debimos mentir en nuestro currículum.   El relato que acabas de leer forma parte de mi libro Retales de un mundo mayor (disponible en Amazon )    ¿Te gustó el microrrelato? déjame tu opinión en los comentarios.  También puedes suscribirte a la lista de correo para no perderte nada. Y no olvides entrar en  http://www.evora.es  para leer más historias como esta. Créditos: Photo by Tony Findeisen on Unsplash

Microrrelato: Algún día en la playa

Algún Día En La Playa     —Primero —pensó un momento —tenemos que buscar una concha, lo más plana posible. Es importante que no sea muy grande.     —¿Cómo ésta? —Dijo Jaume.     —Puede valer. Ahora tienes que agarrarla fuerte con dos dedos. Pero siempre manteniendo ligeramente la inclinación. —Tomó otra concha similar y la sujetó de ejemplo —. Más o menos así. —Hizo una pausa y prosiguió —Ahora colócate a un par de metros de la orilla y corre hasta casi tocarla con los pies. Y, en ese momento, la lanzas con todas tus fuerzas desde la altura de tu rodilla hacia el mar.     —¡Vale! La sujeto como tú dices, correr y lanzar… —dudó un instante —¿Y cómo sabré si lo hice bien?     —La concha rebotará como un pez —afirmó.     —¿Y si fallo?     —Quedará clavada en el plástico y será fácil cogerla y probar de nuevo.     Por un momento Jaume quedó en silencio.     —Abuelo, ¿qué es un pez?   El relato que acabas de leer forma parte de mi libro Retales de un mundo mayor (disponible en Amazon ).  

Microrrelato: El contestador

El contestador     Había pedido a los Reyes Magos que le devolvieran a su papá. Aun sabiendo la verdad, fue lo primero que pidió en cuanto aprendió a escribir. A cambio les regalaría el traje de gala y la medalla al valor que les trajo el coronel.     La mañana del día de Reyes bajó corriendo al salón. No había ningún regalo, solo un viejo teléfono fijo que estaba enchufado a la toma eléctrica.     —Tienes que descolgar y escuchar. —Le comenté emocionada.     Después de varios tonos salió la elocución: «Hola, en este momento no puedo atenderte, pero te llamaré en cuanto escuche el mensaje. ¡Hablamos!».     Desde ese momento, no he conseguido que se separe del teléfono.   El relato que acabas de leer forma parte de mi libro Retales de un mundo mayor (disponible en Amazon ).    ¿Te gustó el microrrelato? déjame tu opinión en los comentarios.  También puedes suscribirte a la lista de correo para no perderte nada. Y no olvides entrar en  http://www.evora.es  para leer más historias como e

Microrrelato: El pozo (incluye promoción libro gratis)

El pozo     Las existencias de madera se agotaron en el aserradero pocas horas antes del cierre, el día de Nochebuena. Los más rezagados seguían asegurando puertas y ventanas.     La cena de Nochebuena comenzaba a la hora de la merienda y con la llegada del ocaso, todos se apresuraban para apagar los fuegos y tapiar las chimeneas.     Los niños bajaban a los sótanos. La norma básica era no hacer ningún tipo de ruido hasta la mañana de Navidad.     Al caer la noche, el sonido de cascabeles rebotaba por las paredes del pueblo. Después, con cada «¡Ho!¡Ho!¡Ho!» el ambiente se tensaba. Recorría cada una de las casas, cada chimenea buscando un resquicio por donde pasar.     Con las primeras luces del día las calles quedaban mudas. Los lamentos tímidos salían por las cicatrices que dejó el hacha en las puertas. Los gritos de los que perdieron todo se apoderaban del ambiente.     Los niños aún frenéticos, salían corriendo hacia el pozo en la linde del bosque donde, como cada año, aparecía un j

Relato: El zumbido de las libélulas

El zumbido de las libélulas El móvil vibró encima de la mesilla junto a la cama. A tientas buscó el interruptor de la lámpara, la encendió y cogió el teléfono. —¿Quién es a estas horas? — Farfulló Ana que dormitaba junto a él. —Se está liando y bien en la sierra —Dijo Pucho mientras descolgaba las piernas por el lateral de la cama—. Nos piden a todos que vayamos ahora. —¡Tus jefes no respetan nada!, ayer llegaste a las mil con el tema de organizar la base y ahora no tienen la decencia de dejarte dormir un poco. —Sonaba muy enfadada, pero estaba derrotada por el sueño. —No te preocupes, estaré bien —dijo girándose hacia ella y recostándose ligeramente sobre la cama le dio un beso y una pequeña caricia en la mejilla—. Nos vemos luego. Acto seguido se levantó y comenzó a vestirse con la ropa del día anterior que reposaba en una silla a los pies de la cama. Se puso el pantalón vaquero y abrochó el cinturón. Siguió con la camisa y la comenzó a abotonar mientras se colaba los zap

Relato: Piel de leopardo y especias

Piel de leopardo y especias     ¿Sabes esos días que no necesitas despertador para levantarte? Pues precisamente hoy es uno de ellos. Llevo toda la noche a medio dormir. Me habré despertado como unas cinco veces. Hacer papeleo desde siempre me dio muchos nervios, que si firmar documentos enormes en los que no te da tiempo a leer toda la letra pequeña, que si ir a un sitio e interactuar con la plebe que solo quieren mi dinero. ¡De todo esto se encargaba mi Manuel que en paz descanse!     No tendría que hacerlo si el muy cabrón no se hubiera ido de putas todos los viernes de los últimos quince años. Al principio yo no sospechaba nada, pero, se fue relajando y cada vez ponía menos empeño en que yo no me enterara. Yo sospechaba algo porque tener una reunión de accionistas a la semana no era muy normal y aún lo era menos que algunas de estas reuniones fueran en fechas señaladas. Pero hace un mes mis dudas se desvanecieron cuando me dijo «Celia, quiero el divorcio». ¡Mira! Se me empezó a hin

Microrrelato: Sin miedos

Sin miedos     El cielo estaba totalmente despejado ahí arriba y eso me permitió ver como el motor derecho saltaba en pedazos al engullir un pajarraco enorme que salió escupido como si de una licuadora se tratase. Inmediatamente comenzamos a caer.     Yo seguía mirando por la ventanilla sonriendo. Me resultaba gracioso como nos zambullíamos en las nubes y salíamos por el otro lado cambiando totalmente el paisaje. Después de un par de «wiskis» y otros tantos tranquilizantes no podía dejar de sonreír.     Miré por un momento a mi compañero de fila, tenía colocado el chaleco salvavidas y la cabeza incrustada en sus rodillas. «¿Cómo puede poner esa postura? ¡Si a mí apenas me llega para que me entren las piernas!» pensé y comencé a reír a carcajadas mientras me miraba de reojo.     La sensación que recorría mi cuerpo era extraña, a parte de las cosquillas en el estómago por el descenso y las vibraciones del aparato, había desaparecido totalmente ese miedo que me bloqueaba cada vez que tení

Microrrelato: No compres, ¡adopta!

No compres, ¡adopta!      El agente abrió la puerta metálica que daba a la sala donde descansaban los perros.      —Para adoptar debes tener la mente abierta. —Dijo mientras se apartaba de la entrada dejándome paso.      Asentí con la cabeza y comencé a caminar por el patio central. A los lados había varios recintos donde alojaban a los canes que ya habían completado sus años de servicio. Había de todas las razas y me gustaba la idea de poder tener un perro poderoso y bien adiestrado. Vi tras una de las vallas un Rottweiler, pero, al acercarme a él, solo se limitó a levantar un poco la cabeza sin despegar su panza del frescor del suelo.      Continué caminando despacio bordeando la sala y el comportamiento se repetía una y otra vez por los animales, preferían mitigar el calor del verano a conocer a un nuevo dueño.      —¿Siempre son así de tranquilos? —Pregunté al agente que me acompañaba.      —Si cada mañana hacen sus ejercicios, sí. —Sonrió.      Lo miré arqueando una ceja y volví a